El futuro de los niños somos los adultos

 

El futuro de la humanidad no son los niños, somos los mayores con los que se transforman en la convivencia.

Humberto Maturana

 

No quería repetir con mis hijos algunas cosas que hacían mis padres y me encuentro haciendo exactamente lo mismo.

Sin exagerar y después de más de 24 años de trabajo con familias, me permito decir que este comentario es “el clásico” de las consultas y los talleres. Y esto demuestra lo siguiente:

Aprendimos a ser padres y madres de nuestros padres y madres.

Aprendimos a criar a medida que nos criaban. Aprendimos lo que significa aprender o cómo deben ser las escuelas siendo alumnos. Aprendimos cómo un adulto puede inspirar, humillar, ser paciente o enojarse por nada en el transcurso de nuestras relaciones con las personas con quienes nos tocó convivir.

Pero no estamos condenados a repetir y no tiene ningún sentido seguir diciendo que “nadie nos enseña a ser padres”.

Así como aprendimos a criar de las personas que nos criaron, también podemos seguir aprendiendo y cambiar lo que no nos hizo bien. 

También te aseguro que vas a escuchar, una y otra vez,  que “los hijos no nos llegan con un manual de instrucciones”. Por supuesto que no. Somos los adultos los que lo traemos a cuestas cono si se tratara de un gen heredado de nuestros ancestros.

Creo que estas frases típicas persisten porque también actúan, inconscientemente, como una defensa que permite soportar el miedo de hacer las cosas mal que todos tenemos cuando nos convertimos en padres y madres.

Me resulta familiar

Familiar. Esa es la palabra que usamos para referirnos a algo que nos resulta conocido. He aquí el meollo del problema. La vida familiar que tuvimos, con lo bueno y lo malo que ella trae, es lo más conocido y también, para bien o para mal, es lo que mejor sabemos hacer.

Por eso, cada vez que algo se traba en la crianza, cuando la manera de actuar que hemos aprendido siendo hijos e hijas no funciona, nos quedamos en blanco y no podemos imaginar qué otra cosa hacer.

Y también por eso, a pesar de ver que lo que hacemos no nos gusta ni funciona (gritar, castigar, no hacer nada, amenazar), lo seguimos haciendo y lo hacemos cada vez con más énfasis (gritamos más, castigamos más, amenazamos más).

Este es un punto crítico de la consulta con familias. Están ahí las evidencias de que lo que se hace no funciona, están todas las quejas desgranadas con detalle y prolijidad, pero también está la extraña esperanza de que todo puede mejorar sin cambiar nada: sin cambiar la manera de concebir lo que es sano y lo que no, sin revisar los criterios acerca de la dinámica del poder en la familia y sin cambiar los patrones de comunicación asociados a esos viejos patrones relacionales. Resultado: se pone el problema en el hijo y listo.

Aprender es un trabajo. Requiere tiempo y esfuerzo entender por donde pasa la diferencia entre el mundo que se deja y el que se desea.

No queremos repetir, pero a la hora de cambiar, de modo casi irracional, se defienden con uñas y dientes los viejos argumentos de nuestros padres, madres, abuelos y todo lo que a uno se le pueda ocurrir.

Un ejemplo de hace muchos años:

-¿Cómo voy a dejar que mi hijo haga lo que quiera? Si ahora no entiende la autoridad en su adolescencia va a ser un desastre.”

Una respuesta posible:

-No se trata de que haga “todo” lo que quiere, sino que en “algo” pueda elegir, que en “algo” pueda ganar algún derecho de autodeterminación.

Y entre muchas posibilidades, la conversación suele derivar en una simplificación inútil entre si mandan los padres o mandan los chicos. Observen que el escenario de estas dos posturas es el mismo, porque parten de una creencia común que las contiene a ambas, una creencia que dice que ser familia tiene mucho que ver con mandar y obedecer y nada que ver con elegir.

Mientras esto permanezca incuestionado, ese padre y ese hijo del ejemplo no podrán salir nunca de una relación basada en la puja de poder. A menos que se cambie en el nivel de la creencia, para su papá o su mamá, ese niño o esa niña siempre serán unos rebeldes e insolentes. Peor aún, se cumplirá la profecía del padre del ejemplo, porque esos chicos crecerán sumamente resentidos y durante la adolescencia la relación con sus padres se irá tornando tortuosa.

El mandato de cuidar los mandatos de los padres es feroz y a veces automático. La comodidad de mantener las cosas cono están también tiene su peso.

Trabajar a fondo en temas de crianza implica dejar en evidencia y poner en cuestión muchas de nuestras ideas aprendidas acerca de lo que significa ser familia, ser padre, ser madre y acerca de cuestiones tan gigantes como los valores: la verdad, la mentira, la responsabilidad, la compasión, la colaboración, el bien común… y podría seguir.

Repensar la crianza no significa destruir todo nuestro pasado, sino conservar lo que es bueno y cambiar lo que hace daño.

Por suerte, también repetimos lo mejor de nuestra infancia; repetimos esas cosas que nos daban felicidad y que hacían que nos olvidáramos de la idea de escaparnos de casa en cuanto pudiéramos. Eso es lo que hay que conservar.

En este punto es bueno volver a la cita de Maturana del inicio y de la que me enamoré a primera vista (a primera oída) cuando la escuché en este video fantástico que te recomiendo.

El futuro de los niños somos los adultos.

Somos los adultos los que tenemos la posibilidad de reflexionar, de hacernos cargo y de aprender. Somos los adultos los que podemos allanarles el camino a nuestros hijos e hijas y evitarles la condena de repetir y perpetuar, generación tras generación, lo que hacían mal nuestros ancestros.

¿Cuál es tu experiencia en este sentido?

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La dignidad del no *

El “no” tiene mala prensa y no se lo merece.

Puede que no guste escucharlo, pero como palabra es mucho más heroica que el sí. Es el no de ese niño que pelea por su autodeterminación cuando lo obligan a comer sin hambre, es el no de una mujer que pelea por ser respetada cada vez que no desea ser abordada de manera impropia por otra persona, es el no de algún hombre que rechaza su esclavitud y pelea por su libertad.

Cuando asesoro en temas de crianza tanto como en las consultas individuales de mujeres, la dificultad para decir no sin culpa es recurrente. En general, nuestro tránsito familiar y escolar ha sido un largo entrenamiento para el sí. Los niños y las niñas buenos son los que hacen caso, ellos dicen sí. Los que dicen no son rebeldes, desobedientes. El no conlleva el riesgo de la sanción social y el dejar de ser queridos. En el hogar, en la escuela y hasta en el trabajo la condición más valorada es la disposición al sí.

Las mujeres, el no y la culpa

Aunque las mujeres ya nos estamos dando cuenta de que el no es una palabra más del vocabulario femenino, cada vez que decimos no suele invadirnos un sentimiento de culpa o el temor a dejar de ser queridas.  “¿No estaré siendo egoísta?” se preguntan muchas mujeres. ¿Tan malo es no querer ir a ver la película que esas amigas o mi novio quieren ver? ¿Es ser egoísta no querer mudarme y perder mi trabajo y mis relaciones cuando el sueño de mi pareja es ir a vivir a Bariloche? ¿Es mucho pedir que mis chicos se duerman un día sin cuentito porque no doy más de cansada? A contar por la reacción de los demás, pareciera que sí, que es mucho pedir, que no se entiende cómo es que yo, siempre tan dispuesta y buena onda diga no.

La identidad de género se refiere a un conjunto de rasgos asignados a la mujer y al hombre que son socialmente construidos, un invento cultural que dice, por ejemplo, que los hombres nacieron para conducir autos y las mujeres para lavar platos. Me sorprende que todavía haya hombres que lo creen y mujeres que no se animan a manejar. De manera directa o indirecta, el relato patriarcal dice que lo naturalmente dado a las mujeres es la abnegación, la generosidad y el cuidado de los demás. Así las cosas, si por algo vamos a ser queridas y aceptadas será por nuestra disposición a poner a los otros por delante nuestro. Esta pesada carga, más o menos consciente, es la que nos deja siempre con muy poco margen para decir no sin culpa.

¿Qué quiero yo?

Esta pregunta es la clave. Una negativa bien establecida es un “yo no quiero”, es un acto de afirmación que marca mi límite y mi diferencia. Cada vez que queremos decir no y no lo hacemos se resiente nuestro sentido de dignidad, porque nos habremos invalidado a nosotras mismas. Nuestra culpa suele ser un pudor oculto que dice que está mal afirmar nuestro deseo o nuestra necesidad. Recordá, entonces, que cada vez que decís no, simple y naturalmente, querés algo diferente de lo que los otros quieren, recordá que vos también sos un ser humano.

* Esta nota que escribí fue publicada en la edición de la revista Mía del 27 de Junio de 2018.


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Los límites existen porque convivimos

… para el individuo educado en la cultura occidental es difícil ver más allá del individuo. Estamos educados en una preferencia tanto ética como estética por la autodeterminación individual.
S. Minuchin y C. Fishman (2006)
El límite cobra relevancia, siempre, en el encuentro con el otro.

Para poder relacionarnos debemos reconocer, cada uno de nosotros, nuestro límite y nuestra diferencia. Ese es el necesario punto de partida de toda relación y una idea fundamental en el tema de los límites.

En el marco de las relaciones familiares y escolares, decirlo y actuar en consecuencia implica un significativo recorrido de aprendizaje intelectual y emocional.

No hay vivir que no implique convivir

Desde que la humanidad existe, unirse para coexistir es el motivo esencial que impulsa toda suerte de formato social. Con mejor o peor resultado, usted habrá crecido con la ayuda de personas que le proporcionaron algún tipo de sostén, cuidados y apoyos básicos,  Con el paso de los años, habrá experimentado cómo, entre todos, iban desarrollando variados modos de coordinar sus acciones con el objeto de garantizar distintos grados de satisfacción de intereses y necesidades, comunes e individuales.

Como adulto, es improbable que usted viva y se desenvuelva siempre en soledad. Resulta absolutamente necesario contar y gozar de momentos de soledad e intimidad, pero esta situación nunca será una condición permanente. Aun en el caso de trabajar por propia cuenta y en su propio hogar, alguna vez requerirá de los servicios de alguien para arreglar algo y deberá convenir algunos acuerdos mínimos con el proveedor del servicio.

La vida es vida de relación

En el marco del tratamiento del tema de los límites en el ámbito familiar y educativo, diremos que madurar implicará, básicamente, aprender a reconocer dos cosas: que los demás también existen y que si no estuvieran, sería imposible sobrevivir, así de simple.

Desde que nacen, las personas se desenvuelven y desarrollan como miembros de una red de vínculos confiables. Si el vínculo no resulta confiable, si no ofrece un mínimo de seguridad afectiva, no se puede hablar de vínculo. Perdemos las ganas de vivir cuando quedamos desconectados de la relación con los demás .

Por esto, porque no hay vivir que no implique convivir y porque, en realidad, la vida es vida de relación, es tan importante volver a valorar la colaboración y el bien común como sustento de nuestra humanidad.

Tenemos que descartar la idea de individuo y dar lugar al concepto de persona, ese ser humano que se va constituyendo, día a día y desde que nace, en el enmarañado, en la red de relaciones en las que participa a medida que crece, sin confundirse y a la vez relacionándose.

Nuestra cultura y educación individualista, competitiva y exitista tiene consecuencias. Los hijos y los estudiantes que hoy muestran dificultad para reconocer y aceptar la existencia de límites suelen tener una fuerte incapacidad para desarrollar entendimiento y consideración por los demás. Entienden la vida como un espacio de estrellato o pugilato personal, como un reality show donde sólo se juega la farsa del juego del poder, sin ver que el que gana ha quedado irremediablemente solo y, con el pasar de los días, será también olvidado.

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Vos tuviste suerte con tus hijos

Conversando con una pareja a quienes asesoro en temas de crianza, el padre comentó que un amigo le dijo que había tenido suerte con sus hijos. Su respuesta fue la siguiente: “No tuve suerte, trabajé en el tema y lo sigo haciendo para que todos estemos bien.

No es la primera vez que me cuentan algo así. Una mujer me decía que le daba rabia que le dijeran eso y que hasta le resultaba una descalificación de todo el tiempo y esfuerzo intelectual, emocional y monetario que significó para ella revisar su historia, desaprender y volver a aprender.

Hacia una nueva comprensión de lo que significa ser humano

No nos damos cuenta de que nuestra comprensión tradicional de lo que significa ser humano distorsiona la mirada y nos quita posibilidades de transformación personal. Necesitamos hacer un cambio conceptual tan radical como el que significó aceptar que es la tierra la que gira alrededor del sol.

Tradicionalmente creemos que somos creados de tal manera que podemos indicar algunas propiedades fijas que poseemos como seres humanos y que ellas se irán haciendo evidentes a medida que crecemos, en función de los comportamientos, actitudes, logros o fracasos que tengamos.

En el contexto de la crianza, cuando un niño o niña logra algo se supone que esto ha sido gracias a algunas disposiciones naturales que tiene y si no lo logra es porque “no es lo suyo” o porque “él es” apático o “le falta” voluntad. Esta manera de decirlo supone que esos chicos o chicas tienen o no tienen esas disposiciones, se asume que nacieron o no nacieron con ellas y, al mismo tiempo, deja en evidencia el proceso habitual por el cual “descubrimos” quienes son a medida que observamos lo que hacen.

Cuando nace un bebé, todavía no sabemos quién o cómo será; sin embargo, a medida que crece y se manifiesta con su comportamiento, los adultos comenzamos a hablar acerca de él como si descubriéramos cómo realmente es ese bebé. Lo que “hace” se transforma en lo que “es”.

Entonces comienza un proceso de refuerzo lingüístico, porque cada vez que decimos que es ‘sensible’, ‘generoso’, ‘disperso’, etc., los niños y las niñas escuchan como hablamos de ellos, se lo creen y comienzan a vivir de acuerdo a la idea de lo que creen que son, porque así lo aprendieron de sus mayores. Para dar un ejemplo, si me han convencido de que soy apático y me falta voluntad, para qué voy a soñar con pilotear un avión.

Esta interpretación tradicional de lo que es ser humano implica la existencia de una forma de ser permanente. La idea de que el ser humano posee propiedades fijas impide ver que ser persona trasciende toda definición y etiqueta.

Las personas cambian solo cuando cambia su convivir

El desafío a esta comprensión tradicional se hace poniendo en el centro el reconocimiento de que somos seres lingüísticos, seres que vivimos en el lenguaje. En la medida en que producimos cambios en nuestra comunicación y manera de comportarnos habilitamos la posibilidad de cambiar nuestras definiciones y creencias y ayudamos a los otros a transformar las caracterizaciones que han hecho de sí mismos.

Aquí viene a cuento el comentario reciente de una mujer que acababa de pasar algunos días de vacaciones con su nieto y la madre del niño y otros días de vacaciones con ese mismo nieto y su padre. Le llamaba la atención la manera diferente en que ese niño se manifestaba en uno y otro espacio de convivencia. Y no estábamos hablando de un chico santo o demonio cuando estaba con uno u otro progenitor, no pensemos en patologías. Toda su actitud general cambiaba de modos muy sutiles e interesantes de ver.

Este es uno de los muchos ejemplos que desafían las creencias distorsivas que tenemos acerca de lo que significa ser humano. Si oyéramos hablar por separado a la madre o al padre del niño de la anécdota podríamos jurar que están hablando de otro chico. Ni nosotros ni los hijos e hijas somos por fuera de la trama relacional de la que formamos parte.

Otro ejemplo de esto es el de aquél chico o chica que cambia de maestra o escuela y observamos como se despliegan comportamientos nuevos o se repliegan o transforman otros. Y también están las veces en que cambiamos de trabajo y nos encontramos desplegando capacidades que no imaginábamos que teníamos cuando trabajábamos en otro lugar.

No tenés buena o mala suerte con tus hijos

Los hijos e hijas no “te salen” mejores o peores, no vienen hechos y programados para portarse bien o mal, ser rebeldes o sumisos. La mayor parte de lo que pasa en la familia depende de lo que se hace o deja de hacer, de lo que se dice y lo que no y, muy especialmente, de cómo se dice lo que se dice.

Lamentablemente, este paradigma tradicional de ser humano le quita a la familia su enorme potencia transformadora y amorosa. Debo agregar aquí que quienes tienen el poder de ocuparse de los cambios son los adultos, no los chicos. Los hijos e hijas no tienen ni el poder ni la madurez intelectual para poder reflexionar sobre su circunstancia.

Un espacio para los adultos a favor de la infancia y la juventud

Te invito a conocer la especialización en el Enfoque Relacional Dialógico, un espacio de aprendizaje en 4 módulos que hará una diferencia en tu familia y en todos tus espacios de convivencia.

La propuesta te dará la oportunidad de vivenciar y reflexionar sobre lo que se piensa y se hace habitualmente en la familia, donde aprender por donde circula la salud socio-emocional y cómo mejorar. Todo esto es igualmente válido en el ámbito educativo.

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¿Dejar que lloren?

el castigo y el abandono nunca han sido una buena forma de conseguir el desarrollo de personas cálidas, afectuosas e independientes.” — Michael L. Commons

El título de esta entrada del blog puede parecer dramático. Pero se trata de una recomendación que, lamentablemente, sigue demasiado presente y válida para gran parte de la población. Por este motivo, me pareció muy importante conversar un poco sobre el dejar llorar en soledad a los bebés y compartir los resultados de una investigación publicada por la Universidad de Harvard sobre las consecuencias de esta recomendación.

Para mí y para tantas y tantos madres, padres y profesionales que desde hace (por lo menos) 25 años trabajamos en pos de “otra crianza”, lo dicho no es novedad. Los autores de esta investigación no son los primeros profesionales que se ocupan del tema. Pero cambiar la mirada, los mitos y las costumbres lleva tiempo y siempre viene muy bien el testimonio de profesionales reconocidos que puedan aumentar la confianza de que lo que venimos afirmando hace años es “saludable” y no el delirio de algunas personas fanáticas de “lo natural”.

Lo natural es el apego

Mi madre me contaba que, para la época en que nací, los médicos les indicaban a los padres que dejen llorar al bebé toda la noche, para que aprenda a dormir sin comer durante esas horas. Un día estábamos comentando esto junto a con una tía uruguaya de la misma generación que mi madre. Al escucharlo, recordó que a ella le habían recomendado lo mismo, “pero yo no le hice caso, ni loca dejaba llorar a mi hija”, agregó. Y tiene sentido su desobediencia, porque “lo natural es el apego.”

Los padres y madres que dejan llorar a sus hijos “sufren”. Es insoportable no hacer nada cuando un niñito o niñita lloran; nos desesperamos buscando qué hacer para consolarlos. Sólo la fuerza del saber-poder que les damos a los médicos (que en muchos sentidos es valioso, se lo han ganado y así los necesitamos, idóneos) hace que muchas madres y padres venzan su instinto y consigan dejar llorar a sus hijos. La otra razón, es que ellos mismos han quedado desconectados, un tanto inmunes al llanto, porque los han tratado así cuando fueron pequeños.

Había una vez en Harvard…

De aquí en adelante comparto parte del artículo de la revista de la Universidad de Harvard donde presentan el resultado del trabajo de dos investigadores de la Escuela de Medicina de esa universidad. Ellos afirman que la disposición a dejar llorar a los niños los lleva a ser más temerosos y a llorar más cuando son adultos. En este link pueden acceder a la versión original y completa del original: Children Need Touching and Attention, Harvard Researchers Say.

Michael L. Commons y Patrice M. Miller, investigadores del Departamento  de Psiquiatría de la escuela de Medicina, dicen que en lugar de dejar llorar a los bebés los padres deberían mantenerlos cerca, consolarlos cuando lloran y traerlos a la cama con ellos, donde se sienten seguros.

Ellos observaron prácticas de crianza en los Estados Unidos y en otras culturas y concluyeron que la costumbre de poner a los niños en camas separadas –e incluso en cuartos separados– y de no responder rápidamente a sus llantos puede llevar a incidentes de estrés post traumático y desórdenes de pánico cuando alcanzan la edad adulta.

El resultado del estrés por separación es causal de cambios en el cerebro de los infantes y hace a esos futuros adultos susceptibles de estrés en sus vidas, dicen los investigadores mencionados.

“Los padres deberían reconocer que dejar llorar a sus bebés innecesariamente los daña de forma permanente”, explica Commons. “Produce cambios en el sistema nervioso, por lo que quedan demasiado sensibles a futuros traumas.

De acuerdo a Charles R. Figley, de la Universidad Estatal de Florida, el trabajo de estos investigadores es único porque toma un abordaje interdisciplinario, examinan la función cerebral, el aprendizaje emocional de los niños y las diferencias culturales. En sus palabras, esta investigación “da cuenta de las diferencias interculturales en las respuestas emocionales de los niños y su habilidad para lidiar con el estrés, incluido el estrés traumático.”

Los investigadores dicen que las prácticas de crianza están influenciadas por el temor a que los niños crezcan dependientes, pero que los padres están en el camino equivocado: el contacto físico y la promesa tranquilizadora vuele a los niños más seguros y mejor habilitados para forjar relaciones adultas cuando finalmente encaren la vida por su cuenta. “Haber enfatizado tanto en la independencia ha resultado en efectos secundarios muy negativos”, dice Miller.

La forma en que somos criados imprime un tinte cultural a toda nuestra sociedad, dicen Commons y Miller. En general, a los estadounidenses no les gusta que los toquen y se enorgullecen de la independencia hasta el punto de aislamiento, incluso cuando se encuentran en un momento difícil o estresante.

A pesar de la creencia convencional acerca de que los bebés deberían aprender a estar solos, Miller dice que ella cree que muchos padres “hacen trampa”, mantienen a sus bebitos con ellos en sus cuartos, por lo menos inicialmente. Además, una vez que los niños gatean por todos lados, encuentran el camino hacia el cuarto de sus padres por su cuenta.

Commons y Miller dicen que los padres no deberían temer mantener a sus bebés en “estado de bebés”, más bien deberían sentirse libres de dormir con sus niños infantes, de mantenerlos cerca, tal vez en una cama en la misma habitación y así confortarlos cada vez que lloran. Commons afirma que “existen modos de crecer y ser independientes sin necesidad de hacer atravesar a los bebés por ese trauma. Mi recomendación es mantenerlos seguros, así ellos pueden crecer y asumir algunos riesgos.”

Además de los temores de dependencia, los investigadores comentaron que otros factores también han influenciado nuestras prácticas de crianza, entre ellos, la preocupación de los médicos de que el bebé pueda resultar lesionado si uno de los padres rueda encima de él. Además, la creciente riqueza de la nación ha colaborado con la tendencia hacia la separación, al proporcionar a las familias los medios para comprar viviendas más grandes, con habitaciones separadas para los niños.

Como resultado, Commons and Miller dicen, esta es una nación a la que no le gusta cuidar de sus propios hijos, una nación violenta, marcada por relaciones distantes, sin acercamiento físico entre las personas. “Pienso que existe una resistencia real en esta cultura hacia el cuidado de los niños.” Dice Commons. Porque “el castigo y el abandono nunca han sido una buena forma de conseguir el desarrollo de personas cálidas, afectuosas e independientes.”