Los límites existen porque convivimos

En Familia, todos juntos

… para el individuo educado en la cultura occidental es difícil ver más allá del individuo. Estamos educados en una preferencia tanto ética como estética por la autodeterminación individual.
S. Minuchin y C. Fishman (2006)

El encuentro con el otro

Como la luz y la oscuridad no existen una sin la otra y son una unidad polar, el tema de los límites resulta paradojal: el límite cobra relevancia, siempre, en el encuentro con el otro. Para poder relacionarme debo reconocer mi límite y mi diferencia. Es parte inherente del proceso dialógico del encuentro entre un “yo” y un “tú” que se constituyen mutuamente, sin confundirse y a la vez relacionándose.

Esta es una idea fundamental en el tema de los límites. En el marco de las relaciones familiares y escolares, se debe comenzar por reconocer que ese niño, esa niña o ese joven existen y son diferentes de mí tanto como que yo soy diferente de ellos. Decirlo y actuar en consecuencia implica un largo trecho intelectual, emocional y espiritual.

No hay vivir que no implique convivir

Desde que la humanidad existe, unirse para coexistir es el motivo esencial que impulsa toda suerte de formato social. Con mejor o peor resultado, usted habrá crecido con la ayuda de personas que le proporcionaron algún tipo de sostén, cuidados y apoyos básicos,  Con el paso de los años, habrá experimentado cómo, entre todos, iban desarrollando variados modos de coordinar sus acciones con el objeto de garantizar distintos grados de satisfacción de intereses y necesidades, comunes e individuales.

Ya como adulto, es improbable que usted viva y se desenvuelva siempre en soledad. Resulta absolutamente necesario contar y gozar de momentos de soledad e intimidad, pero esta situación nunca será una condición permanente. Aun en el caso de trabajar por propia cuenta y en su propio hogar, alguna vez requerirá de los servicios de alguien para arreglar algo y deberá convenir algunos acuerdos mínimos con el proveedor del servicio. Inmediatamente se habrán constituido espacios de derechos y obligaciones claramente limitados (por la costumbre y las leyes) como el día y hora de visita y el precio que su proveedor cobra y usted está dispuesto a pagar a cambio de determinada prestación y no otra.

La vida es vida de relación

Desde que nacen, las personas se desenvuelven y desarrollan como miembros de una red de vínculos confiables. Cuando quedamos desconectados de la relación con los demás perdemos las ganas de vivir. En el marco del tratamiento del tema de los límites, diremos que madurar implicará, básicamente, aprender a reconocer dos cosas: que los demás también existen y que si no estuvieran, sería imposible sobrevivir, así de simple.

Esto implica pensar en relaciones de colaboración y de bien común más que de sujeción y competencia. Los hijos y los estudiantes que tienen dificultad para reconocer y aceptar la existencia de límites tienen una fuerte incapacidad para desarrollar entendimiento y consideración por los demás. Entienden la vida como un espacio de estrellato o pugilato personal, como un reality show donde sólo se juega la farsa del juego del poder, sin ver que el que gana ha quedado irremediablemente solo y, con el pasar de los días, será también olvidado.

 

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Vos tuviste suerte con tus hijos

Imagen tres plantas de cactus/crasas diferentes simbolizando que los hijos son diferente

Conversando con una pareja a quienes asesoro en temas de crianza, el padre comentó que un amigo le dijo que había tenido suerte con sus hijos. Su respuesta fue la siguiente: “No tuve suerte, trabajé en el tema y lo sigo haciendo para que todos estemos bien.

No es la primera vez que me cuentan algo así. Una mujer me decía que le daba rabia que le dijeran eso y que hasta le resultaba una descalificación de todo el tiempo y esfuerzo intelectual, emocional y monetario que significó para ella revisar su historia, desaprender y volver a aprender.

Hacia una nueva comprensión de lo que significa ser humano

No nos damos cuenta de que nuestra comprensión tradicional de lo que significa ser humano distorsiona la mirada y nos quita posibilidades de transformación personal. Necesitamos hacer un cambio conceptual tan radical como el que significó aceptar que es la tierra la que gira alrededor del sol.

Tradicionalmente creemos que somos creados de tal manera que podemos indicar algunas propiedades fijas que poseemos como seres humanos y que ellas se irán haciendo evidentes a medida que crecemos, en función de los comportamientos, actitudes, logros o fracasos que tengamos.

En el contexto de la crianza, cuando un niño o niña logra algo se supone que esto ha sido gracias a algunas disposiciones naturales que tiene y si no lo logra es porque “no es lo suyo” o porque “él es” apático o “le falta” voluntad. Esta manera de decirlo supone que esos chicos o chicas tienen o no tienen esas disposiciones, se asume que nacieron o no nacieron con ellas y, al mismo tiempo, deja en evidencia el proceso habitual por el cual “descubrimos” quienes son a medida que observamos lo que hacen.

Cuando nace un bebé, todavía no sabemos quién o cómo será; sin embargo, a medida que crece y se manifiesta con su comportamiento, los adultos comenzamos a hablar acerca de él como si descubriéramos cómo realmente es ese bebé. Lo que “hace” se transforma en lo que “es”.

Entonces comienza un proceso de refuerzo lingüístico, porque cada vez que decimos que es ‘sensible’, ‘generoso’, ‘disperso’, etc., los niños y las niñas escuchan como hablamos de ellos, se lo creen y comienzan a vivir de acuerdo a la idea de lo que creen que son, porque así lo aprendieron de sus mayores. Para dar un ejemplo, si me han convencido de que soy apático y me falta voluntad, para qué voy a soñar con pilotear un avión.

Esta interpretación tradicional de lo que es ser humano implica la existencia de una forma de ser permanente. La idea de que el ser humano posee propiedades fijas impide ver que ser persona trasciende toda definición y etiqueta.

Las personas cambian solo cuando cambia su convivir

El desafío a esta comprensión tradicional se hace poniendo en el centro el reconocimiento de que somos seres lingüísticos, seres que vivimos en el lenguaje. En la medida en que producimos cambios en nuestra comunicación y manera de comportarnos habilitamos la posibilidad de cambiar nuestras definiciones y creencias y ayudamos a los otros a transformar las caracterizaciones que han hecho de sí mismos.

Aquí viene a cuento el comentario reciente de una mujer que acababa de pasar algunos días de vacaciones con su nieto y la madre del niño y otros días de vacaciones con ese mismo nieto y su padre. Le llamaba la atención la manera diferente en que ese niño se manifestaba en uno y otro espacio de convivencia. Y no estábamos hablando de un chico santo o demonio cuando estaba con uno u otro progenitor, no pensemos en patologías. Toda su actitud general cambiaba de modos muy sutiles e interesantes de ver.

Este es uno de los muchos ejemplos que desafían las creencias distorsivas que tenemos acerca de lo que significa ser humano. Si oyéramos hablar por separado a la madre o al padre del niño de la anécdota podríamos jurar que están hablando de otro chico. Ni nosotros ni los hijos e hijas somos por fuera de la trama relacional de la que formamos parte.

Otro ejemplo de esto es el de aquél chico o chica que cambia de maestra o escuela y observamos como se despliegan comportamientos nuevos o se repliegan o transforman otros. Y también están las veces en que cambiamos de trabajo y nos encontramos desplegando capacidades que no imaginábamos que teníamos cuando trabajábamos en otro lugar.

No tenés buena o mala suerte con tus hijos

Los hijos e hijas no “te salen” mejores o peores, no vienen hechos y programados para portarse bien o mal, ser rebeldes o sumisos. La mayor parte de lo que pasa en la familia depende de lo que se hace o deja de hacer, de lo que se dice y lo que no y, muy especialmente, de cómo se dice lo que se dice.

Lamentablemente, este paradigma tradicional de ser humano le quita a la familia su enorme potencia transformadora y amorosa. Debo agregar aquí que quienes tienen el poder de ocuparse de los cambios son los adultos, no los chicos. Los hijos e hijas no tienen ni el poder ni la madurez intelectual para poder reflexionar sobre su circunstancia.

Un espacio para los adultos a favor de la infancia y la juventud

Te invito a conocer la especialización en el Enfoque Relacional Dialógico, un espacio de aprendizaje en 4 módulos que hará una diferencia en tu familia y en todos tus espacios de convivencia.

La propuesta te dará la oportunidad de vivenciar y reflexionar sobre lo que se piensa y se hace habitualmente en la familia, donde aprender por donde circula la salud socio-emocional y cómo mejorar. Todo esto es igualmente válido en el ámbito educativo.

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¿Dejar que lloren?

Madre confortando a su bebé en brazos

el castigo y el abandono nunca han sido una buena forma de conseguir el desarrollo de personas cálidas, afectuosas e independientes.” — Michael L. Commons

El título de esta entrada del blog puede parecer dramático. Pero se trata de una recomendación que, lamentablemente, sigue demasiado presente y válida para gran parte de la población. Por este motivo, me pareció muy importante conversar un poco sobre el dejar llorar en soledad a los bebés y compartir los resultados de una investigación publicada por la Universidad de Harvard sobre las consecuencias de esta recomendación.

Para mí y para tantas y tantos madres, padres y profesionales que desde hace (por lo menos) 25 años trabajamos en pos de “otra crianza”, lo dicho no es novedad. Los autores de esta investigación no son los primeros profesionales que se ocupan del tema. Pero cambiar la mirada, los mitos y las costumbres lleva tiempo y siempre viene muy bien el testimonio de profesionales reconocidos que puedan aumentar la confianza de que lo que venimos afirmando hace años es “saludable” y no el delirio de algunas personas fanáticas de “lo natural”.

Lo natural es el apego

Mi madre me contaba que, para la época en que nací, los médicos les indicaban a los padres que dejen llorar al bebé toda la noche, para que aprenda a dormir sin comer durante esas horas. Un día estábamos comentando esto junto a con una tía uruguaya de la misma generación que mi madre. Al escucharlo, recordó que a ella le habían recomendado lo mismo, “pero yo no le hice caso, ni loca dejaba llorar a mi hija”, agregó. Y tiene sentido su desobediencia, porque “lo natural es el apego.”

Los padres y madres que dejan llorar a sus hijos “sufren”. Es insoportable no hacer nada cuando un niñito o niñita lloran; nos desesperamos buscando qué hacer para consolarlos. Sólo la fuerza del saber-poder que les damos a los médicos (que en muchos sentidos es valioso, se lo han ganado y así los necesitamos, idóneos) hace que muchas madres y padres venzan su instinto y consigan dejar llorar a sus hijos. La otra razón, es que ellos mismos han quedado desconectados, un tanto inmunes al llanto, porque los han tratado así cuando fueron pequeños.

Había una vez en Harvard…

De aquí en adelante comparto parte del artículo de la revista de la Universidad de Harvard donde presentan el resultado del trabajo de dos investigadores de la Escuela de Medicina de esa universidad. Ellos afirman que la disposición a dejar llorar a los niños los lleva a ser más temerosos y a llorar más cuando son adultos. En este link pueden acceder a la versión original y completa del original: Children Need Touching and Attention, Harvard Researchers Say.

Michael L. Commons y Patrice M. Miller, investigadores del Departamento  de Psiquiatría de la escuela de Medicina, dicen que en lugar de dejar llorar a los bebés los padres deberían mantenerlos cerca, consolarlos cuando lloran y traerlos a la cama con ellos, donde se sienten seguros.

Ellos observaron prácticas de crianza en los Estados Unidos y en otras culturas y concluyeron que la costumbre de poner a los niños en camas separadas –e incluso en cuartos separados– y de no responder rápidamente a sus llantos puede llevar a incidentes de estrés post traumático y desórdenes de pánico cuando alcanzan la edad adulta.

El resultado del estrés por separación es causal de cambios en el cerebro de los infantes y hace a esos futuros adultos susceptibles de estrés en sus vidas, dicen los investigadores mencionados.

“Los padres deberían reconocer que dejar llorar a sus bebés innecesariamente los daña de forma permanente”, explica Commons. “Produce cambios en el sistema nervioso, por lo que quedan demasiado sensibles a futuros traumas.

De acuerdo a Charles R. Figley, de la Universidad Estatal de Florida, el trabajo de estos investigadores es único porque toma un abordaje interdisciplinario, examinan la función cerebral, el aprendizaje emocional de los niños y las diferencias culturales. En sus palabras, esta investigación “da cuenta de las diferencias interculturales en las respuestas emocionales de los niños y su habilidad para lidiar con el estrés, incluido el estrés traumático.”

Los investigadores dicen que las prácticas de crianza están influenciadas por el temor a que los niños crezcan dependientes, pero que los padres están en el camino equivocado: el contacto físico y la promesa tranquilizadora vuele a los niños más seguros y mejor habilitados para forjar relaciones adultas cuando finalmente encaren la vida por su cuenta. “Haber enfatizado tanto en la independencia ha resultado en efectos secundarios muy negativos”, dice Miller.

La forma en que somos criados imprime un tinte cultural a toda nuestra sociedad, dicen Commons y Miller. En general, a los estadounidenses no les gusta que los toquen y se enorgullecen de la independencia hasta el punto de aislamiento, incluso cuando se encuentran en un momento difícil o estresante.

A pesar de la creencia convencional acerca de que los bebés deberían aprender a estar solos, Miller dice que ella cree que muchos padres “hacen trampa”, mantienen a sus bebitos con ellos en sus cuartos, por lo menos inicialmente. Además, una vez que los niños gatean por todos lados, encuentran el camino hacia el cuarto de sus padres por su cuenta.

Commons y Miller dicen que los padres no deberían temer mantener a sus bebés en “estado de bebés”, más bien deberían sentirse libres de dormir con sus niños infantes, de mantenerlos cerca, tal vez en una cama en la misma habitación y así confortarlos cada vez que lloran. Commons afirma que “existen modos de crecer y ser independientes sin necesidad de hacer atravesar a los bebés por ese trauma. Mi recomendación es mantenerlos seguros, así ellos pueden crecer y asumir algunos riesgos.”

Además de los temores de dependencia, los investigadores comentaron que otros factores también han influenciado nuestras prácticas de crianza, entre ellos, la preocupación de los médicos de que el bebé pueda resultar lesionado si uno de los padres rueda encima de él. Además, la creciente riqueza de la nación ha colaborado con la tendencia hacia la separación, al proporcionar a las familias los medios para comprar viviendas más grandes, con habitaciones separadas para los niños.

Como resultado, Commons and Miller dicen, esta es una nación a la que no le gusta cuidar de sus propios hijos, una nación violenta, marcada por relaciones distantes, sin acercamiento físico entre las personas. “Pienso que existe una resistencia real en esta cultura hacia el cuidado de los niños.” Dice Commons. Porque “el castigo y el abandono nunca han sido una buena forma de conseguir el desarrollo de personas cálidas, afectuosas e independientes.”

Soy porque el otro existe

El niño que cree que puede ser por fuera de su relación con los demás
Crédito de la imagen: @Tute.dibujante (Facebook) @TuteHumor (Twitter)

Necesitamos de los demás para ser nosotros mismos. — San Agustín

Hace un ratito vi esta viñeta en Facebook y me resultó una muy bien ilustrada oportunidad para aclarar algunas ideas relacionadas con la crianza y la educación.

Muchas dificultades en la familia y en las escuelas tienen en su base este fallo de comprensión. Es cierto que ese niño es una persona diferente de su madre y que, con el paso de los años va asumiendo cada vez más grados de autodeterminación y realizando lo que quiere para sí mismo. Sin embargo, en un sentido profundo, la creencia de que puede “ser” sin su mamá o cualquiera otra persona de su vida es errónea. Como dice Esko Kilpi

La identidad se construye a partir de estar en relación, estando conectado, en contraste con la corriente de opinión predominante de la identidad a través de la separación. El conocimiento de uno mismo y del otro llega a ser visto como co-construido.

Si la mamá más toda la red de personas con las que se entrelaza la vida de un niño o una niña no existieran no podrían desarrollar su personalidad. Y no solamente porque necesitan del afecto, la palabra y los cuidados físicos y emocionales que los adultos u otros pares pueden darle, sino porque la cotidiana interacción con esos otros es la que le devuelve la idea de quien es, la idea de su propio valor, de lo que es o no capaz de hacer y hasta de la validez de sus propios sueños para el futuro. Si a un niño lo tratas de torpe, se creerá torpe, si le dices que lo amas pensará acerca de si mismo como merecedor de afecto y será también capaz de darlo.

La persona ya es red

La “relación con” es nuestra condición previa de humanidad. Si queremos mejorar la salud de la convivencia en la familia o en las escuelas tenemos que poner en el centro las relaciones y conversar en profundidad acerca de qué características toma una convivencia saludable y una que no lo es.

Esta idea de “ser” sin el otro, de individuo por sobre la de persona (enmarañada en una comunidad) es una falla conceptual que nos arruina la convivencia y nuestro futuro como humanidad. Como dice mi querido amigo Augusto de Franco:

El concepto de individuo -una caracterización biológica o una abstracción económica y estadística- tiende a perder sentido para dar lugar a la persona, que es, de hecho, quien existe como ser humano concreto.

Pero la persona ya es red. Nadie nace con tal condición, no basta ser un individuo de una especie, en términos biológicos, para ser humano.

Decir que para los seres humanos “en el principio era la red” significa decir que e necesario nacer (con-vivir) en una red (social) para tornarse humano.Aquél que es genéticamente humanizable solo consuma tal condición a partir de sus relaciones con personas (que ya fueron) humanizadas.

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Una joya guardada en un cajón

Hace varios años un padre me hizo una consulta preocupado porque su hija estaba muy deprimida. En tanto nuestra conversación avanzaba y el hombre reflexionaba sobre su propia vida, se dio cuenta de que él mismo se sentía como una joya guardada en el fondo de un cajón. Apremiado por las circunstancias cotidianas, mucho de lo que deseaba para su vida había quedado en el olvido.

Pensando en este evento, hoy diría que lo mejor de ese hombre quedó detenido a causa del tiempo que dedicamos a ‘lo que hay que hacer’. Todo lo que creyó que debía ser hecho primero para alcanzar la vida que ilusionaba hizo que dejara lo mejor de sí mismo en suspenso. Eso mismo le estaba pasando a su hija, había quedado atrapada en su deber ser, sin poder animarse a la vida. Esta frase quedó resonando en mi para siempre. Creo que todos nos sentimos un poco así, con algo brillante de nosotros que ha quedado relegado.

La convivencia es el lado opaco de la vida cotidiana

El recuerdo que acabo de compartir se relaciona con esta frase y que vino a mí como un flash, de repente, cuando pensaba cómo el día a día nos desdibuja a todos. Pensaba en la mejor manera de contarles por qué considero bueno, indispensable diría, invertir tiempo para experimentar y aprender acerca de la sana convivencia. Me preguntaba por qué parece redundante hablar de convivencia si al fin de cuentas la mayoría de la gente se siente bastante infeliz o torpe cuando de sus relaciones se trata.

Porque no nos engañemos, eso nunca lo vas a ver en las reuniones de amigos, ni en los muros de Facebook, ni en los ratos libres de las charlas de oficina o en la puerta de la escuela mientras esperas que salgan los chicos de sus clases. Todo lo complicado y difícil de la diaria convivencia está detrás de un vidrio muy opaco, acumulándose, pendiente y cada vez más cubierto de polvo y telarañas.

Así fue que también pensé en la vida de las personas famosas. En cuanto se corre un poco el telón del éxito, lo que solemos ver son despojos de personas.

Es interesante, este es un post escrito de atrás para adelante, porque estoy relatando el camino que recorrí hasta recordar lo dicho alguna vez por un hombre de quien ni siquiera recuerdo el nombre.

Y cuando pensaba en el éxito pensé también en las personas que trabajan en empresas. Pensé en lo tóxicos que son los ambientes de trabajo. Y pensé en sus vidas privadas y en el poco tiempo que les queda para vivir con sus hijos, para jugar o tener un hobby.

Entonces recordé algo que Humberto Martiotti decía en un artículo donde planteaba los desafíos que enfrenta al trabajar las relaciones en el ámbito empresario:

Una de las consecuencias de eso es nuestra conocida habilidad para lidiar con máquinas (que pueden ser desmontadas y vueltas a montar) y nuestra no menos conocida inhabilidad para lidiar con personas (que no pueden ser desmontadas, y mucho menos vueltas a montar).

Entonces voy llegando al punto inicial, al punto burocrático de nuestra vida cotidiana en todos los órdenes de nuestra vida occidental siglo 21. La obsesión permanente por lo que hay que hacer y en esa otra vida que queda en suspenso para el después de hacer lo que hay que hacer.

La felicidad llega cuando se acaba la rutina

Esto viene a cuento de un taller para padres sobre la felicidad en la familia que Inés Larrama y Guadalupe del Canto me pidieron realizar hace unos años. Obviamente no contaba con el polvo mágico del hada de Peter Pan ni podía hacer que alguno de los asistentes salga volando al pensar en un momento feliz, pero eso fue lo que les pedí: que piensen en un momento feliz de su infancia.

Fue fantástico! Me encanta plantear propuestas abiertas, porque resultan siempre más poderosas y novedosas de lo que yo sola podría imaginar. Fue un intenso y bello momento de investigación y aprendizaje compartido. Resultó que las situaciones que recordaban sucedían durante las vacaciones o en la semana en que los abuelos que vivían lejos venían de visita por muchos días. El común denominador era que la rutina cotidiana se quebraba, eran situaciones donde “lo que hay que hacer” pasaba a un segundo plano y todo se flexibilizaba.

A mi me encantó que pudiéramos aprender que la felicidad comenzaba cuando se acababa la rutina por el camino accesible con el que me gusta trabajar, a partir de la vida real. Al mismo tiempo, si deseamos pensarlo con los ojos puestos en la complejidad, tenemos que decir que la felicidad fue un emergente derivado de la posibilidad del sistema relacional de autoregularse gracias a que flexibilizaron las reglas del convivir habituales.

Insisto, la convivencia es el lado opaco de la vida cotidiana y el lugar donde habitan gran parte de nuestras desdichas y las dificultades para ser felices. Los invito a pensar en esto. Otro convivir es posible.

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Felicidad 24/7 ¿Es realmente lo que nuestros hijos necesitan?

Ilustración de una edición del libro Un mundo feliz de Aldous Huxley

 

“La felicidad real siempre aparece escuálida por comparación con las compensaciones que ofrece la desdicha. Y, naturalmente, la estabilidad no es, ni con mucho, tan espectacular como la inestabilidad. Y estar satisfecho de todo no posee el hechizo de una buena lucha contra la desventura, ni el pintoresquismo del combate contra la tentación o contra una pasión fatal o una duda. La felicidad nunca tiene grandeza.”

Aldous Huxley (1988) Un mundo feliz. Plaza y Janés Editores. Pag.173 

 

La pesada carga de hacer felices a los hijos todo el tiempo

La especialista en crianza Slovie Jungreis-Wolff dice que un error de criterio que produce niños consentidos e ingratos es la actitudmientras sean felices”.  Ella relata que cada vez que le pregunta a las madres y a los padres qué es lo que desean para sus hijos, la respuesta más común es “que sean felices” y para ella esto no debe ser así. En su artículo dice:

La meta no es la felicidad. La línea de llegada de este juego es el carácter, la bondad, la ética y la moral de los hijos. Cuando todo lo que deseamos son niños felices, haremos cualquier cosa para no lidiar con sus quejas, lágrimas y berrinches. Doblamos las reglas, ignoramos nuestro buen juicio y miramos para otro lado ante el mal comportamiento, todo en el nombre de la felicidad de los chicos.

Entiendo que esto puede sonar extraño o exagerado. Pero léase bien, estas palabras no significan que la felicidad no debe tener lugar en la vida o importa poco. Todos anhelamos momentos de felicidad, esto es absolutamente válido y es bueno sentirse feliz. Sin embargo, tener la expectativa de que los hijos y las hijas nunca sufran, o dicho en positivo, esperar que estén felices las 24 horas del día todos los días de su vida es irreal. Esto no es malo o bueno. Es así, es una condición del vivir. Lo que está mal es producir dolor e infelicidad de manera intencional, ser cruel, abusar.

Retomando el artículo de Solvie Jungreis-Wolff, la felicidad de los hijos e hijas tampoco debe ser el parámetro mediante el cual evaluemos si estamos siendo buenos o malos padres o madres. Cuando existe esta confusión, como vimos, las cosas se ponen complicadas para el desarrollo sano de los chicos.

Por mi parte, creo que hay cierta omnipotencia detrás de esta pretensión de tener hijos eternamente felices. Aun en el contexto más ideal de crianza ¿podemos evitar que nuestros hijos día se golpeen tratando de trepar a un árbol o que su mejor amigo o amiga se vaya a vivir a otra ciudad, que un profesor los saque de un partido deportivo de manera quizás injusta o que algún día les llegue su primer desencanto amoroso? Haremos lo mejor que podemos en lo que de nosotros dependa pero, lamentablemente, no podremos tener nunca el control de todo lo que ocurra en sus vidas.

Algunas infelicidades valen, otras no

Complementando el planteo original, me parece importante comentar la creciente dificultad que tienen los adultos para distinguir cuándo el llanto o el berrinche de un hijo o hija es pura voluntad de poder, pura voluntad de poner el mundo a sus pies y cuándo se trata de un dolor emocional que debe ser contemplado. En el primer caso, el único que está sufriendo es su narcisismo y hay que aprender a correrse de manera saludable de esa demanda. En el segundo caso, hay que aprender a dar contención emocional mediante la escucha empática , teniendo en claro que escuchar no es lo mismo que conceder.

Cuando los padres aprenden a distinguir esta diferencia comienzan a saber cuando corresponde decir sí y cuando decir no; habrán adquirido los fundamentos que se necesitan para educar a sus hijos e hijas en valores y actitudes imprescindibles para la vida. La educación en valores llega por defecto, no por imposición moralizante, llega como resultado de la visión que le imprimimos a la convivencia y a la manera en que actuamos ante los eventos cotidianos.

Con menos inspiración que Aldous Huxley pero con igual convicción, afirmo que la autoestima, la confianza y la felicidad se ganan cuando hemos conseguido las cosas por nosotros mismos. No es lo mismo darles a los chicos algunos soportes básicos y alguna ayuda que hacer todo por ellos. Puedo conseguirle una raqueta usada a mis chicos y llevarlos a algún lugar para aprender a jugar al tenis, pero serán ellos quienes tendrán que transpirar la camiseta para conseguir su performance. Si embargo, me encuentro con tantos niños y niñas a quienes se les hecho creer que sus logros dependen más de sus padres o de lo que se compran que del esfuerzo personal. Realmente imaginan que poniéndose el disfraz de Del Potro alcanza (un esfuerzo de tiempo y dinero totalmente a cargo de papá y mamá). Y casi tan rápido como se han vestido aparece la frustración y el desaliento cada vez que ven que la cosa depende de ellos. Así transcurre una y otra vez con estos chicos, se la pasan soñando y abandonando todo lo que emprenden.

En palabras de Jungreis-Wolff

La respuesta para una vida feliz no está en los premios, los juguetes o en nunca experimentar molestias. El placer y la alegría llegan cuando hay un sentimiento de contentamiento. Aprender a estar satisfechos con lo que tenemos y agradecidos por lo que nos han dado crea la felicidad. Hacer que los niños se sientan como si fueran el centro de nuestro universo desde el momento en que son pequeños los vuelve arrogantes.

Niños felices, adolescentes insolentes

Como consecuencia de lo anterior, estoy viendo con mucha preocupación los serios problemas de inmadurez emocional y de falta de autoconfianza, iniciativa y sensibilidad hacia el prójimo que tienen, cada vez más, chicos y chicas de todas las clases sociales, un problema que se agrava a medida que entran en la adolescencia. Esos niños felices se transforman en adolescentes malhumorados, desanimados, indolentes y quejosos que creen que “sus padres y el mundo les debe todo” (ni siquiera algo). Peor aun, no soportan la incomodidad natural que trae el vivir y muchos de ellos encuentran un escape (aparentemente) fácil en el mundo del alcohol y las drogas, un mundo que tienen muy a la mano todo el tiempo

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¿Qué vas a hacer cuando seas grande?

Hombre develando el futuro

Un deseo es una monedita lanzada al futuroEl deseo cumple una función de enlace: integra la experiencia presente con el futuro, donde reside su cumplimiento, y con el pasado, que culmina y se compendia en él.

Irving y Miriam Polster (1985)

Ahora voy a estudiar música

Durante un taller para familias, una mujer contó la historia de un muchacho que, apenas se recibió de médico que fue con sus padres y les dijo: “Ahí tienen mi diploma, ahora me voy a estudiar música”. Y nunca jamás ejerció la medicina. Más que una anécdota, esto es una tragedia. Imaginen el esfuerzo y los años de vida que perdió para poder sentirse con derecho a estudiar y hacer lo que quería.

Cabe que nos preguntemos también ¿sobre qué tipo de creencias acerca de la crianza se habrán apoyado sus padres a la hora de imponer semejante sentido de obligación en su hijo? Cuesta imaginar las cosas que le habrán dicho para convencerlo de postergar su deseo más profundo. No hay nada de amor en la voluntad de control.

Yo misma soy una de esas hijas que querían ser bailarina primero, pintora después y terminé siendo maestra, qué horror. ¡Maestra! ¡Con lo espantoso que fue mi etapa de alumna de primaria! En mi experiencia de aquella época, si había personas con cero mísitca habían sido mis maestras (excepto una). Pero hay que pensar en el futuro, decían mis padres, la pasión es para después (qué tristeza), para cuando ya se tuviera dinero y seguridad. ¿Conocen personas excelentes y creativas y proactivas haciendo cosas que no aman? Creo que eso no existe.

Esa experiencia solo me trajo me trajo inseguridad respecto de mí misma y de la validez de mis elecciones. Gracias a Di-s a veces tenemos la oportunidad de cruzarnos con ese evento que parece intrascendente, pero que termina poniéndole una bisagra a la vida y lo cambia todo. Así fue cuando conocí la Expresión Corporal, justo en sus inicios, y retomé mi rumbo más querido. De ahí en más todo fue para mejor. No fue rápido, pero siempre para mejor.

“Animarse a andar en bolas”

En la vida de todos hay momentos en que entramos en detenimiento, como si nos pulsaran un botón de pause. Son momentos en los que ya no sabemos bien lo que queremos ni como seguir. Continuamos rutinariamente con nuestras tareas, en automático, y aunque no vemos exactamente ni-dónde-ni-cómo-ni-cuándo, en el fondo, sabemos que la cosa está empezando a ir para otro lado.

Todo lo que vengo escribiendo hasta aquí me surgió hace unos días, cuando vi una inspirada presentación de Lala Pasquinelli en la que comparte una poderosa cita de Fernando Pessoa, punto de partida de un cambio de perspectiva que habría de influir profundamente en su vida:

Hay un tiempo en el que es preciso abandonar las ropas usadas que ya tienen la forma de nuestro cuerpo, y olvidar nuestros caminos que nos llevan siempre a los mismos lugares…

Es el tiempo de la travesía: y si no osamos hacerla, quedaremos, para siempre, al margen de nosotros mismos…”

Te invito a ver su charla haciendo clic aquí

lala-pasquinelli

No sé y Por ahora

Lamentablemente, estos detenimientos de los que hablaba más arriba suelen suceder durante la adolescencia y, quizás no por casualidad, en el momento en que la familia y el calendario escolar (no el vital) les pide a los hijos y a las hijas que tomen decisiones que atañen a su futuro. Muy mal momento, porque como dice Lala, están bastante incómodos con las ropas que llevan y sin saber todavía cuáles quieren ponerse.

Y cuando esto pasa, los padres enloquecen y hacen todo lo contrario de lo que deberían hacer: preguntan, insisten, opinan… Cuanto más presión les ponen a sus hijos e hijas, más bloqueo. Y de ensimismados, soñadores y un poco en bolas pasan a deprimidos y enojados, porque al no poder encontrar la respuesta que todo su entorno les dice que deberían tener comienzan a sentirse fallados, que algo anda mal con ellos.

Aquí es donde adoré y decidí transformar en premisas las dos formas de responder al futuro (siempre incierto) que Lala adoptó para sí misma:

Aprende a soportar que tus hijos e hijas se queden quietos y digan “no sé” cuando realmente no saben

Y dado que nadie nada dos veces en el mismo río, hazles saber que aquello que les pueda ir apareciendo que les de un sentido significativo a sus vidas, siempre es un “por ahora”.

No obliguemos a nuestros hijos e hijas a dirigirse a ningún puerto cuando todavía no tienen la brújula interna que les brinde alguna pista del lugar al que quieren ir. Dejemos que se sumerjan tranquilos en las aguas inquietas de sus todavía difusos deseos. Solo así, entre los “no sé” y los “por ahora”, podrán darse cuenta en donde se sienten más cómodos.

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