Padre, hijo y un cappuccino

Youngest_Barista

“…observé que los niños aprenderán a hacer lo que quieren aprender a hacer.”

Sugata Mitra

Hace unos días, Sergio Venuto, un amigo brasilero, compartió un video y lo acompañó con un texto que cualquier adulto que convive con niños pequeños debería tener en cuenta.

El video nos presenta a un padre y a su hijo preparando un cappuccino de manera profesional. El idioma del video es el inglés y también está subtitulado en ese idioma. Sin embargo, estoy segura de que aunque no hables inglés vas a poder apreciar la actividad e imaginar lo que conversan. Antes de seguir leyendo, te invito a que veas el video.

https://www.youtube.com/watch?v=nsbZjFBKmUQ

Imagen_video_cappuccino

Hacer juntos

¿Te gustó? ¿Qué te pasó cuando lo viste? De mi parte, apenas terminé de verlo y de leer el comentario que agregó Sergio me dije: “esto merece un post en el blog”.  Según Sergio, no hacía falta su permiso para publicar lo que escribió, porque estaba allí para el dominio público. Sin embargo, quiero agradecerle, porque así funciona el conocimiento: si él no hubiera abierto el juego yo no estaría escribiendo esto en este momento. Como dice David Perkins, pensar y conocer no son actividades que se realizan en solitario, se trata de “la persona-más”.

Estas son sus reflexiones de Sergio:

1 – La vivencia del hijo con la familia en las actividades diarias, en el trabajo…

 

2 – El aprender a partir del simple hecho de poder hacer juntos. Esto vale para el preparar un café y para cualquier otra actividad. De aquí la relevancia del alterdidactismo (aprender con otro) en lugar de la enseñanza.

 

3 – Cuanto más participan los chicos de nuestras actividades, más se adaptarán los lugares para que ellos puedan hacer más cosas y con más seguridad. De este modo, se vuelven partícipes del proceso creativo de cómo el lugar pude llegar a ser. Es un círculo virtuoso que minimiza/elimina la barrera de “eso no es para los chicos, eso es para el adulto”.

 

4 – Las relaciones humanas cambian profundamente en ambientes donde los chicos conviven con nosotros. Llegamos al punto de llegar a tener miedo de tener hijos por no saber cómo cuidar de ellos! Cuanta más convivencia, menos de este miedo.

 

5 – En este tipo de ambientes, los niños nos invitan a rever los “apúrate”, “la agenda de los padres” (en la que pautan compromisos sin considerar la inclusión de los chicos en sus elecciones) y “la agenda de los chicos” (con actividades reguladas y que no les dejan tiempo libre para fluir de acuerdo a su propia voluntad), “la gentileza”, “el cuidado del otro”, “el tiempo para el otro”, etc., etc., etc.

 

Por lo tanto, mis amigos, quién sabe si este video pueda no solo tocar sus corazones por su belleza intrínseca, sino que también pueda incentivarlos a revisar sus lugares de trabajo, sus hogares y los ambientes que frecuentan de modo tal que puedan contemplar las actividades de los chicos. Quién sabe, quizás el desorden y la tercerización de la crianza puedan llegar a ser profundamente resignificados. ¡Todos agradecidos!

Hemos corrido a los niños de la vida cotidiana.

Eso no es bueno. Cuando son pequeños, todos los chicos del mundo juegan a que son el papá y la mamá, en casa o en el trabajo o donde sea que nos ven. Nos clonan todo el tiempo y aprenden de qué se trata la cultura en que viven y cómo se vive en ella.

Rudolf Steiner decía que la actividad principal en los primeros años de vida es imitar, motivo por lo cual recomendaba no enviar tempranamente a los chicos al jardín de infantes, sino que debían permanecer en familia participando de todas las actividades diarias. Hasta no hace demasiado tiempo, en Argentina, el jardín de infantes iniciaba formalmente a los 4 años. Antes de esa edad, los chicos estaban en casa, iban a la plaza o jugaban con parientes y niños vecinos.

A pesar de las necesidades laborales, las complicaciones de vivir en ciudades grandes o de los compromisos sociales, tenemos que hacernos tiempo para estar en casa y compartir y disfrutar haciendo juntos lo que sea que haya que hacer. No son actividades de segunda categoría; debemos evitar burocratizarlas y relegarlas al estatus de “lo que hay que hacer y terminar rápido” para pasar a otra cosa.

Por ejemplo, no vayas a comer afuera. Ir a un restaurante no reemplaza el cocinar juntos, jamás. No se trata de salir o de comer, se trata de lo que sucede cuando hacemos las cosas juntos: charlamos, hacemos bromas, aprendemos cómo lo hacen otros, inventamos… Eso es lo que más desean los hijos y así es como se sienten incluidos y aprenden lo que necesitan saber para vivir sus vidas y cómo es una vida buena, que es la vida que se con-vive.

El currículo de la familia

El 31 de enero de 1991 John Taylor Gatto recibió el galardón de Maestro del Año de Nueva York. Este premio le fue otorgado durante tres años consecutivos. En esa ocasión pronunció su famoso discurso ¿Por qué la escuela no educa?  Si ponemos atención al año en que Gatto decía lo que dijo, no nos cabe ninguna duda de que no estoy inventando la pólvora con lo que escribo. En un momento de su disertación esto dijo :

La familia es el principal motor de la educación. Si utilizamos la escolarización para separar a los niños de sus padres – y no nos confundamos, esa ha sido la función central de las escuelas desde que John Cotton lo anunció como el propósito de las escuelas de Bay Colony en 1650 y Horace Mann lo declaró como el propósito de las escuelas de Massachusetts en 1850 – vamos a continuar con el espectáculo de horror que tenemos ahora. El currículo de la familia está en el corazón de cualquier buena vida, nos hemos alejado de ese currículo; es hora de volver a el. La forma de devolver la salud a la educación es que nuestras escuelas se liberen del dominio absoluto de las instituciones sobre la vida familiar, es promocionar durante el tiempo de escolarización confluencias de padres e hijos que fortalezcan los lazos familiares.

Hay familias donde todos aprenden a vivir buenas vidas y hay familias que son un horror. La familia no garantiza nada por sí misma. Pero para quienes estamos interesados en mejorar el manual de ser familia que aprendimos de nuestros padres, el video y los comentarios de Sergio Venuto son una inspiración, sin dudas. Yo me inspiré, espero que vos también.

Nos humanizamos en la interacción

Julieta_e_hija

No dar todo por sentado

De entre las tantas citas que circulan por las redes, esta que me llegó hace unos días me resultó problemática en muchos sentidos, y también, una buena oportunidad para sentarme a escribir y compartir algunas ideas que considero importantes.

Aquí la cita:

No es nuestro trabajo dar forma a los niños, sino nutrir lo que ya son.  – Naomi Aldort

En primer lugar, quiero decir que comparto totalmente la idea de que no se trata de “formar” a los niños ni a nadie en este mundo. Lo sostengo desde hace muchos años y lo he dejado explicitado en los principios que guían mi enfoque de trabajo.

Sin embargo y en otro sentido, desde la mirada de la biología cultural, hoy sabemos que nos formamos en la interacción. Lo que circula en nuestras conversaciones, lo que hacemos en tanto convivimos, es lo que genera identidad. Todos hemos sido y somos constantemente formados en el decurrir de la historia de nuestras interacciones.

En el marco de la particular cultura que habitan, los niños van constituyéndose como personas a medida que establecen relaciones comunicativas y emocionalmente significativas con otras personas y con el medio. Por esto, no se trata de formar y sin embargo nos formamos en la convivencia. Un formarse que es un permanente transformarse. Estar vivo implica un estado de permanente cambio y aprendizajes.

Esto de formar tiene otras aristas

¿Cuál es la diferencia que quiero señalar? Los supuestos que están detrás de la palabra formar, los cuales definen las intenciones y las acciones de las personas.

Como adultos, hemos crecido bajo el paraguas de una lamentable metáfora que dice que los niños y las niñas son “una masa sin moldear”. Nada más patéticamente mecanicista y fabril que esta idea y nada más lejano al desarrollo de una vida digna y saludable. Desde esta perspectiva, formar es dar forma, como si de construir un auto se tratase. Como consecuencia, el adulto se asume a sí mismo como activo y el niño queda en una posición pasiva y con poco o ningún espacio para su autodeterminación y deseo.

Así, la convivencia con los chicos se transforma en un espacio de relaciones burocráticas: el adulto manda y vigila y el niño queda constituido en objeto en manos del adulto. El niño será lo que el adulto decida. El niño no sabe nada, está vacío, el adulto sabe y lo llena de contenidos y mandatos. Los chicos no tienen arte ni parte en la definición de su vivir y devenir, menos aún palabra.

En el marco de estas interacciones directivas y formativas, niños y jóvenes terminan constituyéndose como personas emocionalmente desconectadas, rabiosas y desanimadas, se sienten muy poco escuchadas y respetadas en sus deseos y sentires y nos lo hacen saber con fuerza. En tanto, los adultos no entienden por qué (y a pesar de sus “nobles intenciones”) nada de lo que hacen funciona; sienten impotencia y frustración y comienzan a convencerse de que aquel niño nació heredando el mal carácter de algún pariente lejano.

Establecer relaciones en las cuales los niños y las niñas se humanizan a partir de sus interacciones implica correr el eje de lo formativo y productivo hacia lo que sucede en el encuentro. Para conseguirlo, tenemos que aprender a escucharlos y brindarles espacios de elección personal.

  • Para escucharlos es imprescindible validarles la palabra, dar lugar a sus emociones y valorar sus deseos.
  • Darles espacios de elección requiere incluirlos con sus diferencias en el ámbito de la convivencia.
Nada queda fuera de la relación

Así como comparto la crítica a la idea de que criar es formar, no comparto el que se designe a los niños y las niñas como “lo que ya son”.

Nutrimos nuestra humanidad en las relaciones que establecemos con otros seres igualmente humanos. Si no fuera por las experiencias devenidas de las relaciones que los chicos establecen en la red vincular en la que habitan ‘no serían nadie’.

Como seres biológicos todos nosotros somos seres emocionales que habitamos en el lenguaje. Un niño o una niña que no se relaciona verbal y amorosamente con otras personas se deja morir, pues pierde el deseo de vivir. Así lo probó de manera trágica Federico II de Prusia en el S XII.

En las palabras de Dichan Dichtchekenian, vivir sin estar en relación con otros no tiene sentido para los seres humanos.

Afirmo que, desde siempre, el hombre es relación con, y que esa condición de relación no es una eventualidad, sino lo que le es dado al hombre en su existir. Entonces, vivir una relación no es una elección o una máximo de existencia que cada hombre vive, sino un acontecer originario en el cual el hombre se encuentra sumergido.

Dichan Dichtchekenian – Diálogo como camino para a casa do homem.

Estamos todos mutuamente determinados.
Estamos todos mutuamente determinados.
Si decimos que los niños “ya son”, entonces suponemos un estado previo al encuentro con su familia y comunidad. Podría desprenderse de esto, entonces, que los adultos no debiéramos hacer nada o hacer muy poco, porque ellos “ya son”. Esto no tiene sentido, porque como he aprendido con Augusto de Franco, una vez que el niño o la niña ha nacido ha quedado inscrito como un nodo más de la red de intercambios con su familia y comunidad. Todo lo que allí suceda habrá de darle un contexto que irá determinando quién es y de qué se trata su mundo.
El cambio en la calidad de vida de los chicos no se trata de una cuestión dilemática acerca de si formamos lo que creemos que no son o si nutrimos lo que creemos que ya son. El cambio en la manera de criar y educar resulta del cambio en la manera de convivir.
Se trata de un cambio en el modo en que nos encontramos, en el modo en que nos reconocemos, en el modo en que coordinamos nuestros haceres. Todo esto se manifiesta en el modo como conversamos.

Alguien se hace miembro de una cultura  – al nacer o al incorporarse a ella como joven o adulto – en el proceso de aprender la red de conversaciones en el curso del vivir como miembros de ella.

Y continúa diciendo que las culturas

cambian cuando una nueva manera de vivir como una red de conversaciones comienza a conservarse de manera transgeneracional …

cambian cuando el emocionar-actuar comienza a ser parte de la manera corriente de incorporación de los niños en esa comunidad y éstos la aprenden al vivirla

Si queremos un mundo mejor, ya no sea para nosotros pero sí para las próximas generaciones, la tarea de cambiar es nuestra responsabilidad.
Los blogs nacieron para dar a conocer ideas y estimular conversaciones.
Si esta lectura te ha resultado interesante te invitamos a compartirla.

Algo explota en el aire

BAM_1

Escena I – En una clase de inglés

Una profesora de Inglés está en su aula con los chicos trabajando en grupos. El telón de fondo es ese bullicio natural de gente interactuando, conectada, motivada, cada quién en lo suyo, fluyendo.

¡BAM!

Algo explota en el aire.

Es energético, no es captado fácilmente por el pensar consciente, pero algo acaba de cambiar: entra “la maestra de grado”, dueña y señora del aula y con la premura insufrible de una consulta intrascendente.

Sin embargo, es la maestra de inglés quien está dando clase en ese momento. Claro, es profesora de las llamadas materias “especiales”. En nuestra tradición cultural son materias que “complementan” la educación y en las escuelas públicas no son necesariamente vistas como la prioridad del sistema educativo.

Retomo, algo explota en el aire. Por encima de la presencia de la profesora de inglés y como si ella no estuviera allí grita: “¡Silencio chicos!”. Unos minutos después, la maestra de grado se va contenta.

El efecto de desconectar emocional e intelectualmente a todo el grupo al servicio del control ya ha rendido sus frutos.

Escena 2 – En un espacio de contención y acompañamiento a niños y niñas de familias con carencias económicas y afectivas.

Los chicos y chicas están, relajados y contentos, sentados en ronda en el piso del salón. Están comentando y planeando el desarrollo de una muestra de cierre de las actividades realizadas en el año. Charlan tranquilos con una colaboradora que los acompaña en la realización de actividades artísticas. Charlan y descansan, más no descansan ni su pasión ni su interés. La mayoría de los ellos ha pasado la mañana en la escuela y este es un espacio que ha sido destinado para fortalecerlos, para cuidarlos. Un espacio para expandir sus fronteras de lo posible y para que se sientan queridos.

¡BAM!

Entra en escena una mujer que trabaja en el lugar y dice imperativa: “¡Vos, sentáte bien!” Todo esto en tanto pasa caminando en su tránsito casual por el salón, dado que se dirige a otro lugar.

¿Para qué? ¿Quién la llamó? Más aún, ¿qué es sentarse bien? Vuelvo a sentirme sorprendida por esta estúpida asociación entre ‘el modo de sentarse’, ‘el respeto’, el ‘prestar atención’ y ‘el aprender’ que hacen casi todos los adultos puestos en alguna posición pedagógica o de cuidado infantil.

Otra vez el flujo del vivir ha sido interrumpido. El emperador impera y el orden imperante se impone. Porque las idea de imperar y ordenar, también vienen juntas.

La matriz de la escolarización esteriliza nuestras almas.

Las ha colonizado y las sigue colonizando. La maestra y la empleada han hecho muy bien su tarea, controlar para disciplinar y disciplinar al servicio de la esterilidad.

Eso es lo que estamos produciendo a raudales: seres vitalmente esterilizados.

La crianza más allá de los 2 años

Madre e hijas

A lo largo de los años de ejercicio profesional de consultoría en temas de crianza y vida familiar, sigo viendo con preocupación como todo lo que se hace con empeño y amor durante la primera infancia se deshace, a veces dramáticamente, después de esa etapa.

La tarea de crianza no se termina a los 2 años. 

A lo largo de los años de ejercicio profesional, sigo viendo con preocupación como todo lo que se hace con empeño y amor durante la primera infancia se deshace, a veces dramáticamente, después de esa etapa.

Sin ninguna duda, la etapa de crianza en la primera infancia es crucial. Todos los cambios por los que las mujeres (más especialmente) venimos trabajando con el objeto de transformar nuestra propia experiencia de ser madres y a favor de un modo de criar más humanizado, representan una batalla que está siendo bien ganada a lo largo de los últimos 25 años en Argentina.

Hasta los 2 años de edad, el niño y la niña, progresivamente, se habrán hecho expertos en su hablar y en el emocionar y actuar de su cultura. Desde la incondicionalidad del apego habrán comenzado a construir su confianza en sí mismos y en el mundo que los rodea. A partir de esa edad estarán entrando más de lleno en la producción de su propio vivir, ganando cada vez más autonomía y despegándose, cada vez más, de la experiencia de ser el centro del universo. Deberán dejar de pensar que todo gira alrededor de ellos y aprender que los demás también existen y que son tan importantes como ellos.

La familia más su entorno

A partir de los 2 años, a veces un poco más adelante quizás, la familia en su conjunto y los más chiquitos en particular, comienza a participar más intensamente en otros ámbitos de la sociedad: la escuela, el club, los cumpleaños de sus compañeros escolares y, con ello, el encuentro con experiencias novedosas: el trato con los profesores, con los padres de otros niños y niñas de la escuela y con otros niños que no son de la familia o del entorno de amistad más cercano.

En ese momento, todos los integrantes de la familia comienzan a verse atravesados – en general sin darse cuenta – por las demandas propias de esos nuevos contextos de convivencia. En mi experiencia, la demanda más intensa y desestabilizadora del status quo familiar y la más difícil de resolver es la que proviene de la escuela.

Con la entrada de los hijos a la escuela, el campo de lo que el niño y la niña deben ser y lo que se espera de ellos se multiplica. A modo de ejemplo, la escuela reclama que el hijo “no hace las tareas” y el padre y la madre (y la familia entera a veces) tienen que “lograr que el niño haga las tareas”. “Su niño no participa en clase”, entonces hay que salir corriendo a encontrar la manera de que ese niño “participe”, porque es lo que espera la escuela. El nene de la vecina ya sabe multiplicar por dos cifras, entonces mi hijo tendría que saberlo porque tiene la misma edad. Uff! Me agota el mismo hecho de escribirlo.

Hace poco, durante una consulta, me surgió la metáfora que mejor ejemplifica la situación. Tomé un libro de cuentos que tenía a mano y, poniéndolo entre quien me consutaba y yo de modo que ya no nos veíamos, le dije: “Este es el cuaderno de clase o de comunicaciones de tu hijo. Ahora estás viendo a tu hijo ‘fliltrado’ por el cristal de lo que en este cuaderno esta escrito. Tu hijo ha quedado teñido por lo que dicen los maestros y/o sus calificaciones”.

Exagerando un poco en aras de la claridad, podría decir que los chicos van dejando de ser los que hacen las mejores gracias en los cumpleaños familiares o los hábiles deportistas del club para pasar a ser el nene o la nena que se portan mal en la escuela o que se sacan todo 10 y nunca se equivocan. El padre y la madre retan o exigen más, reconocen menos y tienen menos tiempo para jugar y pasear, porque el rendimiento escolar y los ‘deber ser’ que les impone la cultura se les impone a ellos mismos como padres y madres y ha tomado el control de lo que se hace.

Nuestro pasado nos condiciona

Esta presión por la búsqueda de resultados y la manía de la comparación, para tomar un ejemplo, deja a toda la familia atrapada. Así es como, ante la necesidad, entran en escena las mismas maneras de pensar y los mimos comportamientos que tan magros servicios prestaron a nuestros padres, y terminamos replicando los escenarios de infancia que tanto se quisieron evitar. Y el círculo vicioso nunca ser rompe y los padres y las madres que quieren ‘otra cosa’ comienzan a sentirse cada vez más desesperados, en conflicto, impotentes e infelices.

Seamos justos también, porque no se trata sólo de la escuela. Los hijos, el papá y la mamá, se encuentran también mirados y evaluados (y ellos también lo hacen con otros) por otros adultos que habitan por fuera del núcleo familiar primario, como los abuelos, los tíos o los amigos de la mamá y el papá. De modos más directos o encubiertos, estas personas tienen su propio modo de ver la vida y sus presupuestos respecto de como debieran hacerse las cosas. La cultura que nos rodea pesa y hace falta claridad intelectual para abordar las diferencias.

Después de los 2 años, el enfoque del apego no alcanza

Más allá de los 2 años, cuando comienza a hacerse evidente cuánto importa el que los niños y las niñas ganen en empatía, autonomía y responsabilidad personal, las teorías del apego no alcanzan. En esos momentos es cuando aparecen las propias críticas y las de otras personas expresadas en comentarios del tipo: “esa criatura está siendo demasiado mimada, ya está grande y necesita más límites”.

Ahí es cuando todo comienza a tambalear, porque eso significaría ir para atrás, buscar herramientas en la única caja de la que disponemos, la de nuestra infancia; no es lo que queremos pero es la única. No queremos repetir aquellas cosas que de jóvenes juramos nunca decirles a nuestros hijos, pero no hay retorno. De pronto, como si se tratase de algún tipo de piloto automático, nos escuchamos y nos vemos diciendo y haciendo exactamente lo mismo que hacían con nosotros.

Otro convivir es posible

En este contexto, mi tarea de orientador familiar es mostrar que otro mundo es posible. Sin embargo, ello requiere una reestructuración importante del universo mental que habitamos y compartimos. Es que, sin ser conscientes de ello, todos tenemos algún tipo de teoría acerca de la crianza en la cabeza y los presupuestos y recursos que la acompañan están operando permanentemente al interior y en el entorno de cada familia.

Las nuevas propuestas de una crianza respetuosa están muy elaboradas cuando de la primera infancia se trata. Pero tienen patas muy cortas, ideológicas y conceptuales, cuando de la infancia más crecida se trata.

El cambio en este nivel implica redefinir la manera de pensar el convivir y de lo que ser familia significa en estos tiempos, requiere entender, por ejemplo, que no se trata de que los hijos nos controlen o de que nosotros los controlemos a ellos. Esta es la misma receta sólo que con la inversión del uso del poder.

Debemos dejar de hablar de la familia bajo las mismas premisas que se usan en los entornos de producción. La familia no es una fábrica. Suena obvio cuando lo digo y todos, en principio, se muestran de acuerdo con esto. Pero puestos a charlar, en el momento de hilar fino en la consulta, las personas se dan cuenta de que se suele pensar y actuar como el mejor de los burócratas.

La disfuncionalidad de las relaciones familiares está enccriptada (presente aunque reconocida) en los patrones de comunicación. Nuestra comunicación habitual está configurada de maneras muy violentas y autocráticas. Pero no lo vemos, aprendimos a no verlo.Esto ha quedado absolutamente naturalizado como consecuencia de nuestra propia crianza y no se nos ocurre que pudiera ser de otro modo. Develar esta condición es el trabajo que hay que hacer después de la primera infancia. Si es posible antes de que todo se enrede cada vez más y le terminemos echando la culpa a la adolescencia, como si esta etapa fuera un virus irremediable.

Nunca es fácil mover la gran estantería de nuestra historia personal junto con las creencias y supuestos que las acompañan. Siempre honro a los que se animan a hacerlo; hay que deponer el orgullo y la voluntad de poder y asumir una actitud humilde. Sin humildad no se puede aprender.

La crianza después de los dos años, en mi experiencia, es la segunda gran batalla que debemos dar en el ámbito de la familia si es que realmente deseamos un cambio radical y a largo plazo para nuestra humanidad. Seres nuevos y una sociedad más compasiva requieren un convivir diferente en la familia.

¿Qué opinas tú en este sentido? ¿Cuál es tu experiencia?