Felicidad 24/7 ¿Es realmente lo que nuestros hijos necesitan?

Ilustración de una edición del libro Un mundo feliz de Aldous Huxley

“La felicidad real siempre aparece escuálida por comparación con las compensaciones que ofrece la desdicha. Y, naturalmente, la estabilidad no es, ni con mucho, tan espectacular como la inestabilidad. Y estar satisfecho de todo no posee el hechizo de una buena lucha contra la desventura, ni el pintoresquismo del combate contra la tentación o contra una pasión fatal o una duda. La felicidad nunca tiene grandeza.”

Aldous Huxley (1988) Un mundo feliz. Plaza y Janés Editores. Pag.173 

La pesada carga de hacer felices a los hijos todo el tiempo

La especialista en crianza Slovie Jungreis-Wolff dice que un error de criterio que produce niños consentidos e ingratos es la actitudmientras sean felices”.  Ella relata que cada vez que le pregunta a las madres y a los padres qué es lo que desean para sus hijos, la respuesta más común es “que sean felices” y para ella esto no debe ser así. En su artículo dice:

La meta no es la felicidad. La línea de llegada de este juego es el carácter, la bondad, la ética y la moral de los hijos. Cuando todo lo que deseamos son niños felices, haremos cualquier cosa para no lidiar con sus quejas, lágrimas y berrinches. Doblamos las reglas, ignoramos nuestro buen juicio y miramos para otro lado ante el mal comportamiento, todo en el nombre de la felicidad de los chicos.

Entiendo que esto puede sonar extraño o exagerado. Pero léase bien, estas palabras no significan que la felicidad no debe tener lugar en la vida o importa poco. Todos anhelamos momentos de felicidad, esto es absolutamente válido y es bueno sentirse feliz. Sin embargo, tener la expectativa de que los hijos y las hijas nunca sufran, o dicho en positivo, esperar que estén felices las 24 horas del día todos los días de su vida es irreal. Esto no es malo o bueno. Es así, es una condición del vivir. Lo que está mal es producir dolor e infelicidad de manera intencional, ser cruel, abusar.

Retomando el artículo de Solvie Jungreis-Wolff, la felicidad de los hijos e hijas tampoco debe ser el parámetro mediante el cual evaluemos si estamos siendo buenos o malos padres o madres. Cuando existe esta confusión, como vimos, las cosas se ponen complicadas para el desarrollo sano de los chicos.

Por mi parte, creo que hay cierta omnipotencia detrás de esta pretensión de tener hijos eternamente felices. Aun en el contexto más ideal de crianza ¿podemos evitar que nuestros hijos día se golpeen tratando de trepar a un árbol o que su mejor amigo o amiga se vaya a vivir a otra ciudad, que un profesor los saque de un partido deportivo de manera quizás injusta o que algún día les llegue su primer desencanto amoroso? Haremos lo mejor que podemos en lo que de nosotros dependa pero, lamentablemente, no podremos tener nunca el control de todo lo que ocurra en sus vidas.

Algunas “infelicidades” valen y otras no

Complementando el planteo original, me parece importante comentar la creciente dificultad que tienen los adultos para distinguir cuándo el llanto o el berrinche de un hijo o hija es pura voluntad de poder, pura voluntad de poner el mundo a sus pies y cuándo se trata de un dolor emocional que debe ser contemplado. En el primer caso, el único que está sufriendo es su narcisismo y hay que aprender a correrse de manera saludable de esa demanda. En el segundo caso, hay que aprender a dar contención emocional mediante la escucha empática , teniendo en claro que escuchar no es lo mismo que conceder.

Cuando los padres aprenden a distinguir esta diferencia comienzan a saber cuando corresponde decir sí y cuando decir no; habrán adquirido los fundamentos que se necesitan para educar a sus hijos e hijas en valores y actitudes imprescindibles para la vida. La educación en valores llega por defecto, no por imposición moralizante, llega como resultado de la visión que le imprimimos a la convivencia y a la manera en que actuamos ante los eventos cotidianos.

Con menos inspiración que Aldous Huxley pero con igual convicción, afirmo que la autoestima, la confianza y la felicidad se ganan cuando hemos conseguido las cosas por nosotros mismos. No es lo mismo darles a los chicos algunos soportes básicos y alguna ayuda que hacer todo por ellos. Puedo conseguirle una raqueta usada a mis chicos y llevarlos a algún lugar para aprender a jugar al tenis, pero serán ellos quienes tendrán que transpirar la camiseta para conseguir su performance. Si embargo, me encuentro con tantos niños y niñas a quienes se les hecho creer que sus logros dependen más de sus padres o de lo que se compran que del esfuerzo personal. Realmente imaginan que poniéndose el disfraz de Del Potro alcanza (un esfuerzo de tiempo y dinero totalmente a cargo de papá y mamá). Y casi tan rápido como se han vestido aparece la frustración y el desaliento cada vez que ven que la cosa depende de ellos. Así transcurre una y otra vez con estos chicos, se la pasan soñando y abandonando todo lo que emprenden.

En palabras de Jungreis-Wolff

La respuesta para una vida feliz no está en los premios, los juguetes o en nunca experimentar molestias. El placer y la alegría llegan cuando hay un sentimiento de contentamiento. Aprender a estar satisfechos con lo que tenemos y agradecidos por lo que nos han dado crea la felicidad. Hacer que los niños se sientan como si fueran el centro de nuestro universo desde el momento en que son pequeños los vuelve arrogantes.

Niños felices, adolescentes indolentes

Como consecuencia de lo anterior, estoy viendo con mucha preocupación los serios problemas de inmadurez emocional y de falta de autoconfianza, iniciativa y sensibilidad hacia el prójimo que tienen, cada vez más, chicos y chicas de todas las clases sociales, un problema que se agrava a medida que entran en la adolescencia. Esos niños felices se transforman en adolescentes malhumorados, desanimados, indolentes y quejosos que creen que “sus padres y el mundo les debe todo” (ni siquiera algo). Peor aun, no soportan la incomodidad natural que trae el vivir y muchos de ellos encuentran un escape (aparentemente) fácil en el mundo del alcohol y las drogas, un mundo que tienen muy a la mano todo el tiempo.

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