La crianza más allá de los 2 años

Madre e hijas

A lo largo de los años de ejercicio profesional de consultoría en temas de crianza y vida familiar, sigo viendo con preocupación como todo lo que se hace con empeño y amor durante la primera infancia se deshace, a veces dramáticamente, después de esa etapa.

La tarea de crianza no se termina a los 2 años.

La etapa de crianza en la primera infancia es crucial, sin duda alguna. Todos los cambios que las mujeres, por sobre todo, estamos promoviendo para transformar el modo y el contexto de vida de la mujer madre y del bebé son una batalla indispensable. Una batalla que está siendo bien ganada a lo largo de los últimos 25 años en Argentina.

Hasta los 2 años de edad, el niño o la niña habrán de crecer en el lenguaje e irán, progresivamente, haciéndose expertos en el emocionar y actuar de su cultura. Recién después de esa edad habrán entrado de lleno en la producción de su propio vivir a partir del lenguajear propio de su entorno. En ese proceso van determinándose como la persona que van siendo en el fluir de las interacciones que establecen con quienes los rodean. En el marco de las relaciones familiares y extra-familiares en las que participan, el lenguaje será el medioambiente en el cual construirán y afirmarán su identidad, su lugar en el mundo, lo que el mundo y los demás significan, lo posible y lo imposible, entre tantas otras cosas.

La ampliación de los espacios de la vida familiar

A medida que el niño y la niña crecen toda la familia entra de lleno en otros ámbitos de la sociedad: la escuela, el club, los cumpleaños de sus compañeros escolares y, con ello, el encuentro con experiencias novedosas: el trato con los profesores, con los padres de otros niños y niñas de la escuela y con otros niños que no son de la familia o del entorno de amistad habituales. En ese momento, todos los integrantes de la familia comienzan a verse atravesados, presionados y, a veces, atrapados – en general sin darse cuenta – por las demandas propias de esos nuevos contextos de convivencia. En mi experiencia, la demanda más intensa, desestabilizante del status quo y difícil de resolver es la que proviene de la escuela.

La escuela, y la sociedad en general, esperan del niño, la niña, la madre y el padre un tipo de actitudes y comportamientos que suelen ir a contramano de las premisas que guían una crianza y convivencia más democrática, inclusiva, colaborativa y respetuosa de las diferencias. Sin embargo, una mamá y un papá, ni los dos juntos, pueden confrontar sin riesgos con todo el sistema y menos aun si es que no se han dado mucha cuenta de cómo estos cambios los están afectando.

Querer cambiar y no saber cómo complica aun más el escenario.

Nuestra sociedad sigue concibiendo a la familia – y a todas las instituciones- desde una perspectiva burocrática, con escalas de jerarquía que asignan a los adultos del grupo familiar el derecho y el deber de ejercer el poder de control y el poder para establecer directivas y normas para casi todos los actos de la vida de los niños y las niñas. Con la entrada de los hijos a la escuela, el campo de lo que el niño y la niña deben y se espera de ellos se multiplica. A modo de ejemplo, la escuela reclama que el hijo “no hace las tareas” y el padre y la madre (y la familia entera a veces) tienen que “lograr que el niño haga las tareas”. Su niño no participa en clase, entonces hay que salir corriendo a encontrar la manera de que ese niño “participe” porque es lo que espera la escuela. El nene de la vecina ya sabe sumar dos cifras y entonces mi hijo tendría que saberlo porque tiene la misma edad. Uff! Me agota el mismo hecho de escribirlo.

“… a fines de la Edad Media se produjo un abrupto cambio de énfasis en las prácticas de crianza, un cambio desde el cuidado hasta el completo dominio, lo que es un aspecto de la aparición de una civilización marcada por la categorización y el control.”

Morris Berman (1987)

Hace poco, durante una consulta, me surgió la metáfora que mejor ejemplifica la situación. Tomé algo que tenía a mano y, en tanto lo ponía entre ella y yo de modo que ya no nos veíamos, le dije a la consultante : “Este es el cuaderno de clase o de comunicaciones de tu hijo, ahora lo estás viendo a través de él. Tu hijo ha quedado teñido por lo que dicen los maestros y/o sus calificaciones.” Padres e hijos comienzan a relacionarse a través del filtro de los cuadernos escolares. Exagerando un poco en aras de la búsqueda de claridad en estos temas, podría decir que ese niño o esa niña van dejando de ser los que hacen las mejores gracias en los cumpleaños familiares o los hábiles deportistas para pasar a ser el nene o la nena que se portan mal en la escuela o que se sacan todo 10 y nunca se equivocan. El padre y la madre retan o exigen más, reconocen menos y tienen menos tiempo para jugar y pasear porque el rendimiento tomó control de la vida familiar.

Esta presión normalizadora y por los resultados deja a todos atrapados. Resolverla utilizando las mismas estrategias que tan poco sirvieron a nuestros antecesores sólo significará situarnos en los mismos escenarios de nuestra infancia. Y el círculo vicioso nunca ser rompe; al paso de los años vamos quedando cada vez más desesperados, en conflicto e infelices.

Padres y madres honestamente preocupados por la calidad de vida de sus hijos e hijas se encuentran a sí mismos repitiendo aquellas cosas que de jóvenes juraron  nunca volver a decir cuando tuvieran hijos y, al mismo tiempo, carentes de una perspectiva que les permita reconocer por donde es que el cambio pasa y carentes de las habilidades comunicativas que les permitan actuar de manera novedosa.

Otro convivir es posible

Lo más complicado de mi trabajo en orientación familiar es mostrar que otro mundo es posible. Pero ello requiere una reestructuración del universo mental que habitamos y compartimos.

Esto implica cambiar la manera de pensar el convivir, de lo que ser familia significa en estos tiempos. Implica, por ejemplo, dejar de pensar que si un día mi hijo o hija hacen lo que quieren ellos y no lo que yo quiero eso no equivale a quedar debilitado/a como padre o madre. Poder entender que tampoco se trata de que los hijos nos controlen, porque se trataría de la misma receta sólo que con la inversión del uso del poder dede los hijos hacia los padres.

Debemos intentar comprender que la familia no es una fábrica. Suena obvio cuando lo digo y todos estaremos de acuerdo con esto. Pero cuando, sentados a charlar, hilamos fino, nos damos cuenta de que los adultos pensamos y actuamos como el mejor de los burócratas. Tenemos que producir cambios en unos modos de pensar e intervenir que aun se mantienen encriptados (presentes aunque no reconocidos) en el modo de relacionarnos con los niños y las niñas.

Nunca es fácil mover la gran estantería de nuestra historia personal, nuestras creencias y supuestos. Siempre honro a los que se animan a hacerlo; hay que deponer el orgullo y la voluntad de poder y asumir una actitud humilde. Sin humildad no se puede aprender.

La crianza después de los dos años y antes de la adolescencia, en mi experiencia, es la segunda gran batalla que debemos dar en el ámbito de la crianza si es que realmente esperamos un cambio radical y a largo plazo para nuestra humanidad. Seres nuevos y una sociedad más compasiva requieren un convivir diferente en la familia.

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Acerca de Lía Goren

Interesada en el enfoque de las relaciones humanas desde la perspectiva del pensamiento sistémico, la ecoalfabetización y la biología cultural. Terapeuta y consultor familiar y educativo abocada a la temática de la convivencialidad y la sostenibilidad.
Esta entrada fue publicada en Conversaciones, Convivencialidad, Crianza y etiquetada , , . Guarda el enlace permanente.

2 respuestas a La crianza más allá de los 2 años

  1. Sandra dijo:

    gracias Lía, siempre tan claro lo que ofreces. Un abrazo. Sandra

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