Soy porque el otro existe

El niño que cree que puede ser por fuera de su relación con los demás
Crédito de la imagen: @Tute.dibujante (Facebook) @TuteHumor (Twitter)

Necesitamos de los demás para ser nosotros mismos.

San Agustín

¿Qué te pasaría si tu hijo o hija te dijera esto?

Hace un ratito vi esta viñeta en Facebook y me resultó una muy bien ilustrada oportunidad para aclarar algunas ideas relacionadas con la crianza y la educación.

Muchas dificultades en la familia y en las escuelas tienen en su base este fallo de comprensión. Es cierto que identitariamente ese niño es una persona diferente respecto de su madre y que, con posibilidades que evolucionan con el tiempo, tiene derecho a autodeterminarse para ir realizando lo que quiere para sí mismo a medida que crece. Sin embargo, en un sentido profundo, la creencia de que puede ser sin su mamá o cualquier otra persona de su vida es errónea. Como dice  Esko Kilpi 

La identidad se construye a partir de estar en relación, estando conectado, en contraste con la corriente de opinión predominante de la identidad a través de la separación. El conocimiento de uno mismo y del otro llega a ser visto como co-construido.

Si la mamá más toda la red de personas con las que se entrelaza la vida de un niño o una niña no existieran no podrían desarrollar su personalidad. Y no solamente porque necesitan del afecto, la palabra y los cuidados físicos y emocionales que los adultos u otros pares pueden darle, sino porque la cotidiana interacción con esos otros es la que les devuelve la idea de quiénes son, la idea de su propio valor, de lo que son o no capaces de hacer y hasta de la validez de sus propios sueños para el futuro. Si a un niño lo tratas de torpe, se creerá torpe, si le dices que lo amas pensará acerca de si mismo como merecedor de afecto y será también capaz de darlo.

“La persona ya es red”

La “relación con” es nuestra condición previa de humanidad. Si queremos mejorar la salud de la convivencia en la familia o en las escuelas tenemos que poner en el centro las relaciones y conversar en profundidad acerca de qué características toma una convivencia saludable y una que no lo es.

Esta idea de “ser” sin el otro, de individuo por sobre la de persona (enmarañada en una comunidad) es una falla conceptual que nos arruina la convivencia y nuestro futuro como humanidad. Como dice mi querido amigo Augusto de Franco:

El concepto de individuo -una caracterización biológica o una abstracción económica y estadística- tiende a perder sentido para dar lugar a la persona, que es, de hecho, quien existe como ser humano concreto.

 

Pero la persona ya es red. Nadie nace con tal condición, no basta ser un individuo de una especie, en términos biológicos, para ser humano. Decir que para los seres humanos “en el principio era la red” significa decir que e necesario nacer (con-vivir) en una red (social) para tornarse humano.

 

Aquél que es genéticamente humanizable solo consuma tal condición a partir de sus relaciones con personas (que ya fueron) humanizadas.

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Una joya guardada en un cajón

Hace varios años un padre me hizo una consulta preocupado porque su hija estaba muy deprimida. En tanto nuestra conversación avanzaba y el hombre reflexionaba sobre su propia vida, se dio cuenta de que él mismo se sentía como una joya guardada en el fondo de un cajón. Apremiado por las circunstancias cotidianas, mucho de lo que deseaba para su vida había quedado en el olvido.

Pensando en este evento, hoy diría que lo mejor de ese hombre quedó detenido a causa del tiempo que dedicamos a ‘lo que hay que hacer’. Todo lo que creyó que debía ser hecho primero para alcanzar la vida que ilusionaba hizo que dejara lo mejor de sí mismo en suspenso. Eso mismo le estaba pasando a su hija, había quedado atrapada en su deber ser, sin poder animarse a la vida. Esta frase quedó resonando en mi para siempre. Creo que todos nos sentimos un poco así, con algo brillante de nosotros que ha quedado relegado.

La convivencia es el lado opaco de la vida cotidiana

El recuerdo que acabo de compartir se relaciona con esta frase y que vino a mí como un flash, de repente, cuando pensaba cómo el día a día nos desdibuja a todos. Pensaba en la mejor manera de contarles por qué considero bueno, indispensable diría, invertir tiempo para experimentar y aprender acerca de la sana convivencia. Me preguntaba por qué parece redundante hablar de convivencia si al fin de cuentas la mayoría de la gente se siente bastante infeliz o torpe cuando de sus relaciones se trata.

Porque no nos engañemos, eso nunca lo vas a ver en las reuniones de amigos, ni en los muros de Facebook, ni en los ratos libres de las charlas de oficina o en la puerta de la escuela mientras esperas que salgan los chicos de sus clases. Todo lo complicado y difícil de la diaria convivencia está detrás de un vidrio muy opaco, acumulándose, pendiente y cada vez más cubierto de polvo y telarañas.

Así fue que también pensé en la vida de las personas famosas. En cuanto se corre un poco el telón del éxito, lo que solemos ver son despojos de personas.

Es interesante, este es un post escrito de atrás para adelante, porque estoy relatando el camino que recorrí hasta recordar lo dicho alguna vez por un hombre de quien ni siquiera recuerdo el nombre.

Y cuando pensaba en el éxito pensé también en las personas que trabajan en empresas. Pensé en lo tóxicos que son los ambientes de trabajo. Y pensé en sus vidas privadas y en el poco tiempo que les queda para vivir con sus hijos, para jugar o tener un hobby.

Entonces recordé algo que Humberto Martiotti decía en un artículo donde planteaba los desafíos que enfrenta al trabajar las relaciones en el ámbito empresario:

Una de las consecuencias de eso es nuestra conocida habilidad para lidiar con máquinas (que pueden ser desmontadas y vueltas a montar) y nuestra no menos conocida inhabilidad para lidiar con personas (que no pueden ser desmontadas, y mucho menos vueltas a montar).

Entonces voy llegando al punto inicial, al punto burocrático de nuestra vida cotidiana en todos los órdenes de nuestra vida occidental siglo 21. La obsesión permanente por lo que hay que hacer y en esa otra vida que queda en suspenso para el después de hacer lo que hay que hacer.

La felicidad llega cuando se acaba la rutina

Esto viene a cuento de un taller para padres sobre la felicidad en la familia que Inés Larrama y Guadalupe del Canto me pidieron realizar hace unos años. Obviamente no contaba con el polvo mágico del hada de Peter Pan ni podía hacer que alguno de los asistentes salga volando al pensar en un momento feliz, pero eso fue lo que les pedí: que piensen en un momento feliz de su infancia.

Fue fantástico! Me encanta plantear propuestas abiertas, porque resultan siempre más poderosas y novedosas de lo que yo sola podría imaginar. Fue un intenso y bello momento de investigación y aprendizaje compartido. Resultó que las situaciones que recordaban sucedían durante las vacaciones o en la semana en que los abuelos que vivían lejos venían de visita por muchos días. El común denominador era que la rutina cotidiana se quebraba, eran situaciones donde “lo que hay que hacer” pasaba a un segundo plano y todo se flexibilizaba.

A mi me encantó que pudiéramos aprender que la felicidad comenzaba cuando se acababa la rutina por el camino accesible con el que me gusta trabajar, a partir de la vida real. Al mismo tiempo, si deseamos pensarlo con los ojos puestos en la complejidad, tenemos que decir que la felicidad fue un emergente derivado de la posibilidad del sistema relacional de autoregularse gracias a que flexibilizaron las reglas del convivir habituales.

Insisto, la convivencia es el lado opaco de la vida cotidiana y el lugar donde habitan gran parte de nuestras desdichas y las dificultades para ser felices. Los invito a pensar en esto. Otro convivir es posible.

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Felicidad 24/7 ¿Es realmente lo que nuestros hijos necesitan?

Ilustración de una edición del libro Un mundo feliz de Aldous Huxley

 

“La felicidad real siempre aparece escuálida por comparación con las compensaciones que ofrece la desdicha. Y, naturalmente, la estabilidad no es, ni con mucho, tan espectacular como la inestabilidad. Y estar satisfecho de todo no posee el hechizo de una buena lucha contra la desventura, ni el pintoresquismo del combate contra la tentación o contra una pasión fatal o una duda. La felicidad nunca tiene grandeza.”

Aldous Huxley (1988) Un mundo feliz. Plaza y Janés Editores. Pag.173 

 
La pesada carga de hacer felices a los hijos todo el tiempo

La especialista en crianza Slovie Jungreis-Wolff dice que un error de criterio que produce niños consentidos e ingratos es la actitudmientras sean felices”.  Ella relata que cada vez que le pregunta a las madres y a los padres qué es lo que desean para sus hijos, la respuesta más común es “que sean felices” y para ella esto no debe ser así. En su artículo dice:

La meta no es la felicidad. La línea de llegada de este juego es el carácter, la bondad, la ética y la moral de los hijos. Cuando todo lo que deseamos son niños felices, haremos cualquier cosa para no lidiar con sus quejas, lágrimas y berrinches. Doblamos las reglas, ignoramos nuestro buen juicio y miramos para otro lado ante el mal comportamiento, todo en el nombre de la felicidad de los chicos.

Entiendo que esto puede sonar extraño o exagerado. Pero léase bien, estas palabras no significan que la felicidad no debe tener lugar en la vida o importa poco. Todos anhelamos momentos de felicidad, esto es absolutamente válido y es bueno sentirse feliz. Sin embargo, tener la expectativa de que los hijos y las hijas nunca sufran, o dicho en positivo, esperar que estén felices las 24 horas del día todos los días de su vida es irreal. Esto no es malo o bueno. Es así, es una condición del vivir. Lo que está mal es producir dolor e infelicidad de manera intencional, ser cruel, abusar.

Retomando el artículo de Solvie Jungreis-Wolff, la felicidad de los hijos e hijas tampoco debe ser el parámetro mediante el cual evaluemos si estamos siendo buenos o malos padres o madres. Cuando existe esta confusión, como vimos, las cosas se ponen complicadas para el desarrollo sano de los chicos.

Por mi parte, creo que hay cierta omnipotencia detrás de esta pretensión de tener hijos eternamente felices. Aun en el contexto más ideal de crianza ¿podemos evitar que nuestros hijos día se golpeen tratando de trepar a un árbol o que su mejor amigo o amiga se vaya a vivir a otra ciudad, que un profesor los saque de un partido deportivo de manera quizás injusta o que algún día les llegue su primer desencanto amoroso? Haremos lo mejor que podemos en lo que de nosotros dependa pero, lamentablemente, no podremos tener nunca el control de todo lo que ocurra en sus vidas.

Algunas “infelicidades” valen y otras no

Complementando el planteo original, me parece importante comentar la creciente dificultad que tienen los adultos para distinguir cuándo el llanto o el berrinche de un hijo o hija es pura voluntad de poder, pura voluntad de poner el mundo a sus pies y cuándo se trata de un dolor emocional que debe ser contemplado. En el primer caso, el único que está sufriendo es su narcisismo y hay que aprender a correrse de manera saludable de esa demanda. En el segundo caso, hay que aprender a dar contención emocional mediante la escucha empática , teniendo en claro que escuchar no es lo mismo que conceder.

Cuando los padres aprenden a distinguir esta diferencia comienzan a saber cuando corresponde decir sí y cuando decir no; habrán adquirido los fundamentos que se necesitan para educar a sus hijos e hijas en valores y actitudes imprescindibles para la vida. La educación en valores llega por defecto, no por imposición moralizante, llega como resultado de la visión que le imprimimos a la convivencia y a la manera en que actuamos ante los eventos cotidianos.

Con menos inspiración que Aldous Huxley pero con igual convicción, afirmo que la autoestima, la confianza y la felicidad se ganan cuando hemos conseguido las cosas por nosotros mismos. No es lo mismo darles a los chicos algunos soportes básicos y alguna ayuda que hacer todo por ellos. Puedo conseguirle una raqueta usada a mis chicos y llevarlos a algún lugar para aprender a jugar al tenis, pero serán ellos quienes tendrán que transpirar la camiseta para conseguir su performance. Si embargo, me encuentro con tantos niños y niñas a quienes se les hecho creer que sus logros dependen más de sus padres o de lo que se compran que del esfuerzo personal. Realmente imaginan que poniéndose el disfraz de Del Potro alcanza (un esfuerzo de tiempo y dinero totalmente a cargo de papá y mamá). Y casi tan rápido como se han vestido aparece la frustración y el desaliento cada vez que ven que la cosa depende de ellos. Así transcurre una y otra vez con estos chicos, se la pasan soñando y abandonando todo lo que emprenden.

En palabras de Jungreis-Wolff

La respuesta para una vida feliz no está en los premios, los juguetes o en nunca experimentar molestias. El placer y la alegría llegan cuando hay un sentimiento de contentamiento. Aprender a estar satisfechos con lo que tenemos y agradecidos por lo que nos han dado crea la felicidad. Hacer que los niños se sientan como si fueran el centro de nuestro universo desde el momento en que son pequeños los vuelve arrogantes.

Niños felices, adolescentes indolentes

Como consecuencia de lo anterior, estoy viendo con mucha preocupación los serios problemas de inmadurez emocional y de falta de autoconfianza, iniciativa y sensibilidad hacia el prójimo que tienen, cada vez más, chicos y chicas de todas las clases sociales, un problema que se agrava a medida que entran en la adolescencia. Esos niños felices se transforman en adolescentes malhumorados, desanimados, indolentes y quejosos que creen que “sus padres y el mundo les debe todo” (ni siquiera algo). Peor aun, no soportan la incomodidad natural que trae el vivir y muchos de ellos encuentran un escape (aparentemente) fácil en el mundo del alcohol y las drogas, un mundo que tienen muy a la mano todo el tiempo.

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