Despojos de niños

Niña abrumada en su vida

Periódicamente y a partir de la preocupación de madres, padres y educadores, me enfrento con la postal de algunos de esos despojos de niños, niñas y jóvenes que son la dolorosa expresión de su paso por dos arraigadas instituciones sociales: la escuela y la familia. La escuela con su marco normativo, normalizador y evaluador. La familia, constituida sobre el mismo patrón.

Padres, madres y docentes, adultos hoy, fuimos modelados por nuestros propios padres y madres y por las horas y horas de tránsito intenso por todo el sistema educativo. Un dramático paso por unas instituciones cuya dinámica relacional, inevitablemente, producirá alguna dosis de sufrimiento del que difícilmente se puede escapar sin ser afectado y mínimas (o ninguna) dosis de remedios emocionales efectivos.

Cuando hace algunos años cursaba la licenciatura en educación me encontraba un poco fastidiada de leer y encontrar citados, una y otra vez, a Foucault y Bourdieu y Deleuze, etc. Me daba cuenta (y me sorprendía) de cuanto de esa ‘crítica’ tenía eco en la cabezas ‘teóricas’ de los profesionales de educación, psicopedagogía, etc. y que poco de ello resonaba en la vida cotidiana de la familia y las escuelas. Una cita de J. Félix Angulo Rasco, en particular, me llamó la atención y confirmó una de mis intuiciones acerca un aspecto particular del drama en el que se desenvuelve nuestra infancia y juventud:

En todo caso, parece sobreentenderse que la calidad misma [de la educación] depende únicamente de los “resultados” del servicio en los alumnos/as. Lo que suele llevar como consecuencia que la responsabilidad de los docentes y de los centros escolares, en la calidad del servicio prestado, venga determinada –casi exclusivamente– por las “tasas de resultados” de sus alumnos/as.

Como dice el refrán, el hilo se corta por lo más delgado. Y lo más delgado en la cadena de poder burocrático educativo es el niño.

Muchas veces me sucede que la indignación o la impotencia me permiten superar mi timidez. Así fue como, hace algunos años, sentí el imperativo de escribir lo que sigue:

Despojo de niño

Arrasado por la angustia de corazones anhelantes, con esa preocupación que le viene de prestado, que nunca comprende.

Último depositario de todas las presiones. Responsable del buen nombre de sus padres, del maestro, del buen nombre de la escuela, y de la jurisdicción, y de la administración …

Al fin, existencia solitaria. Pareciera que su único destino, conjurado en desconocidos despachos, será el de aquellas pruebas de la que tantos dependen. Presión, presión. Enojo, enojo. Calza en la matriz, no calza en la matriz. Calza, no calza. ¿Cómo se llama ese niño?

Paradoja.

El in-fante de Rousseau, el sin voz, cuya respuesta se ausculta con desesperación como medida de toda potencia e impotencia. Y aún así, nunca oído. Calza, no calza.

El primero y el último de todas las miradas.  Y aún así, nunca visto. Calza, no calza. Moneda de cambio de tantas inquietudes.

Ahí está él, indefenso. Ahí está, el indefenso. Y todavía no entienden de dónde la violencia.

Pienso en las escuelas, las de antes y las de ahora y, en este sentido, no hay diferencia. El cambio que se necesita es radical, de lo contrario nada, absolutamente nada, habrá de cambiar. La vida familiar también deberá cambiar radicalmente, de otro modo los padres y las madres seguirán siendo el mejor insumo de esa educación que, en sentido contrario a lo que promete, es reproductiva de lo que menos necesita hoy la humanidad.