La seguridad emocional y las ganas de aprender

La Desmesurada

Hace poco hice un público reconocimiento en este blog a mi maestra de 5º grado de escuela primaria: La Señorita Elvira. Lo que no dije es que por suerte ella llegó a mi vida justo después de La Señorita X.

Y esto tiene todo que ver con Paula Lesina, super experta en storytelling y con quien estoy aprendiendo muchísimo acerca de cómo contar lo que sea que quiera escribir. En esto estaba cuando un evento de hace dos semanas fue más allá de la escritura. Te voy a contar cómo Paula, La Desmesurada, se convirtió en la protagonista del final feliz de una historia que comenzó cuando yo tenía 9 años.

La Señorita X

Las malas experiencias estudiantiles dejan huella, una huella bastante embarrada, en medio del pecho y que cuesta mucho remover.

La Señorita X fue mi maestra de 3º y 4º grado de primaria. Por motivos opuestos a mi experiencia con la Señorita Elvira tampoco olvidé su nombre, pero como voy a hablar mal de ella prefiero no nombrarla.

Un día La Señorita X nos da una de esas patéticas tareas de redacción que se estilaban en esa época, nos pidió que escribiéramos una composición con el tema “La primavera”. A pesar del eterno vacío que ese tipo de consigna me creaba, el tema me entusiasmó, hice la redacción y hasta la ilustré con un dibujo.

Ya no me acuerdo si fue al día siguiente o si habían pasado unos días. De pronto entra en el aula La Directora. “Buenos días niñas” dijo, y ya estando todas de pie respondimos “Buenos días Señorita Directora”. Y nos sentamos.

Paradas ambas mujeres al frente de la clase, dijo La Señorita X:  “A ver, Goren, lea su composición.” Me paré para leer con el corazón latiendo a mil por hora y, casi sin voz, leí mi preciado relato sobre La Primavera. Cuando terminé, pequeño silencio de por medio y estando yo parada todavía, veo cómo La Señorita X gira su cabeza hacia La Directora y le dice de una: ¿Vio que porquería?

Si, así como lo oís. Esas cosas no se olvidan jamás. Lo estoy escribiendo y me recuerdo ahí parada, guardapolvo blanco, flaquita y bajita como era pero sintiéndome más diminuta todavía.

Me quedó en claro que yo “no era buena para las lenguas”, ni la propia ni las extranjeras. En primer año del secundario reprobé Castellano, Francés y Latín (y ya que estaba también Historia). En segundo año reprobé Castellano, Francés y Latín y en tercero Castellano y Francés. Después sobreviví. Parece que con la literatura me arreglé mejor.

Qué mundo tan femenino es el rescate

Me voy a correr por un momento del tema porque esto me importa. Porque si al final estoy hablando de de Paula Lesina es gracias a María Inés Pozzato, la maga de Hirumi Crochet. Yo ayudo a tejer y retejer vínculos y María Inés diseña y teje sus muñecos de apego con el mayor amor y cuidado que te puedas imaginar. Ella teje pensando en quien lo recibe, y eso hace la diferencia, porque así es María Inés, con todos.

Abrazar los desafíos

Cuando Paula leyó el relato de La Señorita Elvira me preguntó qué otra experiencia podría elegir para mostrar cómo ayudar a crear entornos de aprendizaje emocionalmente seguros. En ese momento no pude encontrar una en particular pero me quedó picando la cuestión de “sentirnos emocionalmente seguros a la hora de aprender”. ¡Tremendo tema!

Una semana después y con ese pendiente en carpeta, veo que el Instagram de Paula amanece con una imagen y un desafío que decía:

¿Cómo explicarías la imagen que acompaña este post a un niño de seis años?

Un bosque y dos mujeres, una mira como la otra esta acostada de espalda flotando en el aire

Y me lancé a responder a ese desafío, así como estaba, con lo enredado que era escribir en el teléfono y en Instagram, con esa letra así de chiquitita, en medio del desayuno y sin los lentes de cerca. La fantasía fluyó y salió un relato que escribí sin detenerme para no perder el envión y así lo compartí.

Las ganas de aprender

Vuelvo a leer lo que había escrito y me doy cuenta ¡horror! de que tenía mil “errores”. Entonces, para cubrir un poco mi menguada dignidad de escritora, hago esta aclaración:

Bueh… no miren la puntuación.

A lo que Paula me responde:

Los detalles son de edición. Este es el espacio de compartir y crear. No de juzgar.

Esa respuesta fue puro alivio y me renovó el entusiasmo que estaba opacando con mi propia crítica.

Aprender así libera. Poder ir paso a paso sin temer equivocarse hace que el aprendizaje se sienta como un viaje, como una salida de excursión en la que estamos totalmente dispuestos a ver qué sorpresa nos encuentra en el camino.

¡Qué notable sincronía! Paula acababa de garantizarme un espacio de aprendizaje emocionalmente seguro, justo el tipo de experiencia que ella misma me había invitado a compartir.

Y a modo de un tercer acto de esta historia, como crudo contraste con lo bien que me sentía, volvió a mí el recuerdo de La Señorita X y la primavera fallida de mi infancia.

Un (aparentemente) pequeño evento a las 8 de la mañana cerró un círculo de años que esperaba su final. El hechizo había sido deshecho.

 

La seguridad emocional lo es todo

A la hora de aprender, garantizar un espacio emocionalmente seguro es lo primero, lo del medio y lo último. Es una condición que debe darse todo el tiempo.

No juzgues y destierra el miedo a fallar.

A la hora de crear y brindar contextos de aprendizaje emocionalmente seguros no juzgues y destierra el miedo a fallar. En realidad van de la mano, una cosa no existe sin la otra.

 

Esto le hubiera contado al niño de 6 años del desafío

¿Te imaginas si un día, cuando te despertás, te das cuenta de que tu cuarto y la casa se transformaron en un bosque hermoso? Es tan hermoso que estás seguro de que es mágico.

Sin entender demasiado, dejás durmiendo a tu hermano que todavía no se levantó y te vas al baño a hacer pis y a lavarte la cara. Un poco más despabilado volvés a tu cuarto pensando que nada más sorprendente podría pasarte esa mañana.

Pero no, ¡oh! Hasta las camas desaparecieron ¿y mi hermano? ¿Dónde está mi querido hermanito? te preguntás desesperado. ¿Dónde está? Durmiendo en el aire está ¡en el aire! flotando como si una nube invisible lo estuviera teniendo desde abajo. ¿Te lo imaginás?

Entonces ahora imagínate a mí y mi hermana cuando éramos un poco más grandes que vos. Eso mismo nos pasó cuando yo tenía 14 años. ¿Podés creerlo? Me desperté y mi casa se había transformado en un bosque. Por suerte tu tía Cristina me encontró cerca cuando se despertó, así le avisé que estaba flotando y se bajó suavecito, para no golpearse.

Después nos fuimos a desayunar, porque tus abuelos ya se habían levantado. Estuvo muy bueno vivir en un bosque encantado un día entero.

 

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Cuando entre el otro y yo media un abismo

En nuestra cultura, la subjetividad está tan girada hacia sí misma que el otro aparece como un horizonte distante.

Franklin Leopoldo e Silva

 

Hoy quiero compartir con vos la imperdible charla que ayer recomendó mi amiga virtual  Vivianne Amaral.

Franklin Leopoldo e Silva habla con la claridad de los que saben y nos muestra cómo ha condicionado nuestra mirada y nuestras opciones éticas el hecho de que habitemos “una cultura de la subjetividad, del sujeto, del ego”.

Nobleza obliga, este es la versión original y  más abajo, salvo error u omisión, transcribo la traducción de la charla en español.

Lévinas: Ego y distanciamiento

La alteridad también forma parte de una de las categorías que fueron un tanto despreciadas a lo largo de la historia de la filosofía.

Es más, eso tiene una explicación bastante plausible: nuestra cultura moderna es una cultura de la subjetividad, del sujeto, del ego. Entonces el ego tiene un gran privilegio: el sujeto, yo mismo, mi identidad, aquello que yo soy, representa un cierto fundamento que me lleva, entonces, a ver las cosas de acuerdo a ese prisma, el prisma que nosotros llamamos subjetivo.

Esa subjetividad es tan profunda en nuestra cultura que muchos entienden que, en la época actual, nosotros estamos viviendo hasta una especie de narcisismo o de egoísmo, quiero decir, de una exacerbación de esta característica que tiene que ver con el privilegio del sujeto, del ego y de ahí en más. Todo eso lleva, entonces, a un cierto distanciamiento del otro y una cierta dificultad para percibir al otro y para entender, incluso, hasta la posibilidad de su existencia. En nuestra cultura, la subjetividad está tan girada hacia sí misma que, desde nuestra percepción, el otro aparece como un horizonte distante.

Esto tiene mucho que ver con la consciencia de sí, consciencia de mí. Yo tengo consciencia de mí y, por lo tanto, yo no tengo dudas en cuanto a mi existencia, yo estoy muy próximo de mí; todo hacía creer en la densidad de la persona. Esto deriva de la filosofía clásica y cartesiana que puso al ego, al sujeto, como siendo la categoría principal, la realidad principal. Solo que eso apartó al otro.

¿Puedo tener consciencia del otro con la misma intensidad con la que tengo consciencia de mí? La respuesta fue siempre no por razones que son comprensibles. Yo tengo consciencia de mí porque yo estoy en mí. Para yo poder tener una conciencia del otro que sea equivalente a la que tengo de mí, tengo que estar en él. Entonces la cosa se volvió en un problema ético. Quien tiene que tener consciencia de él y cuidar de él, es él. Y yo tengo que tener consciencia de mí, cuidar de mí y cultivar mi subjetividad.

A partir de ahí transitamos un tipo de civilización, de cultura, basada en ese individualismo, en ese egocentrismo que es una pauta de nuestra civilización y que fue exacerbándose históricamente. Vivimos en una sociedad de individuos. A pesar de ser masificados, en tanto todos creemos en nuestra individualidad, consideramos que debe ésta debe ser preservada. Pero no depositamos así tanto respeto en la individualidad del otro y en la subjetividad del otro.

Entonces esa separación fue siempre muy difícil de resolver. Hasta que se formó un abismo, que viene dándonos estas características éticas muy comprometedoras en la civilización que vivimos hoy.

Si usted piensa al respecto que 6 millones de judíos fueron matados durante el nazismo porque fueron considerados seres inferiores, entonces usted tiene ahí esa manifestación exacerbada de la comparación entre aquello que yo soy, un ser humano pleno y aquello que el otro es, alguien que todavía no alcanzó una cierta humanidad digna de respeto.

Todo tipo de discriminación, contra los negros, contra las razas, contra las nacionalidades, contra personas de otras religiones, de otros credos, tiene el sentido de afirmar mi plena humanidad y la humanidad relativa del otro, como si el otro tuviera derecho de existir a partir de que yo le conceda a él su derecho a existir. Entonces yo puedo pasar a eliminarlo: guerra, masacres, persecuciones, discriminaciones de todo tipo. Todo eso en nombre de qué, del privilegio del “yo”: yo, mi grupo, mi nacionalidad, mi país… todo esto está englobado en el “yo”.

Después de que esta actitud causara una serie de experiencias históricas catastróficas, la filosofía comenzó a preocuparse por esto, comenzó a rever esas categorías. E intentó, entonces, hacerse esta pregunta: ¿Por qué es que yo tengo que constituir el significado del otro? ¿Por qué querría alguna cosa para mí al punto de no representar nada para mí? ¿Por qué no vamos a intentar, entonces, invertir esas posiciones? ¿Por qué no entender que hay otro que me constituye como yo mismo? Y así, desde este punto de vista, significaría debiendo al otro mi propia existencia y no él, debiéndome la existencia suya a mí.

Eso está en curso de reflexión, porque vivimos todavía en un mundo en el que esas categorías ligadas a la subjetividades, al privilegio del ego, del egocentrismo son todavía muy fuertes y están muy arraigadas en la cultura, en la manera de ser, en nuestros modos de pensar.

¿Cómo sería una ética en la que el principio de moralidad fuese el otro y no yo, una en la que él me constituyese como una realidad ética y no yo a él? ¿Cómo sería un mundo en el que yo dependiese del otro y no el otro de mí?Todas esas preguntas, que todavía están en elaboración, ellas vinieron a movilizar un poco en estas posiciones tradicionalmente muy consolidadas respecto del privilegio del ego, del egocentrismo y de ahí en mas.

Hay varios aspectos en los que esto es puesto en juego. Y uno de esos aspectos que más tocan nuestra cotidianidad es la ecología. La ecología es una tentativa de rehacer el viejo mundo a partir del otro. O sea, qué será del mundo de aquí a 200 años si nosotros continuamos explotándolo de esta forma. ¿Habrá mundo para los otros? Entonces, si yo pienso un poco en los otros, aun en aquéllos a los que no voy ni siquiera a conocer, y no estoy hablando de los suyos y los nuestros, pienso en aquéllos que están mucho más distantes, si no va a haber un mundo para ellos, será que yo soy responsable por esa catástrofe.

Entonces, pensando en eso, la gente generaría una cierta conciencia ecológica para preservar el mundo para los otros. Como si fuese un mandamiento ético. Valorizar a los otros más que a mí mismo y vivir más en relación a los otros que a mí mismo. O por lo menos intentar un equilibrio. Entonces, la ecología contribuyó mucho para que este tipo de ética fuese presentada. Ya hoy, por lejos, es algo aceptado, pero no es una cosa en la cual se piensa.

Entonces, a partir de ahí, usted tiene ahora una ética de la alteridad, una filosofía de la alteridad, que va a estar intentando pensar estas cosas. Pero diría que esto está incipiente, porque los valores consolidados, que son todos del orden del ego, aún está muy lejos de conseguir un aval significativo y transformarse.

Franklin Leopoldo e Silva: Livre-docente e doutor em filosofía pela USP. Profesor titular de História da Filosofia Moderna e Contemporânea na mesma universidade. Autor, entre outros de “O Conhecimento de Si” (2011)

 

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La Señorita Elvira

La voluntad de reparación en los seres humanos es poderosa y tarde o temprano rinde frutos.

Hace unos años me di cuenta de que mi vida había tomado el rumbo de aprender a hacer y de dar a otros lo que “La señorita Elvira” me había dado a mí cuando tenía 10 años de edad.

Era un día en el que planeaba cómo presentarme en este blog. Pensé que un recorrido guiado por lo que había estudiado podría ordenar lo que quería escribir. Estaba decidido, comenzaría a partir de mi primer título profesional, mi título de Maestra.

“Pero esperá un poco”, me dije, “vos nunca trabajaste de Maestra de escuela”. Así fue cómo me di cuenta, sorprendidísima, de que los motivos que me hicieron rechazar la idea de trabajar como maestra eran los mismos que hoy enfocaban (y enfocan) mi interés, lecturas y trabajo.

Como estudiante, solo había disfrutado de estar en la escuela cuando cursé el 5º grado de primaria. Ese año tuve una maestra de la que nunca olvidé su nombre. Ella fue La Señorita Elvira Paulina García de García, así se llamaba. Daba gusto estar en el aula, en la escuela, en la vida. Ese año le ponía garra y entusiasmo a todo lo que hacía.

De vez en cuando la vida
toma conmigo café
y está tan bonita que da gusto verla.
Se suelta el pelo y me invita
a salir con ella a escena.

Joan Manuel Serrat

Ese año tuve un testimonio de una ser yo misma que me gustaba y eso, puedo jurarlo, me infundió esperanza y una persistencia secreta que nunca me abandonó.

Ese aprendizaje profundo que vive más allá de las palabras, que nace de la experiencia vivida, me hizo entender que la manera en que los adultos se relacionan con los niños y las niñas define todo un mundo de posibilidades o imposibilidades para ellos.

La Señorita Elvira había plantado la semilla

La relación con La Señorita Elvira me ayudó a comprender que crecer y aprender puede ser apasionante cuando nos sentimos emocionalmente seguros, cuando nos sentimos validados y queridos como personas antes que por nuestra obediencia o el resultado de lo que hacemos.

Todo adulto tiene el poder de hacer algo que significará una diferencia en la vida de los niños y los jóvenes.

Con esto no digo nada nuevo, solo reafirmo mi convencimiento de que somos los adultos los que tenemos la capacidad para reflexionar sobre lo que hacemos, responsabilizarnos, aprender lo que hace falta y hacer una diferencia en las personas que tenemos cerca y en al mundo que habitamos. Porque como dije hace poco, el futuro de los niños somos los adultos.

 

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Sobre este tema te recomiendo:

La seguridad emocional y las ganas de aprender

La familia del vecino siempre se ve más verde

La mayoría de los padres y las madres suelen creer que solamente ellos tienen problemas con sus hijos e hijas y que los demás lo tienen todo resuelto.

Cuando comencé a facilitar talleres para familias, entre bromas y sonrisas, los asistentes confesaban su alivio al descubrir que a los otros les pasaba lo mismo. Y con los años estos comentarios siempre se repetían. Por suerte, también descubrían que sus hijos e hijas no eran tan monstruosos como pensaban, jeje.

Todas las familias, en algún momento, tienen que lidiar impotentes con los berrinches o la falta de colaboración de sus hijos. Casi todos los padres y madres se sienten inseguros a la hora de poner límites por temor a ser autoritarios. Todos los hermanos se pelean y hay que aprender cuándo no intervenir y cómo hacerlo cuando hace falta. Esta lista puede seguir, pero mejor me detengo aquí.

Vos, tu vecino, los padres de los compañeros de tus hijos de la escuela, somos todos seres humanos que compartimos una misma cultura. Como habitantes de ese común ecosistema de ideas, valores y comportamientos, sabemos que hay cosas que hacemos bien y otras que no. Como seres humanos que somos, también debemos admitir que nunca lo sabremos todo y que, por suerte, tenemos una enorme capacidad de aprendizaje y una red de gente alrededor (aunque no lo creas) que puede saber hacer lo que vos y yo no sabemos.

El pasto del vecino siempre parece más verde porque no lo vemos de cerca.

Durante muchos años pasé mis vacaciones en una casa que tenían mis padres en Atlántida, Uruguay. Ellos, con sus propios hijos ya crecidos, aprovechaban para disfrutar la época tranquila y suave del mes de marzo. Como en invierno la casa no se habitaba demasiado y el parque no tenía suficiente riego, al arrancar el verano el jardín se veía fatal. Decidí, entonces, que cuidar del jardín iba a ser la mejor manera de agradecer a mis padres por las bondades del lugar, quería que al momento de su estadía de marzo lo pudieran disfrutar bien lindo, bien verde.

Así fue como descubrí, manguera en mano, la veracidad del refrán. Desde mi jardín, el pasto de mi vecino siempre se veía más verde.

Pero con el paso de los años me hice amiga Winston, mi vecino uruguayo, el del jardín tan verde y tan lindo. Y al visitar su casa hice un segundo descubrimiento: su jardín se veía más verde, simplemente, porque lo veía de lejos. Incluso, considerando el hecho de que él lo cuidaba todo el año, no era lo mismo verlo de lejos que de cerca. 

De paso, aprovecho el momento para que este recuerdo sirva como merecido reconocimiento a mi querido Winston Rodríguez, a su calidad de persona y amigo (que ya no está en este mundo) y a quien mi hijo y yo nunca olvidaremos.  

Y volviendo al tema, he aquí que lo mismo pasa con otras familias que conocemos (no todas, por supuesto). Nos parecen más funcionales, probablemente, porque no compartimos su día a día cotidiano. Desde la lógica del recato, de la sana reserva de la intimidad, ni vos, ni yo, ni nadie suele comentar por fuera del hogar todo lo que nos pasa o preocupa puertas adentro.

A veces el césped del vecino no nos parece más verde, está mas verde.

Aunque son muy pocas, existen algunas familias que han heredado de sus propios padres unas saludables experiencias de crianza y cuando las conocemos no nos pasan desapercibidas. Pero como dijo Virginia Satir (y cito de memoria), en todos sus muchos años de profesión le sobraban dedos de sus manos a la hora de contar las familias funcionales con las que trabajó.

También suelo ver que a muchos padres y madres ni se les ocurre pensar que si otros se manejan mejor ante los problemas familiares, esto sucede porque ya han consultado con algún especialista. Debes saber que ese papá y/o esa mamá, ni nacieron iluminados ni tienen hijos santos que no les dan problemas, simplemente ya aprendieron algunas cosas que vos también podrías aprender.

También veo que muchos padres ocultan, como si se tratara de algo vergonzoso, el estar haciendo una consulta o el mismo hecho de no saber qué hacer. Como si fuera un defecto enredarnos en las relaciones, como si las noticias de todos los días no nos demostraran, sin disimulo alguno, lo poco que sabemos acerca de la buena convivencia. Ir un poco más allá de lo que ya hacemos bien vale la pena. 

Incluso Lionel Messi entrena todos los días. Nadie es bueno en lo que hace si no hace nada para serlo.

Aprender es parte del proceso de estar vivos

Como padre o madre siempre vas a encontrar desafíos de crianza que no podrás anticipar y que no sabrás bien cómo abordar. Pero en tanto los asumas como parte del proceso de vivir y no como un defecto personal que hay que encubrir, esos problemas te ayudarán a evolucionar de modos impensados, a vos y a tus hijos. Porque ellos, tus hijos y tus hijas, lo quieras o no, aprenden todos los días de qué se trata la convivencia a partir de cómo nosotros, sus padres y sus madres, la abordamos a diario en la familia. Seguro que alguna vez has sido testigo de como niños y niñas de 3 años ya copian a la perfección a sus padres y madres los papelones que a veces les han hecho pasar. Ni hablar si trabajás en un jardín de infantes!! 

Todo lo que hagas para mejorar se integrará, automáticamente, al repertorio de opciones de vida de tus hijos; ellos van a saber que hay otras maneras de ser familia y de resolver los problemas de relación.

Esto me trajo a la memoria a una mujer que atendí hace muchos años. Me contó que desde muy joven tenía bien en claro que quería ser madre. Algunos años después concretó su deseo y el nacimiento de su hijo le llegó con el inevitable baño de realidad que le mostraba que el proceso de ser madre (vale para los padres, obviamente) recién empezaba. Se estaba dando cuenta de que el nacimiento de su hijo era solo el primer paso de un largo camino de placeres y momentos felices y también de dolores de cabeza y aprendizajes.

Desear ser madre o padre y ponerle todo el cariño y garra a la tarea no es lo mismo que saber cómo hacerlo todo o garantía de que no se presentarán problemas. Como dije más arriba, Messi también se entrena todos los días.

Entonces, como primera regla de crianza, no te compares! 

A lo sumo, sacá provecho de la comparación cada vez que te demuestre que hay algo que podrías mejorar. Si hay algo que te preocupa, buscá ayuda y aprendé lo que hace falta para resolver tu problema. Nadie va a regar ni desmalezar tu jardín por vos. Los grupos de crianza, los espacios de orientación familiar, los talleres para familias, los libros sobre crianza o cualquier otro tipo de consulta, a tiempo, siempre es la mejor respuesta y siempre vas a a salir ganando.

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El futuro de los niños somos los adultos

 

El futuro de la humanidad no son los niños, somos los mayores con los que se transforman en la convivencia.

Humberto Maturana

 

No quería repetir con mis hijos algunas cosas que hacían mis padres y me encuentro haciendo exactamente lo mismo.

Después de más de 20 años de trabajo con familias, sin exagerar, puedo decir que este comentario es “el clásico” de las consultas y los talleres y el mismo demuestra lo siguiente:

Aprendimos a ser padres y madres de nuestros padres y madres.

Aprendimos a criar a medida que nos criaban. Aprendimos lo que significa aprender o cómo deben ser las escuelas siendo alumnos. Aprendimos cómo un adulto puede inspirar o humillar, ser paciente o enojarse por nada en el transcurso de nuestras relaciones con las personas con quienes nos tocó convivir.

Pero a pesar de esto, no estamos condenados a repetir.

Y tampoco tiene ningún sentido que sigamos diciendo que “nadie nos enseña a ser padres”,

Así como aprendimos a criar de nuestros padres y madres, podemos seguir aprendiendo. 

A pesar de esta obvia demostración, te aseguro que vas a seguir escuchando que “los hijos no nos llegan con un manual de instrucciones”. Por supuesto que no. Somos los adultos los que traemos a cuestas el manual de instrucciones de nuestros ancestros.

Creo que estas frases típicas son una defensa inconsciente que permite soportar el miedo de hacer las cosas mal que todos tenemos cuando nacen nuestros hijos e hijas.

Me resulta familiar

Familiar. Esa es la palabra que usamos para referirnos a algo que nos resulta conocido. He aquí el meollo del problema. La vida familiar que tuvimos, con lo bueno y lo malo, es lo más conocido y también, para bien o para mal, es lo que mejor sabemos hacer.

Por eso, cada vez que algo se traba en la crianza, cuando la manera de actuar que hemos aprendido siendo hijos e hijas no funciona, nos quedamos en blanco y no podemos imaginar qué otra cosa hacer. Y también por eso, a pesar de ver que lo que hacemos no nos gusta ni funciona (gritar, castigar, no hacer nada, amenazar), lo seguimos haciendo y lo hacemos cada vez con más énfasis (gritamos más, castigamos más, amenazamos más).

Este es un punto crítico a la hora de las consulta con familias. Están ahí las evidencias de que lo que se hace no funciona, están todas las quejas desgranadas con detalle y prolijidad, pero también está la extraña esperanza de que todo puede mejorar sin cambiar nada. Sin cambiar la manera de concebir lo que es sano y lo que no, sin revisar los criterios acerca de la dinámica del poder en la familia y sin cambiar los patrones de comunicación asociados a esos viejos patrones relacionales. Resultado: se pone el problema en el hijo y listo.

Aprender es un trabajo, requiere tiempo y esfuerzo entender por donde pasa la diferencia entre el mundo que se deja y el que se desea.

No queremos repetir, pero a la hora de cambiar, de modo casi irracional, se defienden con uñas y dientes los viejos argumentos de nuestros padres, madres, abuelos y todo lo que a uno se le pueda ocurrir.

Un ejemplo de hace muchos años:

-¿Cómo voy a dejar que mi hijo haga lo que quiere? Si ahora no entiende la autoridad en su adolescencia va a ser un desastre.”

Una respuesta posible:

-No se trata de que haga “todo” lo que quiere, sino que en “algo” pueda elegir, que en “algo” pueda ganar algún derecho de autodeterminación.

Y entre muchas posibilidades, la conversación suele derivar en una simplificación inútil entre si mandan los padres o mandan los chicos.

Observen que el escenario de estas dos posturas es el mismo, porque parten de una creencia común que las contiene a ambas, una creencia que dice que ser familia tiene mucho que ver con mandar y obedecer y nada que ver con elegir.

Mientras esto permanezca incuestionado, ese padre y ese hijo del ejemplo no podrán salir nunca de una relación basada en la puja de poder. A menos que se cambie en el nivel de la creencia, para sus padres, ese niño o esa niña siempre serán unos rebeldes e insolentes. Y mucho peor aún, se cumplirá la profecía del padre del ejemplo, porque esos chicos crecerán sumamente resentidos y durante la adolescencia la relación con sus padres se irá tornando tortuosa. “Un desastre”.

El mandato de cuidar los mandatos de los padres es feroz y a veces automático. La comodidad de mantener las cosas cono están también tiene su peso. 

Trabajar a fondo en temas de crianza implica dejar en evidencia y poner en cuestión muchas de nuestras ideas aprendidas acerca de lo que significa ser familia, ser padre, ser madre y acerca de cuestiones tan gigantes como los valores: la verdad, la mentira, la responsabilidad, la compasión, la colaboración, el bien común… y podría seguir.

Repensar la crianza no significa destruir todo nuestro pasado, sino conservar lo que es bueno y cambiar lo que hace daño.

Por suerte, también repetimos lo mejor de nuestra infancia; repetimos esas cosas que nos daban felicidad y que hacían que nos olvidáramos de la idea de escaparnos de casa en cuanto pudiéramos. Eso es lo que hay que conservar.

El futuro de los niños somos los adultos.

Y en este punto es bueno volver a la cita de Maturana del inicio y de la que me enamoré a primera vista (a primera oída) cuando la escuché en este video fantástico que te recomiendo.

Somos los adultos los que tenemos la posibilidad de reflexionar, de hacernos cargo y de aprender. Somos los adultos los que podemos allanarles el camino a nuestros hijos e hijas al evitarles la condena de repetir y perpetuar, generación tras generación, lo que hacían mal nuestros ancestros.

 

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Los 7 pecados contra la infancia

La dignidad del no *

El “no” tiene mala prensa y no se lo merece.

Puede que no guste escucharlo, pero como palabra es mucho más heroica que el sí. Es el no de ese niño que pelea por su autodeterminación cuando lo obligan a comer sin hambre, es el no de una mujer que pelea por ser respetada cada vez que no desea ser abordada de manera impropia por otra persona, es el no de algún hombre que rechaza su esclavitud y pelea por su libertad.

Cuando asesoro en temas de crianza tanto como en las consultas individuales de mujeres, la dificultad para decir no sin culpa es recurrente. En general, nuestro tránsito familiar y escolar ha sido un largo entrenamiento para el sí. Los niños y las niñas buenos son los que hacen caso, ellos dicen sí. Los que dicen no son rebeldes, desobedientes. El no conlleva el riesgo de la sanción social y el dejar de ser queridos. En el hogar, en la escuela y hasta en el trabajo la condición más valorada es la disposición al sí.

Las mujeres, el no y la culpa

Aunque las mujeres ya nos estamos dando cuenta de que el no es una palabra más del vocabulario femenino, cada vez que decimos no suele invadirnos un sentimiento de culpa o el temor a dejar de ser queridas.  “¿No estaré siendo egoísta?” se preguntan muchas mujeres. ¿Tan malo es no querer ir a ver la película que esas amigas o mi novio quieren ver? ¿Es ser egoísta no querer mudarme y perder mi trabajo y mis relaciones cuando el sueño de mi pareja es ir a vivir a Bariloche? ¿Es mucho pedir que mis chicos se duerman un día sin cuentito porque no doy más de cansada? A contar por la reacción de los demás, pareciera que sí, que es mucho pedir, que no se entiende cómo es que yo, siempre tan dispuesta y buena onda diga no.

La identidad de género se refiere a un conjunto de rasgos asignados a la mujer y al hombre que son socialmente construidos, un invento cultural que dice, por ejemplo, que los hombres nacieron para conducir autos y las mujeres para lavar platos. Me sorprende que todavía haya hombres que lo creen y mujeres que no se animan a manejar. De manera directa o indirecta, el relato patriarcal dice que lo naturalmente dado a las mujeres es la abnegación, la generosidad y el cuidado de los demás. Así las cosas, si por algo vamos a ser queridas y aceptadas será por nuestra disposición a poner a los otros por delante nuestro. Esta pesada carga, más o menos consciente, es la que nos deja siempre con muy poco margen para decir no sin culpa.

¿Qué quiero yo?

Esta pregunta es la clave. Una negativa bien establecida es un “yo no quiero”, es un acto de afirmación que marca mi límite y mi diferencia. Cada vez que queremos decir no y no lo hacemos se resiente nuestro sentido de dignidad, porque nos habremos invalidado a nosotras mismas. Nuestra culpa suele ser un pudor oculto que dice que está mal afirmar nuestro deseo o nuestra necesidad. Recordá, entonces, que cada vez que decís no, simple y naturalmente, querés algo diferente de lo que los otros quieren, recordá que vos también sos un ser humano.

* Esta nota que escribí fue publicada en la edición de la revista Mía del 27 de Junio de 2018.


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Los límites existen porque convivimos

… para el individuo educado en la cultura occidental es difícil ver más allá del individuo. Estamos educados en una preferencia tanto ética como estética por la autodeterminación individual.
S. Minuchin y C. Fishman (2006)
El límite cobra relevancia, siempre, en el encuentro con el otro.

Para poder relacionarnos debemos reconocer, cada uno de nosotros, nuestro límite y nuestra diferencia. Ese es el necesario punto de partida de toda relación y una idea fundamental en el tema de los límites.

En el marco de las relaciones familiares y escolares, decirlo y actuar en consecuencia implica un significativo recorrido de aprendizaje intelectual y emocional.

No hay vivir que no implique convivir

Desde que la humanidad existe, unirse para coexistir es el motivo esencial que impulsa toda suerte de formato social. Con mejor o peor resultado, usted habrá crecido con la ayuda de personas que le proporcionaron algún tipo de sostén, cuidados y apoyos básicos,  Con el paso de los años, habrá experimentado cómo, entre todos, iban desarrollando variados modos de coordinar sus acciones con el objeto de garantizar distintos grados de satisfacción de intereses y necesidades, comunes e individuales.

Como adulto, es improbable que usted viva y se desenvuelva siempre en soledad. Resulta absolutamente necesario contar y gozar de momentos de soledad e intimidad, pero esta situación nunca será una condición permanente. Aun en el caso de trabajar por propia cuenta y en su propio hogar, alguna vez requerirá de los servicios de alguien para arreglar algo y deberá convenir algunos acuerdos mínimos con el proveedor del servicio.

La vida es vida de relación

En el marco del tratamiento del tema de los límites en el ámbito familiar y educativo, diremos que madurar implicará, básicamente, aprender a reconocer dos cosas: que los demás también existen y que si no estuvieran, sería imposible sobrevivir, así de simple.

Desde que nacen, las personas se desenvuelven y desarrollan como miembros de una red de vínculos confiables. Si el vínculo no resulta confiable, si no ofrece un mínimo de seguridad afectiva, no se puede hablar de vínculo. Perdemos las ganas de vivir cuando quedamos desconectados de la relación con los demás .

Por esto, porque no hay vivir que no implique convivir y porque, en realidad, la vida es vida de relación, es tan importante volver a valorar la colaboración y el bien común como sustento de nuestra humanidad.

Tenemos que descartar la idea de individuo y dar lugar al concepto de persona, ese ser humano que se va constituyendo, día a día y desde que nace, en el enmarañado, en la red de relaciones en las que participa a medida que crece, sin confundirse y a la vez relacionándose.

Nuestra cultura y educación individualista, competitiva y exitista tiene consecuencias. Los hijos y los estudiantes que hoy muestran dificultad para reconocer y aceptar la existencia de límites suelen tener una fuerte incapacidad para desarrollar entendimiento y consideración por los demás. Entienden la vida como un espacio de estrellato o pugilato personal, como un reality show donde sólo se juega la farsa del juego del poder, sin ver que el que gana ha quedado irremediablemente solo y, con el pasar de los días, será también olvidado.

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