Nos humanizamos en la interacción

Julieta_e_hija

A veces me cuesta mucho no dar por sentada alguna cita de las tantas que circulan en mis redes, especialmente cuando acuerdo con una parte del contenido de la misma. Eso mismo me sucedió con una que leí hace unos días.

Tomo el tema como motivo de este post porque me importa mucho ampliar y, en cierto modo, refutar algunas cuestiones que quedan aceptadas como obvias.

Aquí la cita:

 No es nuestro trabajo dar forma a los niños, sino nutrir lo que ya son – Naomi Aldort

Nuestras interacciones forman y no toda interacción es lo mismo.

En primer lugar, debo decir que comparto totalmente la idea de que no se trata “formar” a los niños, ni a las niñas, ni a nadie en este mundo. Esto es algo que sostengo desde hace muchos años y que dejo ya enunciado en los principios que guían mi enfoque de trabajo.

Sin embargo, desde una mirada neurobiológica y cultural, hoy sabemos que nos formamos en la interacción. No se trata de un simple juego de palabras. Lo que circula en la interacción, en nuestras conversaciones, en lo que hacemos en tanto convivimos es lo que genera identidad. Todos hemos sido y somos constantemente formados a partir de la historia de nuestras interacciones. 

En el marco de la particular cultura que habitan, los niños y las niñas van constituyéndose como personas a medida que establecen relaciones comunicativas y emocionalmente significativas con otras personas y con el medio. Por esto, no se trata de formar y sin embargo nos formamos en la convivencia. Un formarse que es un permanente transformarse. Estar vivo implica un estado de permanente cambio y aprendizajes. ¿Cuál es la diferencia? Los supuestos que están detrás de la palabra formar y que definen las intenciones y acciones de las personas.

Como adultos, hemos crecido bajo el paraguas de una lamentable metáfora que dice que los niños y las niñas son “una masa sin moldear”. Nada más patéticamente mecanicista y fabril que esta idea y nada más lejano al desarrollo de una vida digna y saludable. Desde esta perspectiva, formar es dar forma, como si de construir un auto se tratase. Como consecuencia, el adulto se asume a sí mismo como activo y que el niño queda en una posición pasiva y con poco o ningún espacio para su autodeterminación y deseo.

Así, la convivencia con los niños se transforma en un espacio de relaciones burocráticas: el adulto manda y vigila y el niño o la niña quedan constituidos en objetos en manos del adulto. El niño y la niña serán lo que los adultos decidan. El niño y la niña no saben nada, están vacíos, el adulto sabe y lo llena de contenidos y mandatos acerca de lo que “deben ser y hacer”. El niño o la niña no tienen arte ni parte en la definición de su vivir y devenir, menos aún palabra.

En el marco de estas interacciones directivas y formativas, los niños, las niñas y los jóvenes terminan constituyéndose como personas emocionalmente desconectadas, rabiosas y desanimadas, se sienten muy poco escuchados y respetados en sus deseos y sentires y nos lo hacen saber con fuerza.  En tanto los adultos no entendemos por qué, a pesar de nuestras nobles intenciones, nada de lo que hacemos funciona, entramos en impotencia y frustración y comenzamos a convencernos que aquel niño nació con el mal carácter heredado de algún pariente.

Establecer relaciones en las cuales los niños y las niñas se humanizan a partir de sus interacciones con nosotros, los adultos de su entorno, implica correr el eje de lo formativo o productivo hacia lo que sucede en el encuentro. Para eso, tenemos que aprender a escucharlos y a brindarles espacios de elección personal. Para escucharlos bien es imprescindible validarles la palabra, dar lugar a sus emociones y valorar sus deseos. Brindarles espacios de elección requiere incluirlos con sus diferencias en el ámbito de la convivencia.

Vivir es devenir

Así como comparto la crítica a la idea de que criar es “formar”, no comparto el que se designe a los niños y las niñas como “lo que ya son”, como seres que tienen una existencia que es esencial y originaria, previa e independiente de su contexto vital humano y no humano.

Si no fuera por las experiencias devenidas de los vínculos que los niños y las niñas establecen en la red de relaciones en la que habitan ‘no serían nadie’.

Desde la perspectiva de la complejidad y la biología cultural, lo que importa en el proceso de constitución de nuestra humanidad no es ese ideal de ser humano que los adultos hemos concebido o nos han vendido como deseable y posible. Como seres biológicos todos nosotros somos seres emocionales que habitamos en el lenguaje. Un niño o una niña que no se relaciona verbal y amorosamente con otras personas se deja morir pues pierde el deseo de vivir. Así lo probó de manera trágica Federico II de Prusia en el S XII. Vivir sin estar en relación a través de la palabra con otros no tiene sentido para los seres humanos

Insisto, las interacciones burocráticas que no validan la palabra de los niños y las niñas, que no los reconocen en su diferencia y en su autonomía, no los habilitan como personas.

Estamos todos mutuamente determinados.

Si decimos que los niños “ya son”, entonces suponemos un estado previo al encuentro con su familia y comunidad. Podría desprenderse de esto, entonces, que los adultos no debiéramos hacer nada o hacer muy poco, porque ellos “ya son”. Esto no tiene sentido, porque una vez que el niño o la niña ha nacido ha quedado  inscrito como un nodo más de la red de intercambios con su familia y comunidad. Todo lo que allí suceda habrá de darle información precisa y particular acerca de quién es y de qué se trata su mundo.

El cambio en la calidad de vida de los niños y las niñas no se trata de una cuestión dilemática acerca de si formamos lo que creemos que no son o si nutrimos lo que creemos que ya son. El cambio en la manera de criar y educar resulta del cambio en la manera de convivir.

Se trata de un cambio en el modo en que nos encontramos, en el modo en que nos reconocemos, en el modo en que nos coordinamos. Todo esto se manifiesta en el modo como conversamos. Como dice Humberto Maturana en Amor y Juego. Fundamentos olvidados de lo humano: desde el patriarcado a la democracia. 

Alguien se hace miembro de una cultura  – al nacer o al incorporarse a ella como joven o adulto – en el proceso de aprender la red de conversaciones en el curso del vivir como miembros de ella.

Y continúa diciendo que las culturas cambian

cambian cuando una nueva manera de vivir como una red de conversaciones comienza a conservarse de manera transgeneracional …

cambian cuando el emocionar-actuar comienza a ser parte de la manera corriente de incorporación de los niños en esa comunidad y éstos la aprenden al vivirla

Si queremos un mundo mejor, ya no sea para nosotros pero sí para las próximas generaciones, la tarea de cambiar es nuestra responsabilidad. Y no es con discursos prescriptivos dirigidos a los niños que habremos de contribuir.

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Acerca de Lía Goren

Interesada en el enfoque de las relaciones humanas desde la perspectiva del pensamiento sistémico, la ecoalfabetización y la biología cultural. Terapeuta y consultor familiar y educativo abocada a la temática de la convivencialidad y la sostenibilidad.
Esta entrada fue publicada en Biología Cultural, Complejidad, Conectivismo, Conversaciones, Convivencialidad, Crianza, Educación, Humberto Maturana y etiquetada , , , , , , , , . Guarda el enlace permanente.

2 respuestas a Nos humanizamos en la interacción

  1. ruth dijo:

    Estoy de acuerdo Lia en que lo vincular como aspecto constitutivo, el contacto nutricio.El ir siendo es un continum,, y si estan desnutridos? que entendemos por ” nutrir lo que son”? quienes y con que se nutren? A que estapa se refiere Aldort?

    • liagoren dijo:

      Gracias por comentar, Ruth. Te debía responder.

      Es interesante tu pregunta “¿quiénes y con qué se nutre? Especialmente la parte del “con qué se nutre” y agregaría, entonces, “que cosa considera cada quién que es nutricia”.
      Porque aquí va la cosa y no me salía muy bien explicarlo, eso que, como verás, amplié bastante el post, para ver si quedaba más claro e punto.

      Algunos piensan que darle palizas a los chicos resulta necesario, o que coman lo que detestan a la fuerza, para poner ejemplos más concretos, o decirles que son unos flojos para conseguir que se motiven. Lo creen bueno y necesario, y sienten que si ni hacen eso no están siendo buenos padres. Lo ven como formativo, pero al mismo tiempo como nutricio, como algo necesario para la vida de los hijos.

      Y otros adultos creen que hay que dejarlos hacer todo el tiempo lo que quieren para no interferir lo que “ya son”, pero se encuentran en serios conflictos cuando ven que sus hijos están demasiado autocentrados y desconsiderados con los demás.

      Por eso, la cuestión no es formar o nutrir, es construir una red de relaciones que solamente ponga el acento en la sacralidad del vínculo. donde nadie manda a nadie sino que autoregulan sus acciones a partir de una ética del cuidado y el respeto por la legitimidad del otro.

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