No quieras nada para tu hijo

Un camino de tablas que expresa el destino de la vida
No quieras nada para tu hijo que él no desee para sí mismo.
¿Quién soy?  ¿Cuál es mi misión en la vida? Para nosotros y aunque no pensemos demasiado en ellas, estas preguntas están siempre presentes. Habitualmente, las vamos respondiendo a medida que nuestra vida transcurre.

Pero apenas nuestros hijos nacen, estas inquietudes vuelven al centro de la escena. Desde la cuna, ellos se constituyen en un gran signo de interrogación y nos preguntamos  ¿qué le gustará hacer cuando sea grande? ¿Qué tengo que hacer para que sea una persona de bien? ¿qué clase de persona llegará a ser?

Aquí es cuando comienza a delinearse una delgada línea divisoria, casi invisible. Asumiendo que es inevitable y bueno que deseemos “lo mejor” para nuestros hijos, debemos aprender a discernir entre los buenos deseos para con la vida de ellos y el respeto por la persona que son. Querer lo mejor para ellos no es lo mismo que decidir por ellos.

“Como fenómeno lingüístico decimos que el respeto es el juicio de aceptación del otro como un ser diferente de mi, legítimo en su forma de ser y autónomo en su capacidad de actuar. Implica, por lo tanto, la aceptación de la diferencia, de la legitimidad y de la autonomía del otro en nuestra convivencia en común. Implica, por ende, la disposición a concederle al otro un espacio de plena y recíproca legitimidad para la prosecución de sus inquietudes. … El respeto mutuo, como lo señala H. Maturana, es no sólo precondición del propio lenguaje, sino de toda forma de convivencia social, desde la cual el mismo lenguaje emerge.”

Rafael Echeverría (2001)  Ontología del lenguaje. Dolmen Ediciones / Ediciones Granica, Argentina. Pgs. 138-139.

Después de tantos años de trabajo con familias sigo preguntándome ¿Cómo es que los adultos estamos tan enamorados de la idea de que los chicos no saben lo que quieren y que si no los dirigimos no harían nada de sus vidas?

“Mi hijo es un poco vaguito”

Sí, dije “vaguito”. Este oí de una psicóloga hace unos días. Esta frase es uno de los eufemismos preferidos de madres y padres cada vez que se encuentran con el desánimo o la desorientación de sus hijos.

No necesito ser muy perspicaz para imaginar que el ver al propio hijo en ese estado no es agradable. Me doy cuenta de que, ante la falta de recursos para mejorar la situación, de pura impotencia nomás y con cierto sabor amargo en el corazón, suavizan el duro juicio de “vago” con el recurso de aplicarle un diminutivo.

Hay demasiados chicos en ese estado y demasiados madres y padres convencidos de que su hijo nació “congénitamente vaguito”. Debemos dejar de repetir este mismo libreto generación tras generación y animarnos a poner en duda muchas de las prácticas y creencias que aplicamos a la educación y la crianza.

Un ejemplo de esas prácticas es seguir manteniendo fuera de toda crítica la concepción que dice que los chicos tienen que ir a la escuela para aprender un montón de cosas que no les gustan ni interesan sobre la base de cuando sean grandes ya van a poder elegir qué es lo que quieren hacer con sus vidas”.

¿Cuándo se es grande y qué tiene que ver eso con la vocación, el gusto, el deseo y la pasión? ¡Qué bodrio de argumentos y de vida! Y lo digo de tripas, porque mis años escolares fueron eso, un bodrio de contramano, como reza nuestro lunfardo argentino. Lo más lindo de mi vida de estudiante fueron mis “actividades extra-escolares”. Gracias a esas actividades no terminé de perderle las ganas a la vida y hoy, con todos mis años encima -que no son pocos- me encuentro divertida y con ánimo de bloguera.

Así las cosas, para el momento en el que se supone que los chicos ya están en condiciones de elegir, una amplia mayoría de ellos estará muy confundida o habrá perdido la confianza en sus propios criterios o deseos. Para ese momento, tanto los hemos interrumpido, tanto nos hemos metido con sus deseos, tanto hemos superpuesto nuestra visión sobre la de ellos, que al final ya no saben lo que quieren. Lo que sí les ha quedado bien claro es qué es lo que sus madres, padres y profesores queremos para ellos (¿o de ellos?).

Los adultos no lo decimos así, decimos que “sabemos lo que es mejor para ellos”. Aquí otro eufemismo para evitar decir “esto es lo que quiero que hagas, caso contrario me sentiré mal o decepcionado contigo”.

El cambio de rumbo es sencillo

Esta máquina de ponernos sabiondos y mandones en el ámbito de los sueños de nuestros hijos funciona de maravillas. Como lo expresé más arriba, al poco tiempo terminamos confirmando lo que creíamos: que ese chico no sabe lo que quiere y que nosotros teníamos razón.

O  vemos, justo enfrente nuestro, al hijo o a la hija que imaginamos y modelamos, pero de ninguna manera el que podría ser si no nos hubiéramos metido tanto.

Algunas sugerencias:

  • Conversá con tus hijos. ¿De qué? De todo, siempre les gusta charlar. Pero, especialmente, dejá que charle acerca de sus sueños. En ese caso, por favor, no los toques siquiera: sus sueños son sagrados.
  • No opines acerca de lo que te cuentan a menos que te pregunten.
  • No le des consejos a menos que te lo soliciten.
  • Tampoco le ofrezcas ayuda a menos que te la pidan. Pero ojo! en los términos en que te la piden, no en el modo de lo que “vos creés que es mejor”. Si no te especifican claramente qué necesitan no lo adivines y no resuelvas por ellos, formulales preguntas para que sean más específicos. La idea es que le des soporte, no que lo dirijas.
  • Si en última instancia no quieren que los ayudes, no te enojes.

El poder corrernos del lugar del padre o madre salvador permite que el hijo encuentre en vos a ese adulto que lo quiere, lo acompaña y le da el apoyo incondicional que necesita para ir por sí mismo en pos de sus sueños. 

Así, va a mantener vivo el deseo de ser y hacer lo que desea y dispondrá de la energía que necesita para lograrlo. Va a tener “ganas”. Dejará de ser ese chico del que se dice que “es un poco vaguito”. Dirán de él que “es de esos chicos que saben lo que quieren, que son entusiastas, emprendedores, voluntariosos, dedicados, perseverantes“.

Vas a estar orgulloso de tu hijo y tu hijo va a estar orgulloso de sí mismo. Vas a estar orgulloso de vos mismo y tu hijo va a estar orgulloso de sus padres. Todos salen ganando.

 

** Nota importante: este posteo no tiene nada que ver con la idea de no poner límites y dejarlos hacer todo lo que quieren, tiene que ver con no meternos con sus sueños y deseos más profundos.

 

Tus comentarios son bienvenidos. Y si lo que leíste te pareció interesante te agradezco que compartas en tus redes. 

Para sumarte a la conversación y recibr las novedades de este blog y de las actividades en Awayo >>> click aquí

Autor: Lia Goren

Interesada en el enfoque de las relaciones humanas desde la perspectiva de redes y la complejidad, el pensamiento sistémico, la ecoalfabetización y la biología cultural. Terapeuta y consultor familiar y educativo abocada a la temática de la convivencialidad y la sostenibilidad. Capacita en el Enfoque EcoMind, una síntesis de su trayectoria y las ideas y prácticas que favorecen la vida en comunidad.

3 comentarios en “No quieras nada para tu hijo”

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s