¿Dejar que lloren?

Mamá y bebé colechando

el castigo y el abandono nunca han sido una buena forma de conseguir el desarrollo de personas cálidas, afectuosas e independientes.” — Michael L. Commons

El título de esta entrada del blog puede parecer dramático. Pero se trata de una recomendación que, lamentablemente, sigue demasiado presente y válida para gran parte de la población. Por este motivo, me pareció muy importante conversar un poco sobre el dejar llorar en soledad a los bebés y compartir los resultados de una investigación publicada por la Universidad de Harvard sobre las consecuencias de esta recomendación.

Para mí y para tantas y tantos madres, padres y profesionales que desde hace (por lo menos) 25 años trabajamos en pos de “otra crianza”, lo dicho no es novedad. Los autores de esta investigación no son los primeros profesionales que se ocupan del tema. Pero cambiar la mirada, los mitos y las costumbres lleva tiempo y siempre viene muy bien el testimonio de profesionales reconocidos que puedan aumentar la confianza de que lo que venimos afirmando hace años es “saludable” y no el delirio de algunas personas fanáticas de “lo natural”.

Lo natural es el apego

Mi madre me contaba que, para la época en que nací, los médicos les indicaban a los padres que dejen llorar al bebé toda la noche, para que aprenda a dormir sin comer durante esas horas. Un día estábamos comentando esto junto a con una tía uruguaya de la misma generación que mi madre. Al escucharlo, recordó que a ella le habían recomendado lo mismo, “pero yo no le hice caso, ni loca dejaba llorar a mi hija”, agregó. Y tiene sentido su desobediencia, porque “lo natural es el apego.”

Los padres y madres que dejan llorar a sus hijos “sufren”. Es insoportable no hacer nada cuando un niñito o niñita lloran; nos desesperamos buscando qué hacer para consolarlos. Sólo la fuerza del saber-poder que les damos a los médicos (que en muchos sentidos es valioso, se lo han ganado y así los necesitamos, idóneos) hace que muchas madres y padres venzan su instinto y consigan dejar llorar a sus hijos. La otra razón, es que ellos mismos han quedado desconectados, un tanto inmunes al llanto, porque los han tratado así cuando fueron pequeños.

Había una vez en Harvard…

De aquí en adelante comparto parte del artículo de la revista de la Universidad de Harvard donde presentan el resultado del trabajo de dos investigadores de la Escuela de Medicina de esa universidad. Ellos afirman que la disposición a dejar llorar a los niños los lleva a ser más temerosos y a llorar más cuando son adultos. En este link pueden acceder a la versión original y completa del original: Children Need Touching and Attention, Harvard Researchers Say.

Michael L. Commons y Patrice M. Miller, investigadores del Departamento  de Psiquiatría de la escuela de Medicina, dicen que en lugar de dejar llorar a los bebés los padres deberían mantenerlos cerca, consolarlos cuando lloran y traerlos a la cama con ellos, donde se sienten seguros.

Ellos observaron prácticas de crianza en los Estados Unidos y en otras culturas y concluyeron que la costumbre de poner a los niños en camas separadas –e incluso en cuartos separados– y de no responder rápidamente a sus llantos puede llevar a incidentes de estrés post traumático y desórdenes de pánico cuando alcanzan la edad adulta.

El resultado del estrés por separación es causal de cambios en el cerebro de los infantes y hace a esos futuros adultos susceptibles de estrés en sus vidas, dicen los investigadores mencionados.

“Los padres deberían reconocer que dejar llorar a sus bebés innecesariamente los daña de forma permanente”, explica Commons. “Produce cambios en el sistema nervioso, por lo que quedan demasiado sensibles a futuros traumas.

De acuerdo a Charles R. Figley, de la Universidad Estatal de Florida, el trabajo de estos investigadores es único porque toma un abordaje interdisciplinario, examinan la función cerebral, el aprendizaje emocional de los niños y las diferencias culturales. En sus palabras, esta investigación “da cuenta de las diferencias interculturales en las respuestas emocionales de los niños y su habilidad para lidiar con el estrés, incluido el estrés traumático.”

Los investigadores dicen que las prácticas de crianza están influenciadas por el temor a que los niños crezcan dependientes, pero que los padres están en el camino equivocado: el contacto físico y la promesa tranquilizadora vuele a los niños más seguros y mejor habilitados para forjar relaciones adultas cuando finalmente encaren la vida por su cuenta. “Haber enfatizado tanto en la independencia ha resultado en efectos secundarios muy negativos”, dice Miller.

La forma en que somos criados imprime un tinte cultural a toda nuestra sociedad, dicen Commons y Miller. En general, a los estadounidenses no les gusta que los toquen y se enorgullecen de la independencia hasta el punto de aislamiento, incluso cuando se encuentran en un momento difícil o estresante.

A pesar de la creencia convencional acerca de que los bebés deberían aprender a estar solos, Miller dice que ella cree que muchos padres “hacen trampa”, mantienen a sus bebitos con ellos en sus cuartos, por lo menos inicialmente. Además, una vez que los niños gatean por todos lados, encuentran el camino hacia el cuarto de sus padres por su cuenta.

Commons y Miller dicen que los padres no deberían temer mantener a sus bebés en “estado de bebés”, más bien deberían sentirse libres de dormir con sus niños infantes, de mantenerlos cerca, tal vez en una cama en la misma habitación y así confortarlos cada vez que lloran. Commons afirma que “existen modos de crecer y ser independientes sin necesidad de hacer atravesar a los bebés por ese trauma. Mi recomendación es mantenerlos seguros, así ellos pueden crecer y asumir algunos riesgos.”

Además de los temores de dependencia, los investigadores comentaron que otros factores también han influenciado nuestras prácticas de crianza, entre ellos, la preocupación de los médicos de que el bebé pueda resultar lesionado si uno de los padres rueda encima de él. Además, la creciente riqueza de la nación ha colaborado con la tendencia hacia la separación, al proporcionar a las familias los medios para comprar viviendas más grandes, con habitaciones separadas para los niños.

Como resultado, Commons and Miller dicen, esta es una nación a la que no le gusta cuidar de sus propios hijos, una nación violenta, marcada por relaciones distantes, sin acercamiento físico entre las personas. “Pienso que existe una resistencia real en esta cultura hacia el cuidado de los niños.” Dice Commons. Porque “el castigo y el abandono nunca han sido una buena forma de conseguir el desarrollo de personas cálidas, afectuosas e independientes.”

Autor: Lia Goren

Interesada en el enfoque de las relaciones humanas desde la perspectiva de redes y la complejidad, el pensamiento sistémico, la ecoalfabetización y la biología cultural. Terapeuta y consultor familiar y educativo abocada a la temática de la convivencialidad y la sostenibilidad. Capacita en el Enfoque EcoMind, una síntesis de su trayectoria y las ideas y prácticas que favorecen la vida en comunidad.

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