Sé bueno

Testimonios

A la hora de aprender a vivir una vida con sentido, pocas cosas hay más poderosas que los testimonios de vida de otras personas. Tienen el valor de la verdad y de ser algo que es posible de ser hecho por cada uno de nosotros.

Cuando era más joven era muy común escuchar a las personas decir cosas como estas: “por qué habría de hacer esto o aquello si igual nadie más lo va a hacer”, “qué pude cambiar que haga algo entre tanta gente que no hace nada” o el clásico “eso no es para aquí”.

Honestamente, y para decirlo en pocas palabras, con una mentalidad así estamos fritos desde el vamos.

En el cine y las series podemos encontrar a ese héroe o heroína, muchas veces solitarios, capaces de enfrentar y hacer lo que el común de los mortales no podemos hacer. Sí, sí, todo muy lindo. El problema con esas historias es que, sin quererlo, nos dicen que eso no es para nosotros, nos dejan impotentes. A menos que fuéramos Superman o la Mujer Maravilla nada podremos hacer contra el mal o las catástrofes de cualquier índole.

En cambio, cada vez que somos testigos de alguna buena acción o actitud en la que está involucrado alguien como uno, el vecino al rescate, la maestra de campo caminando horas para ir a dar clase, el señor que encontró la billetera y la devolvió… eso importa, si él o ella pueden yo también.

El cambio que precisamos no va a venir de arriba, lo hacemos entre todos.

Durante esta pandemia del Covid19, todos hemos visto cómo, aún con la amenaza de cárcel y costo en dinero, había personas que no eran capaces de ver al otro ni las consecuencias de sus acciones.

El cambio depende de la suma de pequeñas y valiosas acciones que todos podemos hacer. Como dije más arriba, ellas tienen el valor de la verdad y de ser algo que está al alcance de todos.

Por eso, hoy, te propongo dos cosas:

1
Sé más que bueno, sé todo lo bueno que puedas.

2
Compartí en tus redes, para dar testimonio, para que la mayor cantidad de personas conozcan todos los pequeños actos cotidianos de bondad de los que seas testigo.

 

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No quiero ir más a fútbol

Hace un tiempo y entre otros temas de consulta, una pareja se preguntaba cómo convencer a su hijo pequeño para que asista a las clases de fútbol. El año anterior las había disfrutado mucho y ese año no quería ir.

Quiero aclarar que compartía y comparto totalmente el criterio de su mamá y su papá respecto de la importancia de que los chicos y las chicas realicen algún deporte y las aun mayores ventajas del deporte en equipo.

Sin embargo, lo que me parece interesante de esta situación como para dedicarle este espacio en el blog, radica en el dilema que se nos presenta a los adultos cuando quedamos divididos entre respetar el derecho a elegir de los chicos (qué, cuándo y cómo) y los que nosotros sabemos o creemos que es bueno para ellos.

Mi sugerencia fue que no insistieran. Que no quisiera ir a fútbol en ese momento no implicaba que nunca más iba a querer hacerlo ni opacaba la posibilidad de que en otro momento pudiera elegir otro deporte. Era chiquito todavía, iba al jardín, había tiempo para ver que pasaba.

 

Cuando puedo decir no, también puedo decir sí

Cuando los chicos y las chicas tienen pocas opciones para que sus “no” sean escuchados y validados tienden a buscar, empecinadamente, toda ocasión propicia para demostrar que no son títeres, que pueden querer otra cosa y que necesitan ejercitar su posibilidad de elegir.

Esto comienza a suceder cerca de los 3 años de edad. Es el tiempo de crianza en el que los adultos comenzamos a sentir que estamos conviviendo con el enemigo, que “basta que yo diga ‘A’ para que diga ‘B’, que basta que yo diga que hay que ponerse los zapatos para que diga que no quiere”.

Se repiten las típicas escenas a las que llamo “tirar de la soga“, un lado dice que sí y el otro dice que no. El problema con ellas es que, además de ser agotadoras, instalan una mecánica relacional que a veces, más de las que quisiéramos o imaginamos, se traslada a todo tipo de situaciones y durante toda la vida de una persona. No importa qué ni cómo, por las dudas me opongo.

 

El juego de poder no se juega

La necesidad de que las propias necesidades y deseos sean tenidos en cuenta es psicológicamente más importante que el hecho mismo de jugar al fútbol, volver a una hora determinada a casa o ponerse los zapatos.

Cuando los chicos se sienten demasiado comandados se dispara en ellos una respuesta de oposición sistemática. Porque lo que le duele es no ser considerado en absoluto.

Cuando la necesidad de contar con determinados grados de autodeterminación no es bien acompañada, lo que se instala en la relación es el juego de poder. Es como si ellos se dijeran: “a ver si en esta consigo hacer algo, aunque sea algo! como yo quiero”, o “no voy a ir aunque me guste, no voy a permitir que crean que controlan mi vida por completo”.

Si les decimos que no a todo, los chicos y las chicas se vuelven sumamente reactivos, hacen de cada situación una oportunidad para la auto-afirmación y la convivencia empieza a parecerse a un campo de batalla. En ese juego todos pierden.

 

Elegí tus batallas

Si lo dicho hasta aquí te suena conocido, te invito a revisar y elegir qué cosas son para vos no negociables (por la calle vas de la mano; aunque tengas 12 años no hay juegos electrónicos después de comer; todavía no te voy a dar un celular) y en qué cosas tus hijos pueden elegir: que un día quiera comer otra cosa, que vaya a una reunión familiar o cumpleaños con una ropa que él o ella aman aunque sea poco presentable, que alguna vez falte a la escuela aunque no esté enfermo si es que alguien puede cuidarlo, etc. Estos son simples ejemplos y sin dudas varían para cada familia.

El punto central es: administrá tus fuerzas y desarmá la dinámica destructiva del juego de poder.

Quizás, ahora entiendas por qué tantas veces no funciona eso de “razonar” con ellos, porque no son las ventajas de hacer deporte, de volver temprano, ponerse los zapatos o salir abrigado lo que está en juego. Está en juego el valor de la diferencia y la necesidad de autodeterminación, un tema que puedes ampliar en este muy bien recibido posteo anterior titulado No quieras nada para tu hijo.

 

Una más de las paradojas de la crianza

Pretendiendo una mejor vida para los chicos y las chicas los volvemos reactivos y rebeldes. Los adultos tenemos que replantearnos los preceptos de crianza que adoptamos sin siquiera cuestionarlos.

Si seguís entusiasmado con este tema, este video va en la misma línea de este post y seguro te va a gustar.

Jay Shetty – No dejes que nadie te maneje con sus tiempos

Jay Shetty - No dejes que nadie maneje tus tiempos

 

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Tres palabras para el desánimo

La Desmesurada

Hace poco hice un público reconocimiento en este blog a mi maestra de 5º grado de escuela primaria: La Señorita Elvira. Lo que no dije es que por suerte ella llegó a mi vida justo después de La Señorita X.

Y esto tiene todo que ver con Paula Lesina, super experta en storytelling y con quien estoy aprendiendo muchísimo acerca de cómo contar lo que sea que quiera escribir. En esto estaba cuando un evento de hace dos semanas fue más allá de la escritura. Te voy a contar cómo Paula, La Desmesurada, se convirtió en la protagonista del final feliz de una historia que comenzó cuando yo tenía 9 años.

 

La Señorita X

Las malas experiencias estudiantiles dejan huella, una huella bastante embarrada, en medio del pecho y que cuesta mucho remover.

La Señorita X fue mi maestra de 3º y 4º grado de primaria. Por motivos opuestos a mi experiencia con la Señorita Elvira tampoco olvidé su nombre, pero como voy a hablar mal de ella prefiero no nombrarla.

Un día La Señorita X nos da una de esas patéticas tareas de redacción que se estilaban en esa época, nos pidió que escribiéramos una composición con el tema “La primavera”. A pesar del eterno vacío que ese tipo de consigna me creaba, el tema me entusiasmó, hice la redacción y hasta la ilustré con un dibujo.

Ya no me acuerdo si fue al día siguiente o si habían pasado unos días. De pronto entra en el aula La Directora. “Buenos días niñas” dijo, y ya estando todas de pie respondimos “Buenos días Señorita Directora”. Y nos sentamos.

Paradas ambas mujeres al frente de la clase, dijo La Señorita X:  “A ver, Goren, lea su composición.” Me paré para leer con el corazón latiendo a mil por hora y, casi sin voz, leí mi preciado relato sobre La Primavera. Cuando terminé, pequeño silencio de por medio y estando yo parada todavía, veo cómo La Señorita X gira su cabeza hacia La Directora y le dice de una: ¿Vio que porquería?

Si, así como lo oís. Esas cosas no se olvidan jamás. Lo estoy escribiendo y me recuerdo ahí parada, guardapolvo blanco, flaquita y bajita como era pero sintiéndome más diminuta todavía.

Me quedó en claro que yo “no era buena para las lenguas”, ni la propia ni las extranjeras. En primer año del secundario reprobé Castellano, Francés y Latín (y ya que estaba también Historia). En segundo año reprobé Castellano, Francés y Latín y en tercero Castellano y Francés. Después sobreviví. Parece que con la literatura me arreglé mejor.

 

Qué mundo tan femenino es el rescate

Me voy a correr por un momento del tema porque esto me importa. Porque si al final estoy hablando de de Paula Lesina es gracias a María Inés Pozzato, la maga de Hirumi Crochet. Yo ayudo a tejer y retejer vínculos y María Inés diseña y teje sus muñecos de apego con el mayor amor y cuidado que te puedas imaginar. Ella teje pensando en quien lo recibe, y eso hace la diferencia, porque así es María Inés, con todos.

 

Abrazar los desafíos

Cuando Paula leyó el relato de La Señorita Elvira me preguntó qué otra experiencia podría elegir para mostrar cómo ayudar a crear entornos de aprendizaje emocionalmente seguros. En ese momento no pude encontrar una en particular pero me quedó picando la cuestión de “sentirnos emocionalmente seguros a la hora de aprender”. ¡Tremendo tema!

Una semana después y con ese pendiente en carpeta, veo que el Instagram de Paula amanece con una imagen y un desafío que decía:

¿Cómo explicarías la imagen que acompaña este post a un niño de seis años?

Un bosque y dos mujeres, una mira como la otra esta acostada de espalda flotando en el aire

Y me lancé a responder a ese desafío, así como estaba, con lo enredado que era escribir en el teléfono y en Instagram, con esa letra así de chiquitita, en medio del desayuno y sin los lentes de cerca. La fantasía fluyó y salió un relato que escribí sin detenerme para no perder el envión y así lo compartí.

 

Las ganas de aprender

Vuelvo a leer lo que había escrito y me doy cuenta ¡horror! de que tenía mil “errores”. Entonces, para cubrir un poco mi menguada dignidad de escritora, hago esta aclaración:

Bueh… no miren la puntuación.

A lo que Paula me responde:

Los detalles son de edición. Este es el espacio de compartir y crear. No de juzgar.

Esa respuesta fue puro alivio y me renovó el entusiasmo que estaba opacando con mi propia crítica.

Aprender así libera. Poder ir paso a paso sin temer equivocarse hace que el aprendizaje se sienta como un viaje, como una salida de excursión en la que estamos totalmente dispuestos a ver qué sorpresa nos encuentra en el camino.

¡Qué notable sincronía! Paula acababa de garantizarme un espacio de aprendizaje emocionalmente seguro, justo el tipo de experiencia que ella misma me había invitado a compartir.

Y a modo de un tercer acto de esta historia, como crudo contraste con lo bien que me sentía, volvió a mí el recuerdo de La Señorita X y la primavera fallida de mi infancia.

Un (aparentemente) pequeño evento a las 8 de la mañana cerró un círculo de años que esperaba su final. El hechizo había sido deshecho.

 

La seguridad emocional lo es todo

A la hora de aprender, garantizar un espacio emocionalmente seguro es lo primero, lo del medio y lo último. Es una condición que debe darse todo el tiempo.

No juzgues y destierra el miedo a fallar.

A la hora de crear y brindar contextos de aprendizaje emocionalmente seguros no juzgues y destierra el miedo a fallar. En realidad van de la mano, una cosa no existe sin la otra.

 

Esto le hubiera contado al niño de 6 años del desafío

¿Te imaginas si un día, cuando te despertás, te das cuenta de que tu cuarto y la casa se transformaron en un bosque hermoso? Es tan hermoso que estás seguro de que es mágico.

Sin entender demasiado, dejás durmiendo a tu hermano que todavía no se levantó y te vas al baño a hacer pis y a lavarte la cara. Un poco más despabilado volvés a tu cuarto pensando que nada más sorprendente podría pasarte esa mañana.

Pero no, ¡oh! Hasta las camas desaparecieron ¿y mi hermano? ¿Dónde está mi querido hermanito? te preguntás desesperado. ¿Dónde está? Durmiendo en el aire está ¡en el aire! flotando como si una nube invisible lo estuviera teniendo desde abajo. ¿Te lo imaginás?

Entonces ahora imagínate a mí y mi hermana cuando éramos un poco más grandes que vos. Eso mismo nos pasó cuando yo tenía 14 años. ¿Podés creerlo? Me desperté y mi casa se había transformado en un bosque. Por suerte tu tía Cristina me encontró cerca cuando se despertó, así le avisé que estaba flotando y se bajó suavecito, para no golpearse.

Después nos fuimos a desayunar, porque tus abuelos ya se habían levantado. Estuvo muy bueno vivir en un bosque encantado un día entero.

 

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La Señorita Elvira

La voluntad de reparación en los seres humanos es poderosa y tarde o temprano rinde frutos.

Hace unos años me di cuenta de que mi vida había tomado el rumbo de aprender a hacer y de dar a otros lo que “La señorita Elvira” me había dado a mí cuando tenía 10 años de edad.

Era un día en el que planeaba cómo presentarme en este blog. Pensé que un recorrido guiado por lo que había estudiado podría ordenar lo que quería escribir. Estaba decidido, comenzaría a partir de mi primer título profesional, mi título de Maestra.

“Pero esperá un poco”, me dije, “vos nunca trabajaste de Maestra de escuela”. Así fue cómo me di cuenta, sorprendidísima, de que los motivos que me hicieron rechazar la idea de trabajar como maestra eran los mismos que hoy enfocaban (y enfocan) mi interés, lecturas y trabajo.

Como estudiante, solo había disfrutado de estar en la escuela cuando cursé el 5º grado de primaria. Ese año tuve una maestra de la que nunca olvidé su nombre. Ella fue La Señorita Elvira Paulina García de García, así se llamaba. Daba gusto estar en el aula, en la escuela, en la vida. Ese año le ponía garra y entusiasmo a todo lo que hacía.

De vez en cuando la vida
toma conmigo café
y está tan bonita que da gusto verla.
Se suelta el pelo y me invita
a salir con ella a escena.

Joan Manuel Serrat

Ese año me encontré con una “mi misma” que desconocía y que me gustaba mucho. Creo que en ese tiempo nacieron una esperanza y una persistencia secretas que nunca me abandonaron.

Ese aprendizaje profundo que vive más allá de las palabras, que nace de la experiencia vivida, me hizo entender que la manera en que los adultos se relacionan con los niños y las niñas define todo un mundo de posibilidades o imposibilidades para ellos.

La Señorita Elvira había plantado la semilla

La relación con La Señorita Elvira me ayudó a comprender que crecer y aprender puede ser apasionante cuando nos sentimos emocionalmente seguros, cuando nos sentimos validados y queridos como personas antes que por nuestra obediencia o el resultado de lo que hacemos.

Todo adulto tiene el poder de hacer algo que significará una diferencia en la vida de los niños y los jóvenes.

Con esto no digo nada nuevo, solo reafirmo mi convencimiento de que somos los adultos los que tenemos la capacidad para reflexionar sobre lo que hacemos, responsabilizarnos, aprender lo que hace falta y hacer una diferencia en las personas que tenemos cerca y en al mundo que habitamos. Porque como dije hace poco, el futuro de los niños somos los adultos.

 

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Sobre este tema te recomiendo:

La seguridad emocional y las ganas de aprender

La familia del vecino siempre se ve más verde

La mayoría de los padres y las madres suelen creer que solamente ellos tienen problemas con sus hijos e hijas y que los demás lo tienen todo resuelto.

Cuando comencé a facilitar talleres para familias, entre bromas y sonrisas, los asistentes confesaban su alivio al descubrir que a los otros les pasaba lo mismo. Y con los años estos comentarios siempre se repetían. Por suerte, también descubrían que sus hijos e hijas no eran tan monstruosos como pensaban, jeje.

Todas las familias, en algún momento, tienen que lidiar impotentes con los berrinches o la falta de colaboración de sus hijos. Casi todos los padres y madres se sienten inseguros a la hora de poner límites por temor a ser autoritarios. Todos los hermanos se pelean y hay que aprender cuándo no intervenir y cómo hacerlo cuando hace falta. Esta lista puede seguir, pero mejor me detengo aquí.

Vos, tu vecino, los padres de los compañeros de tus hijos de la escuela, somos todos seres humanos que compartimos una misma cultura. Como habitantes de ese común ecosistema de ideas, valores y comportamientos, sabemos que hay cosas que hacemos bien y otras que no. Como seres humanos que somos, también debemos admitir que nunca lo sabremos todo y que, por suerte, tenemos una enorme capacidad de aprendizaje y una red de gente alrededor (aunque no lo creas) que puede saber hacer lo que vos y yo no sabemos.

 

El pasto del vecino siempre parece más verde porque no lo vemos de cerca.

Durante muchos años pasé mis vacaciones en una casa que tenían mis padres en Atlántida, Uruguay. Ellos, con sus propios hijos ya crecidos, aprovechaban para disfrutar la época tranquila y suave del mes de marzo. Como en invierno la casa no se habitaba demasiado y el parque no tenía suficiente riego, al arrancar el verano el jardín se veía fatal. Decidí, entonces, que cuidar del jardín iba a ser la mejor manera de agradecer a mis padres por las bondades del lugar, quería que al momento de su estadía de marzo lo pudieran disfrutar bien lindo, bien verde.

Así fue como descubrí, manguera en mano, la veracidad del refrán. Desde mi jardín, el pasto de mi vecino siempre se veía más verde.

Pero con el paso de los años me hice amiga Winston, mi vecino uruguayo, el del jardín tan verde y tan lindo. Y al visitar su casa hice un segundo descubrimiento: su jardín se veía más verde, simplemente, porque lo veía de lejos. Incluso, considerando el hecho de que él lo cuidaba todo el año, no era lo mismo verlo de lejos que de cerca. 

De paso, aprovecho el momento para que este recuerdo sirva como merecido reconocimiento a mi querido Winston Rodríguez, a su calidad de persona y amigo (que ya no está en este mundo) y a quien mi hijo y yo nunca olvidaremos.  

Y volviendo al tema, he aquí que lo mismo pasa con otras familias que conocemos (no todas, por supuesto). Nos parecen más funcionales, probablemente, porque no compartimos su día a día cotidiano. Desde la lógica del recato, de la sana reserva de la intimidad, ni vos, ni yo, ni nadie suele comentar por fuera del hogar todo lo que nos pasa o preocupa puertas adentro.

 

A veces el césped del vecino no nos parece más verde, está mas verde.

Aunque son muy pocas, existen algunas familias que han heredado de sus propios padres unas saludables experiencias de crianza y cuando las conocemos no nos pasan desapercibidas. Pero como dijo Virginia Satir (y cito de memoria), en todos sus muchos años de profesión le sobraban dedos de sus manos a la hora de contar las familias funcionales con las que trabajó.

También suelo ver que a muchos padres y madres ni se les ocurre pensar que si otros se manejan mejor ante los problemas familiares, esto sucede porque ya han consultado con algún especialista. Debes saber que ese papá y/o esa mamá, ni nacieron iluminados ni tienen hijos santos que no les dan problemas, simplemente ya aprendieron algunas cosas que vos también podrías aprender.

También veo que muchos padres ocultan, como si se tratara de algo vergonzoso, el estar haciendo una consulta o el mismo hecho de no saber qué hacer. Como si fuera un defecto enredarnos en las relaciones, como si las noticias de todos los días no nos demostraran, sin disimulo alguno, lo poco que sabemos acerca de la buena convivencia. Ir un poco más allá de lo que ya hacemos bien vale la pena. 

Incluso Lionel Messi entrena todos los días. Nadie es bueno en lo que hace si no hace nada para serlo.

 

Aprender es parte del proceso de estar vivos

Como padre o madre siempre vas a encontrar desafíos de crianza que no podrás anticipar y que no sabrás bien cómo abordar. Pero en tanto los asumas como parte del proceso de vivir y no como un defecto personal que hay que encubrir, esos problemas te ayudarán a evolucionar de modos impensados, a vos y a tus hijos. Porque ellos, tus hijos y tus hijas, lo quieras o no, aprenden todos los días de qué se trata la convivencia a partir de cómo nosotros, sus padres y sus madres, la abordamos a diario en la familia. Seguro que alguna vez has sido testigo de como niños y niñas de 3 años ya copian a la perfección a sus padres y madres los papelones que a veces les han hecho pasar. Ni hablar si trabajás en un jardín de infantes!! 

Todo lo que hagas para mejorar se integrará, automáticamente, al repertorio de opciones de vida de tus hijos; ellos van a saber que hay otras maneras de ser familia y de resolver los problemas de relación.

Esto me trajo a la memoria a una mujer que atendí hace muchos años. Me contó que desde muy joven tenía bien en claro que quería ser madre. Algunos años después concretó su deseo y el nacimiento de su hijo le llegó con el inevitable baño de realidad que le mostraba que el proceso de ser madre (vale para los padres, obviamente) recién empezaba. Se estaba dando cuenta de que el nacimiento de su hijo era solo el primer paso de un largo camino de placeres y momentos felices y también de dolores de cabeza y aprendizajes.

Desear ser madre o padre y ponerle todo el cariño y garra a la tarea no es lo mismo que saber cómo hacerlo todo o garantía de que no se presentarán problemas. Como dije más arriba, Messi también se entrena todos los días.

 

Entonces, como primera regla de crianza, no te compares! 

A lo sumo, sacá provecho de la comparación cada vez que te demuestre que hay algo que podrías mejorar. Si hay algo que te preocupa, buscá ayuda y aprendé lo que hace falta para resolver tu problema. Nadie va a regar ni desmalezar tu jardín por vos. Los grupos de crianza, los espacios de orientación familiar, los talleres para familias, los libros sobre crianza o cualquier otro tipo de consulta, a tiempo, siempre es la mejor respuesta y siempre vas a a salir ganando.

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El futuro de los niños somos los adultos

 

El futuro de la humanidad no son los niños, somos los mayores con los que se transforman en la convivencia.

Humberto Maturana

 

No quería repetir con mis hijos algunas cosas que hacían mis padres y me encuentro haciendo exactamente lo mismo.

Sin exagerar y después de más de 24 años de trabajo con familias, me permito decir que este comentario es “el clásico” de las consultas y los talleres. Y esto demuestra lo siguiente:

Aprendimos a ser padres y madres de nuestros padres y madres.

Aprendimos a criar a medida que nos criaban. Aprendimos lo que significa aprender o cómo deben ser las escuelas siendo alumnos. Aprendimos cómo un adulto puede inspirar, humillar, ser paciente o enojarse por nada en el transcurso de nuestras relaciones con las personas con quienes nos tocó convivir.

Pero no estamos condenados a repetir y no tiene ningún sentido seguir diciendo que “nadie nos enseña a ser padres”.

Así como aprendimos a criar de las personas que nos criaron, también podemos seguir aprendiendo y cambiar lo que no nos hizo bien. 

También te aseguro que vas a escuchar, una y otra vez,  que “los hijos no nos llegan con un manual de instrucciones”. Por supuesto que no. Somos los adultos los que lo traemos a cuestas cono si se tratara de un gen heredado de nuestros ancestros.

Creo que estas frases típicas persisten porque también actúan, inconscientemente, como una defensa que permite soportar el miedo de hacer las cosas mal que todos tenemos cuando nos convertimos en padres y madres.

Me resulta familiar

Familiar. Esa es la palabra que usamos para referirnos a algo que nos resulta conocido. He aquí el meollo del problema. La vida familiar que tuvimos, con lo bueno y lo malo que ella trae, es lo más conocido y también, para bien o para mal, es lo que mejor sabemos hacer.

Por eso, cada vez que algo se traba en la crianza, cuando la manera de actuar que hemos aprendido siendo hijos e hijas no funciona, nos quedamos en blanco y no podemos imaginar qué otra cosa hacer.

Y también por eso, a pesar de ver que lo que hacemos no nos gusta ni funciona (gritar, castigar, no hacer nada, amenazar), lo seguimos haciendo y lo hacemos cada vez con más énfasis (gritamos más, castigamos más, amenazamos más).

Este es un punto crítico de la consulta con familias. Están ahí las evidencias de que lo que se hace no funciona, están todas las quejas desgranadas con detalle y prolijidad, pero también está la extraña esperanza de que todo puede mejorar sin cambiar nada: sin cambiar la manera de concebir lo que es sano y lo que no, sin revisar los criterios acerca de la dinámica del poder en la familia y sin cambiar los patrones de comunicación asociados a esos viejos patrones relacionales. Resultado: se pone el problema en el hijo y listo.

Aprender es un trabajo. Requiere tiempo y esfuerzo entender por donde pasa la diferencia entre el mundo que se deja y el que se desea.

No queremos repetir, pero a la hora de cambiar, de modo casi irracional, se defienden con uñas y dientes los viejos argumentos de nuestros padres, madres, abuelos y todo lo que a uno se le pueda ocurrir.

Un ejemplo de hace muchos años:

-¿Cómo voy a dejar que mi hijo haga lo que quiera? Si ahora no entiende la autoridad en su adolescencia va a ser un desastre.”

Una respuesta posible:

-No se trata de que haga “todo” lo que quiere, sino que en “algo” pueda elegir, que en “algo” pueda ganar algún derecho de autodeterminación.

Y entre muchas posibilidades, la conversación suele derivar en una simplificación inútil entre si mandan los padres o mandan los chicos. Observen que el escenario de estas dos posturas es el mismo, porque parten de una creencia común que las contiene a ambas, una creencia que dice que ser familia tiene mucho que ver con mandar y obedecer y nada que ver con elegir.

Mientras esto permanezca incuestionado, ese padre y ese hijo del ejemplo no podrán salir nunca de una relación basada en la puja de poder. A menos que se cambie en el nivel de la creencia, para su papá o su mamá, ese niño o esa niña siempre serán unos rebeldes e insolentes. Peor aún, se cumplirá la profecía del padre del ejemplo, porque esos chicos crecerán sumamente resentidos y durante la adolescencia la relación con sus padres se irá tornando tortuosa.

El mandato de cuidar los mandatos de los padres es feroz y a veces automático. La comodidad de mantener las cosas cono están también tiene su peso.

Trabajar a fondo en temas de crianza implica dejar en evidencia y poner en cuestión muchas de nuestras ideas aprendidas acerca de lo que significa ser familia, ser padre, ser madre y acerca de cuestiones tan gigantes como los valores: la verdad, la mentira, la responsabilidad, la compasión, la colaboración, el bien común… y podría seguir.

Repensar la crianza no significa destruir todo nuestro pasado, sino conservar lo que es bueno y cambiar lo que hace daño.

Por suerte, también repetimos lo mejor de nuestra infancia; repetimos esas cosas que nos daban felicidad y que hacían que nos olvidáramos de la idea de escaparnos de casa en cuanto pudiéramos. Eso es lo que hay que conservar.

En este punto es bueno volver a la cita de Maturana del inicio y de la que me enamoré a primera vista (a primera oída) cuando la escuché en este video fantástico que te recomiendo.

El futuro de los niños somos los adultos.

Somos los adultos los que tenemos la posibilidad de reflexionar, de hacernos cargo y de aprender. Somos los adultos los que podemos allanarles el camino a nuestros hijos e hijas y evitarles la condena de repetir y perpetuar, generación tras generación, lo que hacían mal nuestros ancestros.

¿Cuál es tu experiencia en este sentido?

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Los 7 pecados contra la infancia

Los límites existen porque convivimos

… para el individuo educado en la cultura occidental es difícil ver más allá del individuo. Estamos educados en una preferencia tanto ética como estética por la autodeterminación individual.
S. Minuchin y C. Fishman (2006)
El límite cobra relevancia, siempre, en el encuentro con el otro.

Para poder relacionarnos debemos reconocer, cada uno de nosotros, nuestro límite y nuestra diferencia. Ese es el necesario punto de partida de toda relación y una idea fundamental en el tema de los límites.

En el marco de las relaciones familiares y escolares, decirlo y actuar en consecuencia implica un significativo recorrido de aprendizaje intelectual y emocional.

No hay vivir que no implique convivir

Desde que la humanidad existe, unirse para coexistir es el motivo esencial que impulsa toda suerte de formato social. Con mejor o peor resultado, usted habrá crecido con la ayuda de personas que le proporcionaron algún tipo de sostén, cuidados y apoyos básicos,  Con el paso de los años, habrá experimentado cómo, entre todos, iban desarrollando variados modos de coordinar sus acciones con el objeto de garantizar distintos grados de satisfacción de intereses y necesidades, comunes e individuales.

Como adulto, es improbable que usted viva y se desenvuelva siempre en soledad. Resulta absolutamente necesario contar y gozar de momentos de soledad e intimidad, pero esta situación nunca será una condición permanente. Aun en el caso de trabajar por propia cuenta y en su propio hogar, alguna vez requerirá de los servicios de alguien para arreglar algo y deberá convenir algunos acuerdos mínimos con el proveedor del servicio.

La vida es vida de relación

En el marco del tratamiento del tema de los límites en el ámbito familiar y educativo, diremos que madurar implicará, básicamente, aprender a reconocer dos cosas: que los demás también existen y que si no estuvieran, sería imposible sobrevivir, así de simple.

Desde que nacen, las personas se desenvuelven y desarrollan como miembros de una red de vínculos confiables. Si el vínculo no resulta confiable, si no ofrece un mínimo de seguridad afectiva, no se puede hablar de vínculo. Perdemos las ganas de vivir cuando quedamos desconectados de la relación con los demás .

Por esto, porque no hay vivir que no implique convivir y porque, en realidad, la vida es vida de relación, es tan importante volver a valorar la colaboración y el bien común como sustento de nuestra humanidad.

Tenemos que descartar la idea de individuo y dar lugar al concepto de persona, ese ser humano que se va constituyendo, día a día y desde que nace, en el enmarañado, en la red de relaciones en las que participa a medida que crece, sin confundirse y a la vez relacionándose.

Nuestra cultura y educación individualista, competitiva y exitista tiene consecuencias. Los hijos y los estudiantes que hoy muestran dificultad para reconocer y aceptar la existencia de límites suelen tener una fuerte incapacidad para desarrollar entendimiento y consideración por los demás. Entienden la vida como un espacio de estrellato o pugilato personal, como un reality show donde sólo se juega la farsa del juego del poder, sin ver que el que gana ha quedado irremediablemente solo y, con el pasar de los días, será también olvidado.

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