Vos tuviste suerte con tus hijos

Imagen tres plantas de cactus/crasas diferentes simbolizando que los hijos son diferente

Conversando con una pareja a quienes asesoro en temas de crianza, el padre comentó que un amigo le dijo que había tenido suerte con sus hijos. Su respuesta fue la siguiente: “No tuve suerte, trabajé en el tema y lo sigo haciendo para que todos estemos bien.

No es la primera vez que me cuentan algo así. Una mujer me decía que le daba rabia que le dijeran eso y que hasta le resultaba una descalificación de todo el tiempo y esfuerzo intelectual, emocional y monetario que significó para ella revisar su historia, desaprender y volver a aprender.

Hacia una nueva comprensión de lo que significa ser humano

No nos damos cuenta de que nuestra comprensión tradicional de lo que significa ser humano distorsiona la mirada y nos quita posibilidades de transformación personal. Necesitamos hacer un cambio conceptual tan radical como el que significó aceptar que es la tierra la que gira alrededor del sol.

Tradicionalmente creemos que somos creados de tal manera que podemos indicar algunas propiedades fijas que poseemos como seres humanos y que ellas se irán haciendo evidentes a medida que crecemos, en función de los comportamientos, actitudes, logros o fracasos que tengamos.

En el contexto de la crianza, cuando un niño o niña logra algo se supone que esto ha sido gracias a algunas disposiciones naturales que tiene y si no lo logra es porque “no es lo suyo” o porque “él es” apático o “le falta” voluntad. Esta manera de decirlo supone que esos chicos o chicas tienen o no tienen esas disposiciones, se asume que nacieron o no nacieron con ellas y, al mismo tiempo, deja en evidencia el proceso habitual por el cual “descubrimos” quienes son a medida que observamos lo que hacen.

Cuando nace un bebé, todavía no sabemos quién o cómo será; sin embargo, a medida que crece y se manifiesta con su comportamiento, los adultos comenzamos a hablar acerca de él como si descubriéramos cómo realmente es ese bebé. Lo que “hace” se transforma en lo que “es”.

Entonces comienza un proceso de refuerzo lingüístico, porque cada vez que decimos que es ‘sensible’, ‘generoso’, ‘disperso’, etc., los niños y las niñas escuchan como hablamos de ellos, se lo creen y comienzan a vivir de acuerdo a la idea de lo que creen que son, porque así lo aprendieron de sus mayores. Para dar un ejemplo, si me han convencido de que soy apático y me falta voluntad, para qué voy a soñar con pilotear un avión.

Esta interpretación tradicional de lo que es ser humano implica la existencia de una forma de ser permanente. La idea de que el ser humano posee propiedades fijas impide ver que ser persona trasciende toda definición y etiqueta.

Las personas cambian solo cuando cambia su convivir

El desafío a esta comprensión tradicional se hace poniendo en el centro el reconocimiento de que somos seres lingüísticos, seres que vivimos en el lenguaje. En la medida en que producimos cambios en nuestra comunicación y manera de comportarnos habilitamos la posibilidad de cambiar nuestras definiciones y creencias y ayudamos a los otros a transformar las caracterizaciones que han hecho de sí mismos.

Aquí viene a cuento el comentario reciente de una mujer que acababa de pasar algunos días de vacaciones con su nieto y la madre del niño y otros días de vacaciones con ese mismo nieto y su padre. Le llamaba la atención la manera diferente en que ese niño se manifestaba en uno y otro espacio de convivencia. Y no estábamos hablando de un chico santo o demonio cuando estaba con uno u otro progenitor, no pensemos en patologías. Toda su actitud general cambiaba de modos muy sutiles e interesantes de ver.

Este es uno de los muchos ejemplos que desafían las creencias distorsivas que tenemos acerca de lo que significa ser humano. Si oyéramos hablar por separado a la madre o al padre del niño de la anécdota podríamos jurar que están hablando de otro chico. Ni nosotros ni los hijos e hijas somos por fuera de la trama relacional de la que formamos parte.

Otro ejemplo de esto es el de aquél chico o chica que cambia de maestra o escuela y observamos como se despliegan comportamientos nuevos o se repliegan o transforman otros. Y también están las veces en que cambiamos de trabajo y nos encontramos desplegando capacidades que no imaginábamos que teníamos cuando trabajábamos en otro lugar.

No tenés buena o mala suerte con tus hijos

Los hijos e hijas no “te salen” mejores o peores, no vienen hechos y programados para portarse bien o mal, ser rebeldes o sumisos. La mayor parte de lo que pasa en la familia depende de lo que se hace o deja de hacer, de lo que se dice y lo que no y, muy especialmente, de cómo se dice lo que se dice.

Lamentablemente, este paradigma tradicional de ser humano le quita a la familia su enorme potencia transformadora y amorosa. Debo agregar aquí que quienes tienen el poder de ocuparse de los cambios son los adultos, no los chicos. Los hijos e hijas no tienen ni el poder ni la madurez intelectual para poder reflexionar sobre su circunstancia.

Un espacio para los adultos a favor de la infancia y la juventud

Te invito a conocer la especialización en el Enfoque Relacional Dialógico, un espacio de aprendizaje en 4 módulos que hará una diferencia en tu familia y en todos tus espacios de convivencia.

La propuesta te dará la oportunidad de vivenciar y reflexionar sobre lo que se piensa y se hace habitualmente en la familia, donde aprender por donde circula la salud socio-emocional y cómo mejorar. Todo esto es igualmente válido en el ámbito educativo.

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– Soy porque el otro existe

– La conversación nos humaniza.

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Soy porque el otro existe

El niño que cree que puede ser por fuera de su relación con los demás
Crédito de la imagen: @Tute.dibujante (Facebook) @TuteHumor (Twitter)

Necesitamos de los demás para ser nosotros mismos. — San Agustín

Hace un ratito vi esta viñeta en Facebook y me resultó una muy bien ilustrada oportunidad para aclarar algunas ideas relacionadas con la crianza y la educación.

Muchas dificultades en la familia y en las escuelas tienen en su base este fallo de comprensión. Es cierto que ese niño es una persona diferente de su madre y que, con el paso de los años va asumiendo cada vez más grados de autodeterminación y realizando lo que quiere para sí mismo. Sin embargo, en un sentido profundo, la creencia de que puede “ser” sin su mamá o cualquiera otra persona de su vida es errónea. Como dice Esko Kilpi

La identidad se construye a partir de estar en relación, estando conectado, en contraste con la corriente de opinión predominante de la identidad a través de la separación. El conocimiento de uno mismo y del otro llega a ser visto como co-construido.

Si la mamá más toda la red de personas con las que se entrelaza la vida de un niño o una niña no existieran no podrían desarrollar su personalidad. Y no solamente porque necesitan del afecto, la palabra y los cuidados físicos y emocionales que los adultos u otros pares pueden darle, sino porque la cotidiana interacción con esos otros es la que le devuelve la idea de quien es, la idea de su propio valor, de lo que es o no capaz de hacer y hasta de la validez de sus propios sueños para el futuro. Si a un niño lo tratas de torpe, se creerá torpe, si le dices que lo amas pensará acerca de si mismo como merecedor de afecto y será también capaz de darlo.

La persona ya es red

La “relación con” es nuestra condición previa de humanidad. Si queremos mejorar la salud de la convivencia en la familia o en las escuelas tenemos que poner en el centro las relaciones y conversar en profundidad acerca de qué características toma una convivencia saludable y una que no lo es.

Esta idea de “ser” sin el otro, de individuo por sobre la de persona (enmarañada en una comunidad) es una falla conceptual que nos arruina la convivencia y nuestro futuro como humanidad. Como dice mi querido amigo Augusto de Franco:

El concepto de individuo -una caracterización biológica o una abstracción económica y estadística- tiende a perder sentido para dar lugar a la persona, que es, de hecho, quien existe como ser humano concreto.

Pero la persona ya es red. Nadie nace con tal condición, no basta ser un individuo de una especie, en términos biológicos, para ser humano.

Decir que para los seres humanos “en el principio era la red” significa decir que e necesario nacer (con-vivir) en una red (social) para tornarse humano.Aquél que es genéticamente humanizable solo consuma tal condición a partir de sus relaciones con personas (que ya fueron) humanizadas.

Si te pareció de interés agradezco que compartas. Tus comentarios son bienvenidos.

 

Nos humanizamos en la interacción

Julieta_e_hija

No dar todo por sentado

De entre las tantas citas que circulan por las redes, esta que me llegó hace unos días me resultó problemática en muchos sentidos, y también, una buena oportunidad para sentarme a escribir y compartir algunas ideas que considero importantes.

Aquí la cita:

No es nuestro trabajo dar forma a los niños, sino nutrir lo que ya son.  – Naomi Aldort

En primer lugar, quiero decir que comparto totalmente la idea de que no se trata de “formar” a los niños ni a nadie en este mundo. Lo sostengo desde hace muchos años y lo he dejado explicitado en los principios que guían mi enfoque de trabajo.

Sin embargo y en otro sentido, desde la mirada de la biología cultural, hoy sabemos que nos formamos en la interacción. Lo que circula en nuestras conversaciones, lo que hacemos en tanto convivimos, es lo que genera identidad. Todos hemos sido y somos constantemente formados en el decurrir de la historia de nuestras interacciones.

En el marco de la particular cultura que habitan, los niños van constituyéndose como personas a medida que establecen relaciones comunicativas y emocionalmente significativas con otras personas y con el medio. Por esto, no se trata de formar y sin embargo nos formamos en la convivencia. Un formarse que es un permanente transformarse. Estar vivo implica un estado de permanente cambio y aprendizajes.

Esto de formar tiene otras aristas

¿Cuál es la diferencia que quiero señalar? Los supuestos que están detrás de la palabra formar, los cuales definen las intenciones y las acciones de las personas.

Como adultos, hemos crecido bajo el paraguas de una lamentable metáfora que dice que los niños y las niñas son “una masa sin moldear”. Nada más patéticamente mecanicista y fabril que esta idea y nada más lejano al desarrollo de una vida digna y saludable. Desde esta perspectiva, formar es dar forma, como si de construir un auto se tratase. Como consecuencia, el adulto se asume a sí mismo como activo y el niño queda en una posición pasiva y con poco o ningún espacio para su autodeterminación y deseo.

Así, la convivencia con los chicos se transforma en un espacio de relaciones burocráticas: el adulto manda y vigila y el niño queda constituido en objeto en manos del adulto. El niño será lo que el adulto decida. El niño no sabe nada, está vacío, el adulto sabe y lo llena de contenidos y mandatos. Los chicos no tienen arte ni parte en la definición de su vivir y devenir, menos aún palabra.

En el marco de estas interacciones directivas y formativas, niños y jóvenes terminan constituyéndose como personas emocionalmente desconectadas, rabiosas y desanimadas, se sienten muy poco escuchadas y respetadas en sus deseos y sentires y nos lo hacen saber con fuerza. En tanto, los adultos no entienden por qué (y a pesar de sus “nobles intenciones”) nada de lo que hacen funciona; sienten impotencia y frustración y comienzan a convencerse de que aquel niño nació heredando el mal carácter de algún pariente lejano.

Establecer relaciones en las cuales los niños y las niñas se humanizan a partir de sus interacciones implica correr el eje de lo formativo y productivo hacia lo que sucede en el encuentro. Para conseguirlo, tenemos que aprender a escucharlos y brindarles espacios de elección personal.

  • Para escucharlos es imprescindible validarles la palabra, dar lugar a sus emociones y valorar sus deseos.
  • Darles espacios de elección requiere incluirlos con sus diferencias en el ámbito de la convivencia.
Nada queda fuera de la relación

Así como comparto la crítica a la idea de que criar es formar, no comparto el que se designe a los niños y las niñas como “lo que ya son”.

Nutrimos nuestra humanidad en las relaciones que establecemos con otros seres igualmente humanos. Si no fuera por las experiencias devenidas de las relaciones que los chicos establecen en la red vincular en la que habitan ‘no serían nadie’.

Como seres biológicos todos nosotros somos seres emocionales que habitamos en el lenguaje. Un niño o una niña que no se relaciona verbal y amorosamente con otras personas se deja morir, pues pierde el deseo de vivir. Así lo probó de manera trágica Federico II de Prusia en el S XII.

En las palabras de Dichan Dichtchekenian, vivir sin estar en relación con otros no tiene sentido para los seres humanos.

Afirmo que, desde siempre, el hombre es relación con, y que esa condición de relación no es una eventualidad, sino lo que le es dado al hombre en su existir. Entonces, vivir una relación no es una elección o una máximo de existencia que cada hombre vive, sino un acontecer originario en el cual el hombre se encuentra sumergido.

Dichan Dichtchekenian – Diálogo como camino para a casa do homem.

Estamos todos mutuamente determinados.
Estamos todos mutuamente determinados.
Si decimos que los niños “ya son”, entonces suponemos un estado previo al encuentro con su familia y comunidad. Podría desprenderse de esto, entonces, que los adultos no debiéramos hacer nada o hacer muy poco, porque ellos “ya son”. Esto no tiene sentido, porque como he aprendido con Augusto de Franco, una vez que el niño o la niña ha nacido ha quedado inscrito como un nodo más de la red de intercambios con su familia y comunidad. Todo lo que allí suceda habrá de darle un contexto que irá determinando quién es y de qué se trata su mundo.
El cambio en la calidad de vida de los chicos no se trata de una cuestión dilemática acerca de si formamos lo que creemos que no son o si nutrimos lo que creemos que ya son. El cambio en la manera de criar y educar resulta del cambio en la manera de convivir.
Se trata de un cambio en el modo en que nos encontramos, en el modo en que nos reconocemos, en el modo en que coordinamos nuestros haceres. Todo esto se manifiesta en el modo como conversamos.

Alguien se hace miembro de una cultura  – al nacer o al incorporarse a ella como joven o adulto – en el proceso de aprender la red de conversaciones en el curso del vivir como miembros de ella.

Y continúa diciendo que las culturas

cambian cuando una nueva manera de vivir como una red de conversaciones comienza a conservarse de manera transgeneracional …

cambian cuando el emocionar-actuar comienza a ser parte de la manera corriente de incorporación de los niños en esa comunidad y éstos la aprenden al vivirla

Si queremos un mundo mejor, ya no sea para nosotros pero sí para las próximas generaciones, la tarea de cambiar es nuestra responsabilidad.
Los blogs nacieron para dar a conocer ideas y estimular conversaciones.
Si esta lectura te ha resultado interesante te invitamos a compartirla.