Felicidad 24/7 ¿Es realmente lo que nuestros hijos necesitan?

Ilustración de una edición del libro Un mundo feliz de Aldous Huxley

“La felicidad real siempre aparece escuálida por comparación con las compensaciones que ofrece la desdicha. Y, naturalmente, la estabilidad no es, ni con mucho, tan espectacular como la inestabilidad. Y estar satisfecho de todo no posee el hechizo de una buena lucha contra la desventura, ni el pintoresquismo del combate contra la tentación o contra una pasión fatal o una duda. La felicidad nunca tiene grandeza.”

Aldous Huxley (1988) Un mundo feliz. Plaza y Janés Editores. Pag.173 

La pesada carga de hacer felices a los hijos todo el tiempo

La especialista en crianza Slovie Jungreis-Wolff dice que un error de criterio que produce niños consentidos e ingratos es la actitudmientras sean felices”.  Ella relata que cada vez que le pregunta a las madres y a los padres qué es lo que desean para sus hijos, la respuesta más común es “que sean felices” y para ella esto no debe ser así. En su artículo dice:

La meta no es la felicidad. La línea de llegada de este juego es el carácter, la bondad, la ética y la moral de los hijos. Cuando todo lo que deseamos son niños felices, haremos cualquier cosa para no lidiar con sus quejas, lágrimas y berrinches. Doblamos las reglas, ignoramos nuestro buen juicio y miramos para otro lado ante el mal comportamiento, todo en el nombre de la felicidad de los chicos.

Entiendo que esto puede sonar extraño o exagerado. Pero léase bien, estas palabras no significan que la felicidad no debe tener lugar en la vida o importa poco. Todos anhelamos momentos de felicidad, esto es absolutamente válido y es bueno sentirse feliz. Sin embargo, tener la expectativa de que los hijos y las hijas nunca sufran, o dicho en positivo, esperar que estén felices las 24 horas del día todos los días de su vida es irreal. Esto no es malo o bueno. Es así, es una condición del vivir. Lo que está mal es producir dolor e infelicidad de manera intencional, ser cruel, abusar.

Retomando el artículo de Solvie Jungreis-Wolff, la felicidad de los hijos e hijas tampoco debe ser el parámetro mediante el cual evaluemos si estamos siendo buenos o malos padres o madres. Cuando existe esta confusión, como vimos, las cosas se ponen complicadas para el desarrollo sano de los chicos.

Por mi parte, creo que hay cierta omnipotencia detrás de esta pretensión de tener hijos eternamente felices. Aun en el contexto más ideal de crianza ¿podemos evitar que nuestros hijos día se golpeen tratando de trepar a un árbol o que su mejor amigo o amiga se vaya a vivir a otra ciudad, que un profesor los saque de un partido deportivo de manera quizás injusta o que algún día les llegue su primer desencanto amoroso? Haremos lo mejor que podemos en lo que de nosotros dependa pero, lamentablemente, no podremos tener nunca el control de todo lo que ocurra en sus vidas.

Algunas “infelicidades” valen y otras no

Complementando el planteo original, me parece importante comentar la creciente dificultad que tienen los adultos para distinguir cuándo el llanto o el berrinche de un hijo o hija es pura voluntad de poder, pura voluntad de poner el mundo a sus pies y cuándo se trata de un dolor emocional que debe ser contemplado. En el primer caso, el único que está sufriendo es su narcisismo y hay que aprender a correrse de manera saludable de esa demanda. En el segundo caso, hay que aprender a dar contención emocional mediante la escucha empática , teniendo en claro que escuchar no es lo mismo que conceder.

Cuando los padres aprenden a distinguir esta diferencia comienzan a saber cuando corresponde decir sí y cuando decir no; habrán adquirido los fundamentos que se necesitan para educar a sus hijos e hijas en valores y actitudes imprescindibles para la vida. La educación en valores llega por defecto, no por imposición moralizante, llega como resultado de la visión que le imprimimos a la convivencia y a la manera en que actuamos ante los eventos cotidianos.

Con menos inspiración que Aldous Huxley pero con igual convicción, afirmo que la autoestima, la confianza y la felicidad se ganan cuando hemos conseguido las cosas por nosotros mismos. No es lo mismo darles a los chicos algunos soportes básicos y alguna ayuda que hacer todo por ellos. Puedo conseguirle una raqueta usada a mis chicos y llevarlos a algún lugar para aprender a jugar al tenis, pero serán ellos quienes tendrán que transpirar la camiseta para conseguir su performance. Si embargo, me encuentro con tantos niños y niñas a quienes se les hecho creer que sus logros dependen más de sus padres o de lo que se compran que del esfuerzo personal. Realmente imaginan que poniéndose el disfraz de Del Potro alcanza (un esfuerzo de tiempo y dinero totalmente a cargo de papá y mamá). Y casi tan rápido como se han vestido aparece la frustración y el desaliento cada vez que ven que la cosa depende de ellos. Así transcurre una y otra vez con estos chicos, se la pasan soñando y abandonando todo lo que emprenden.

En palabras de Jungreis-Wolff

La respuesta para una vida feliz no está en los premios, los juguetes o en nunca experimentar molestias. El placer y la alegría llegan cuando hay un sentimiento de contentamiento. Aprender a estar satisfechos con lo que tenemos y agradecidos por lo que nos han dado crea la felicidad. Hacer que los niños se sientan como si fueran el centro de nuestro universo desde el momento en que son pequeños los vuelve arrogantes.

Niños felices, adolescentes indolentes

Como consecuencia de lo anterior, estoy viendo con mucha preocupación los serios problemas de inmadurez emocional y de falta de autoconfianza, iniciativa y sensibilidad hacia el prójimo que tienen, cada vez más, chicos y chicas de todas las clases sociales, un problema que se agrava a medida que entran en la adolescencia. Esos niños felices se transforman en adolescentes malhumorados, desanimados, indolentes y quejosos que creen que “sus padres y el mundo les debe todo” (ni siquiera algo). Peor aun, no soportan la incomodidad natural que trae el vivir y muchos de ellos encuentran un escape (aparentemente) fácil en el mundo del alcohol y las drogas, un mundo que tienen muy a la mano todo el tiempo.

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¿Qué vas a hacer cuando seas grande?

Hombre develando el futuro

Un deseo es una monedita lanzada al futuroEl deseo cumple una función de enlace: integra la experiencia presente con el futuro, donde reside su cumplimiento, y con el pasado, que culmina y se compendia en él.

Irving y Miriam Polster (1985)

 

Ahora voy a estudiar música

Durante un taller para familias, una mujer contó la historia de un muchacho que, apenas se recibió de médico que fue con sus padres y les dijo: “Ahí tienen mi diploma, ahora me voy a estudiar música”. Y nunca jamás ejerció la medicina. Más que una anécdota, esto es una tragedia. Imaginen el esfuerzo y los años de vida que perdió para poder sentirse con derecho a estudiar y hacer lo que quería.

Cabe que nos preguntemos también ¿sobre qué tipo de creencias acerca de la crianza se habrán apoyado sus padres a la hora de imponer semejante sentido de obligación en su hijo? Cuesta imaginar las cosas que le habrán dicho para convencerlo de postergar su deseo más profundo. No hay nada de amor en la voluntad de control.

Yo misma soy una de esas hijas que querían ser bailarina primero, pintora después y terminé siendo maestra, qué horror. ¡Maestra! ¡Con lo espantoso que fue mi etapa de alumna de primaria! En mi experiencia de aquella época, si había personas con cero mísitca habían sido mis maestras (excepto una). Pero hay que pensar en el futuro, decían mis padres, la pasión es para después (qué tristeza), para cuando ya se tuviera dinero y seguridad. ¿Conocen personas excelentes y creativas y proactivas haciendo cosas que no aman? Creo que eso no existe.

Esa experiencia solo me trajo me trajo inseguridad respecto de mí misma y de la validez de mis elecciones. Gracias a Di-s a veces tenemos la oportunidad de cruzarnos con ese evento que parece intrascendente, pero que termina poniéndole una bisagra a la vida y lo cambia todo. Así fue cuando conocí la Expresión Corporal, justo en sus inicios, y retomé mi rumbo más querido. De ahí en más todo fue para mejor. No fue rápido, pero siempre para mejor.

“Animarse a andar en bolas”

En la vida de todos hay momentos en que entramos en detenimiento, como si nos pulsaran un botón de pause. Son momentos en los que ya no sabemos bien lo que queremos ni como seguir. Continuamos rutinariamente con nuestras tareas, en automático, y aunque no vemos exactamente ni-dónde-ni-cómo-ni-cuándo, en el fondo, sabemos que la cosa está empezando a ir para otro lado.

Todo lo que vengo escribiendo hasta aquí me surgió hace unos días, cuando vi una inspirada presentación de Lala Pasquinelli en la que comparte una poderosa cita de Fernando Pessoa, punto de partida de un cambio de perspectiva que habría de influir profundamente en su vida:

Hay un tiempo en el que es preciso abandonar las ropas usadas que ya tienen la forma de nuestro cuerpo, y olvidar nuestros caminos que nos llevan siempre a los mismos lugares…

Es el tiempo de la travesía: y si no osamos hacerla, quedaremos, para siempre, al margen de nosotros mismos…”

 

Te invito a ver su charla haciendo clic aquí

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No sé y Por ahora

Lamentablemente, estos detenimientos de los que hablaba más arriba suelen suceder durante la adolescencia y, quizás no por casualidad, en el momento en que la familia y el calendario escolar (no el vital) les pide a los hijos y a las hijas que tomen decisiones que atañen a su futuro. Muy mal momento, porque como dice Lala, están bastante incómodos con las ropas que llevan y sin saber todavía cuáles quieren ponerse.

Y cuando esto pasa, los padres enloquecen y hacen todo lo contrario de lo que deberían hacer: preguntan, insisten, opinan… Cuanto más presión les ponen a sus hijos e hijas, más bloqueo. Y de ensimismados, soñadores y un poco en bolas pasan a deprimidos y enojados, porque al no poder encontrar la respuesta que todo su entorno les dice que deberían tener comienzan a sentirse fallados, que algo anda mal con ellos.

Aquí es donde adoré y decidí transformar en premisas las dos formas de responder al futuro (siempre incierto) que Lala adoptó para sí misma:

Aprende a soportar que tus hijos e hijas se queden quietos y digan “no sé” cuando realmente no saben

Y dado que nadie nada dos veces en el mismo río, hazles saber que aquello que les pueda ir apareciendo que les de un sentido significativo a sus vidas, siempre es un “por ahora”.

No obliguemos a nuestros hijos e hijas a dirigirse a ningún puerto cuando todavía no tienen la brújula interna que les brinde alguna pista del lugar al que quieren ir. Dejemos que se sumerjan tranquilos en las aguas inquietas de sus todavía difusos deseos. Solo así, entre los “no sé” y los “por ahora”, podrán darse cuenta en donde se sienten más cómodos.

 

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La estrategia de la madeja de lana en la familia

Mujer con el agua hasta el cuello

Cuando cambias las forma de ver las cosas, las cosas que ves cambian.

Max Plank

Hace muchos años llamé a una psicóloga conocida porque quería recomendarla para atender a una persona de mi conocimiento. Me hizo unas pocas preguntas sobre la situación y sin dudarlo me dijo: “yo no inicio un tratamiento con nadie en medio de una crisis.” Me sentí confundida y un tanto molesta. ¿El destino de alguien en crisis es el de hundirse sin remedio? ¿Podemos o aprendimos a darnos cuenta del momento adecuado para ocuparnos de los problemas a tiempo?

Con estas preguntas en mente, mucha metáfora y algo de mi baúl de experiencias fui configurando esta nueva entrada en el blog que espero disfrutes.

Con el agua al cuello

Desde mi compromiso con la salud y el prójimo, sigo pensando que alguien tiene que hacerse cargo de la ayuda y, en lo que de mí depende, lo intento. Al mismo tiempo y desde la experiencia de varios años de trabajo, entiendo mejor el punto de vista de aquella psicóloga. Porque en medio de una crisis no se puede pensar bien y el trabajo del profesional se hace casi imposible. Dicho esto, pasaré a iluminar un poco mejor el punto.

Hace muchos años vino a consultarme una mujer que trabajaba de guardavidas. Ella me contó que a causa de la desesperación, es común que la persona que se está ahogando se aferre de tal modo al guardavidas que es capaz de ahogarlo también a él. Por este motivo, los guardavidas son entrenados, incluso, para aturdir con un golpe al que se está ahogando; porque la intensidad emocional del miedo que esa situación le genera lo lleva a un estado de irracionalidad que solo puede ser interrumpido de esa manera.

Esto es lo que suele suceder cuando se trata de las relaciones familiares. Es muy común que las personas consulten recién cuando el agua les llega al cuello y están todos a punto de ahogarse. En esas circunstancias, la intensidad de las preocupaciones no ayudan para nada. Abordan las cosas al modo de manotazos de ahogados y eso no permite avanzar a nadie, ni a la familia ni al profesional que ha sido invitado a colaborar.

Lo urgente es enemigo de lo posible

Las personas tienden a creer que el problema es la crisis. No es así, la crisis es la consecuencia de una sumatoria entrelazada de problemas y de lo que no se ha hecho antes. Por lo tanto, siempre que haya voluntad de mejora, tarde o temprano, algo habrá que hacer para aprender de lo que está pasando. Caso contrario, no hay remedio.

Los problemas familiares conviven en madeja y enredados. Existe la fantasía generalizada acerca de que pueden arreglarse de un día para el otro. No es así. Cualquiera que tenga amigos con familia podrá constatarlo. Por este motivo, el mayor desafío que hay que atravesar para poder encararlos radica en la capacidad para superar dos grandes obstáculos: la urgencia (el factor tiempo) y las expectativas (casi siempre) irreales.

El combo urgencia + expectativas irreales hace que los padres y las madres se frustren muy rápido cada vez que se dan cuenta de que no existen soluciones mágicas. Comienzan a saltar de un profesional a otro y sólo consiguen atrasar o empeorar la situación.

En este punto, es importante agregar que el aprendizaje significativo comienza recién después de la crisis, no durante. El trabajo realmente creativo, la posibilidad de ver con otros ojos y apuntalar el cambio sucede cuando la sensación de estar en medio de la tormenta amaina y va creciendo la confianza en que las cosas van a mejorar. Es fundamental distinguir entre lo urgente y lo necesario. Salir de la coyuntura y apuntar al proyecto de vida.

La estrategia de la madeja de lana

Cuando “las papas queman” en la familia, mi recomendación y estrategia de trabajo es la misma que se usa para desenredar una madeja de lana que se ha enredado.

¿Alguna vez trató de desenredar rápido algo que estaba muy enredado? Si es así, se habrá dado cuenta de que si tiraba con fuerza de cualquier lugar sólo empeoraba las cosas. Provistos de tiempo y paciencia, hay que ir tirando un poquito de cada lado para comenzar a ver por donde pasa cada hebra, evaluar las relaciones y darle sentido a cada movimiento. Por un rato se tiene la sensación de tarea imposible pero, de pronto, todo se aclara y el proceso comienza a desenvolverse con facilidad. Uno comienza a notar que cada movimiento se vuelve eficiente y que todo fluye cada vez más rápido, sin tironeos y sin que haga falta cortar las hebras. Porque en familia, eso de cortar por lo sano no sirve.

Evita que la madeja se enrede demasiado

En caso de que sientas que hay cosas que quisieras mejorar en tu familia y no quieres “que el agua le llegue al cuello” te recomiendo lo siguiente:

–  Pon atención en esos (todavía) pequeños problemas cotidianos de convivencia que se repiten demasiado a menudo. Piensa en esas situaciones de “baja frecuencia” ante las cuales descubres que no tienes respuesta y que, además, suelen llevarte a lugares o modos de actuar que hubieras preferido no transitar.

–  Una vez que las ha detectado, ocúpate a tiempo, no postergues. Tener problemas no es el problema. Sería maravilloso si no tuviéramos problemas, pero la vida perfecta es sólo una ilusión y los problemas son parte inevitable del vivir. El peor de los problemas es no poder reconocerlos y dejar que las situaciones escalen a crisis inmanejables y provoquen sufrimiento y peleas.

–  Busca ayuda y ten la disposición de aprender. No estás fallado o fallada, simplemente aprendiste otras cosas y esto que te pasa ahora te invita a explorar otras alternativas, a ampliar tu percepción y a ver desde nuevos puntos de vista.

–  Eres el adulto responsable y tienes los mejores recursos para abordar lo que está pasando. Eres quien tiene la autonomía económica y el potencial intelectual y emocional para reflexionar y aprender. Si en tu hogar aconteciera un problema de finanzas, no esperarías que sean tus hijos quienes se ocupen de arreglar las cosas. Según el caso, te sentarías solo o con tu pareja, evaluarían y planearían cursos de acción y quizás, después, incluirían a sus hijos para que sepan lo que pasa y colaboren en lo que de ellos depende. En mi experiencia, cuando son los adultos los que asumen el problema, el cambio ocurre, es duradero y todos salen más crecidos de la experiencia.

No pretendas arreglar todo de una vez. Recuerda la metáfora de la madeja enredada. Como los problemas de convivencia están todos interconectados, cuando comiences a trabajar sobre una cosa, enseguida aparecerán otras más asociadas a ese problema. Se necesita tiempo y paciencia.

Y para finalizar, otra anécdota. Hace muchos años Rosana Pozzato, una mujer y madre que asistía al espacio grupal,  de crianza sintetizó de manera brillante lo que se ha dicho hasta aquí:

Al principio, venía con un problema y me iba con diez y eso me provocaba cierta frustración. Sin embargo, con el tiempo, aprendí a ver como todas esas cosas estaban conectadas. Ahora puedo definir más rápidamente la situación, pienso mejor y me veo mucho más eficaz al abordar lo que pasa.

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Los castigos no ayudan

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“La solución a los problemas de los adultos de mañana depende en gran medida de cómo nuestros hijos crecen hoy.”

Margaret Mead

Existe la creencia generalizada acerca de que aplicar castigos es un recurso eficiente a la hora de remediar “un supuesto impulso psicológico que sería la causa por la cual alguien actúa mal”. Siempre me sorprende la persistencia de esta idea, la fuerza con que está arraigada en la sociedad, a pesar de que la realidad siempre ha demostrado su inutilidad, más bien empeora las cosas. Vean, por ejemplo, lo que sucede con los niños, las niñas o los/las jóvenes que entran los institutos de menores o al sistema carcelario.

Por este motivo, me entusiasmó compartir aquí el aporte de un artículo escrito por Jared Keller  titulado Unhelpful Punishment (La inutilidad del castigo) que aporta referencias neurocientíficas que respaldan la idea de las desventajas del castigo.

Estrés tóxico

El 3 de mayo de este año, un grupo de investigadores y educadores, reunidos en el Museo Americano de Historia Natural en Nueva York, argumentaron que ciertas conductas problemáticas pueden ser el resultado de una respuesta biológica profundamente arraigada en lo que designan como estrés tóxico y que los intentos de controlar esas conductas con más disciplina y castigo sólo empeora las cosas: se suma más estrés a un sistema de por sí estresado.

El artículo original sólo alude a la situación de niños, niñas y jóvenes pobres que asisten a las escuelas públicas de los EEUU. De mi parte, al margen de que la pobreza es, sin duda, un factor que puede incrementar la fragilidad del sistema relacional que lo provoca, considero que las condiciones que describen pueden darse en todo tipo de contexto económico/social,.

¿Cómo se origina el estrés tóxico?

Esta condición está asociada a lo que denominan como experiencias infantiles adversas  (ACEs, por sus siglas en inglés) tales como el abuso o el maltrato físico y emocional, el abandono, la enfermedad mental de los padres o una estructura familiar inestable.

Trabajos recientes han demostrado que la persistencia de estas experiencias adversas (como consecuencia de los estados de pánico, depresión y ansiedad que atraviesan) no solo afectan a la salud emocional y mental sino que también producen trastornos a nivel biológico. No se trata del estrés relacionado con lo que coloquialmente se relaciona con ‘situaciones difíciles’.

¿A qué se alude cuando se hable del estrés tóxico?

El estrés tóxico es un término más clínico para aludir a la confluencia de consecuencias orgánicas y psicológicas como resultado de una constante e implacable avalancha de experiencias traumáticas. Como lo explica Keller,

cuando las hormonas del estrés, como el cortisol, permanecen persistentemente elevados durante demasiado tiempo, el tamaño y la arquitectura neuronal de la amígdala cerebral, el hipocampo y la corteza prefrontal comienzan a cambiar rápidamente, afectando comportamientos importantes como la función ejecutiva, la memoria y las respuestas emocionales.

El artículo sugiere que es fundamental asumir la gravedad del estrés tóxico, dado que la agobiante tortura emocional y física en que viven algunos niños y niñas termina cobrándole su fortaleza al sistema inmunológico, debilita la atención y transforma la arquitectura del cerebro humano. Se manifiesta en la forma de déficit cognitivo, trastornos emocionales, problemas de aprendizaje, junto con la multitud de disfunciones conductuales.

De acuerdo a minuciosos estudios realizados por el Dr. Jack Shonkoff y Deborah Phillips en su estudio “From Neurons to Neighborhoods“ (Desde las Neuronas hacia los Vecindarios)

El comportamiento escandaloso en las clases escolares entre los estudiantes de bajos ingresos – desde la intimidación compañeros de estudios hasta el desafío agresivo a las figuras de autoridad – puede ser menos una llamada de atención y más el resultado probable de una transformación neurobiológica.

Por lo tanto, sepamos que imponer disciplina en las escuelas en base a castigos solo intensifica las tensiones en un organismo con poco resto para soportarlas. Según la investigación, el cerebro conserva una importante plasticidad durante los primeros años de vida y esto le brinda al organismo un cierto nivel de resistencia neurobiológico a la hora de enfrentar dificultades. Pero cuando los niños, las niñas y los jóvenes que padecen estrés tóxico se encuentran en la necesidad de enfrentar “un ambiente escolar draconiano se apaga cualquier esperanza de un respiro neurológico a los problemas en sus casas”.

Desarrollarse como persona

Queda claro, entonces, que el castigo escolar no hace más que retroalimentar un círculo vicioso: replica las condiciones de producción tensión e incrementa sus consecuencias negativas:

Los estudiantes etiquetados por sus maestros con la marca de las ‘manzanas podridas’ encuentran seriamente disminuidas sus oportunidades para transitar un entorno neurobiológico sano, dando lugar a situaciones que solo sirven para perpetuar su experiencia de estrés tóxico y, a su vez, su comportamiento no deseable.

Cuando los educadores no incluyen la idea de que un arrebato puede ser una respuesta incontrolable al trauma y aplican sanciones, refuerzan la idea de la mala conducta como una falta moral o personal. Estas situaciones tienen el agregado de ser vergonzantes, y los estudiantes se ven expuestos de manera humillante ante su comunidad de pares y ante las figuras de autoridad, creando también las condiciones para la producción del chivo (o los chivos) expiatorios de la clase y el bullying.

Al reforzar un entorno de vergüenza y fracaso los profesores, con demasiada frecuencia, agudizan aún más la espiral de estrés tóxico que comenzó en el hogar bajo la suposición de que, en fin, él es un “mal chico”.

Y todavía más – “Un niño expuesto a estas tensiones no está predestinado a tener una vida difícil”, dice la doctora Mary Bassett, … El problema es que “la salud pública está demasiado enfocada sólo en la ‘supervivencia de los niños’. Un niño necesita no sólo sobrevivir, sino desarrollarse.”

¿Qué hacer?

Sumando mi experiencia a lo sugerido en el artículo, estas son algunas acciones posibles para contrarrestar los efectos del estrés tóxico en los niños y las niñas que lo padecen y para todos los estudiantes, porque el castigo no le sirve a nadie y porque todo niño o niña que asiste a la escuela se merece este tipo de trato y contexto.

  • En primer término, que haya un cambio importante en la conversación en torno a la mala conducta.
  • Reconocer que la raíz profunda de este problema va más allá de solo cuestiones psicológicas.
  • Generar contextos de seguridad emocional y confianza mediante una fuerte empatía emocional.
  • Sostener un ambiente positivo y nutritivo acompañado de claros mensajes de reconocimiento.
  • Asesoramiento individual para los estudiantes con problemas de relación y terapia de grupo pequeño para ayudar a reforzar las habilidades sociales y la estabilidad emocional.
  • Contar con trabajadores sociales involucrados en las aulas que puedan concentrarse en la restauración de las función ejecutiva – esencialmente, para dar tiempo a las siempre plásticas partes del cerebro debilitadas por el de estrés tóxico para reiniciar el sistema y aumentar la resiliencia frente los desafíos que enfrentan en el hogar.

Educadores que hacen la diferencia

No siempre sabemos lo que los chicos viven en sus hogares. Los padres que maltratan no lo cuentan. La intensidad de los problemas hogareños no siempre nos llega claramente. Lo que los educadores sí vemos es el efecto de lo que probablemente estén padeciendo los chicos y las chicas en casa y nos invade un compasivo deseo de ayudar.

Aquí quiero decir que no podemos cambiar la vida entera de los chicos, pero sí podemos cambiar y mejorar lo que sucede en la escuela, cambiar la manera en que pensamos la vida en las escuelas, lo educativo y nuestra manera de hacer las cosas. Y vale la pena intentarlo. Durante mis años de trabajo he visto a una enorme cantidad de personas que, siendo estudiantes, tuvieron la bendición de cruzarse con algún profesor/a o maestro/a que, gracias a su trato, sus propuestas de trabajo y sus palabras, les aportaron un reflejo bien diferente, ampliado y hasta mejorado de sí mismos e hicieron enormes diferencias en sus vidas.

Invito a quienes hayan tenido maestros o profesores que hayan hacho una diferencia beneficiosa en sus vidas las compartan en sus comentarios.