La dignidad del no *

El “no” tiene mala prensa y no se lo merece.

Puede que no guste escucharlo, pero como palabra es mucho más heroica que el sí. Es el no de ese niño que pelea por su autodeterminación cuando lo obligan a comer sin hambre, es el no de una mujer que pelea por ser respetada cada vez que no desea ser abordada de manera impropia por otra persona, es el no de algún hombre que rechaza su esclavitud y pelea por su libertad.

Cuando asesoro en temas de crianza tanto como en las consultas individuales de mujeres, la dificultad para decir no sin culpa es recurrente. En general, nuestro tránsito familiar y escolar ha sido un largo entrenamiento para el sí. Los niños y las niñas buenos son los que hacen caso, ellos dicen sí. Los que dicen no son rebeldes, desobedientes. El no conlleva el riesgo de la sanción social y el dejar de ser queridos. En el hogar, en la escuela y hasta en el trabajo la condición más valorada es la disposición al sí.

Las mujeres, el no y la culpa

Aunque las mujeres ya nos estamos dando cuenta de que el no es una palabra más del vocabulario femenino, cada vez que decimos no suele invadirnos un sentimiento de culpa o el temor a dejar de ser queridas.  “¿No estaré siendo egoísta?” se preguntan muchas mujeres. ¿Tan malo es no querer ir a ver la película que esas amigas o mi novio quieren ver? ¿Es ser egoísta no querer mudarme y perder mi trabajo y mis relaciones cuando el sueño de mi pareja es ir a vivir a Bariloche? ¿Es mucho pedir que mis chicos se duerman un día sin cuentito porque no doy más de cansada? A contar por la reacción de los demás, pareciera que sí, que es mucho pedir, que no se entiende cómo es que yo, siempre tan dispuesta y buena onda diga no.

La identidad de género se refiere a un conjunto de rasgos asignados a la mujer y al hombre que son socialmente construidos, un invento cultural que dice, por ejemplo, que los hombres nacieron para conducir autos y las mujeres para lavar platos. Me sorprende que todavía haya hombres que lo creen y mujeres que no se animan a manejar. De manera directa o indirecta, el relato patriarcal dice que lo naturalmente dado a las mujeres es la abnegación, la generosidad y el cuidado de los demás. Así las cosas, si por algo vamos a ser queridas y aceptadas será por nuestra disposición a poner a los otros por delante nuestro. Esta pesada carga, más o menos consciente, es la que nos deja siempre con muy poco margen para decir no sin culpa.

¿Qué quiero yo?

Esta pregunta es la clave. Una negativa bien establecida es un “yo no quiero”, es un acto de afirmación que marca mi límite y mi diferencia. Cada vez que queremos decir no y no lo hacemos se resiente nuestro sentido de dignidad, porque nos habremos invalidado a nosotras mismas. Nuestra culpa suele ser un pudor oculto que dice que está mal afirmar nuestro deseo o nuestra necesidad. Recordá, entonces, que cada vez que decís no, simple y naturalmente, querés algo diferente de lo que los otros quieren, recordá que vos también sos un ser humano.

* Esta nota que escribí fue publicada en la edición de la revista Mía del 27 de Junio de 2018.


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