Tres palabras para el desánimo

La Desmesurada

Hace poco hice un público reconocimiento en este blog a mi maestra de 5º grado de escuela primaria: La Señorita Elvira. Lo que no dije es que por suerte ella llegó a mi vida justo después de La Señorita X.

Y esto tiene todo que ver con Paula Lesina, super experta en storytelling y con quien estoy aprendiendo muchísimo acerca de cómo contar lo que sea que quiera escribir. En esto estaba cuando un evento de hace dos semanas fue más allá de la escritura. Te voy a contar cómo Paula, La Desmesurada, se convirtió en la protagonista del final feliz de una historia que comenzó cuando yo tenía 9 años.

 

La Señorita X

Las malas experiencias estudiantiles dejan huella, una huella bastante embarrada, en medio del pecho y que cuesta mucho remover.

La Señorita X fue mi maestra de 3º y 4º grado de primaria. Por motivos opuestos a mi experiencia con la Señorita Elvira tampoco olvidé su nombre, pero como voy a hablar mal de ella prefiero no nombrarla.

Un día La Señorita X nos da una de esas patéticas tareas de redacción que se estilaban en esa época, nos pidió que escribiéramos una composición con el tema “La primavera”. A pesar del eterno vacío que ese tipo de consigna me creaba, el tema me entusiasmó, hice la redacción y hasta la ilustré con un dibujo.

Ya no me acuerdo si fue al día siguiente o si habían pasado unos días. De pronto entra en el aula La Directora. “Buenos días niñas” dijo, y ya estando todas de pie respondimos “Buenos días Señorita Directora”. Y nos sentamos.

Paradas ambas mujeres al frente de la clase, dijo La Señorita X:  “A ver, Goren, lea su composición.” Me paré para leer con el corazón latiendo a mil por hora y, casi sin voz, leí mi preciado relato sobre La Primavera. Cuando terminé, pequeño silencio de por medio y estando yo parada todavía, veo cómo La Señorita X gira su cabeza hacia La Directora y le dice de una: ¿Vio que porquería?

Si, así como lo oís. Esas cosas no se olvidan jamás. Lo estoy escribiendo y me recuerdo ahí parada, guardapolvo blanco, flaquita y bajita como era pero sintiéndome más diminuta todavía.

Me quedó en claro que yo “no era buena para las lenguas”, ni la propia ni las extranjeras. En primer año del secundario reprobé Castellano, Francés y Latín (y ya que estaba también Historia). En segundo año reprobé Castellano, Francés y Latín y en tercero Castellano y Francés. Después sobreviví. Parece que con la literatura me arreglé mejor.

 

Qué mundo tan femenino es el rescate

Me voy a correr por un momento del tema porque esto me importa. Porque si al final estoy hablando de de Paula Lesina es gracias a María Inés Pozzato, la maga de Hirumi Crochet. Yo ayudo a tejer y retejer vínculos y María Inés diseña y teje sus muñecos de apego con el mayor amor y cuidado que te puedas imaginar. Ella teje pensando en quien lo recibe, y eso hace la diferencia, porque así es María Inés, con todos.

 

Abrazar los desafíos

Cuando Paula leyó el relato de La Señorita Elvira me preguntó qué otra experiencia podría elegir para mostrar cómo ayudar a crear entornos de aprendizaje emocionalmente seguros. En ese momento no pude encontrar una en particular pero me quedó picando la cuestión de “sentirnos emocionalmente seguros a la hora de aprender”. ¡Tremendo tema!

Una semana después y con ese pendiente en carpeta, veo que el Instagram de Paula amanece con una imagen y un desafío que decía:

¿Cómo explicarías la imagen que acompaña este post a un niño de seis años?

Un bosque y dos mujeres, una mira como la otra esta acostada de espalda flotando en el aire

Y me lancé a responder a ese desafío, así como estaba, con lo enredado que era escribir en el teléfono y en Instagram, con esa letra así de chiquitita, en medio del desayuno y sin los lentes de cerca. La fantasía fluyó y salió un relato que escribí sin detenerme para no perder el envión y así lo compartí.

 

Las ganas de aprender

Vuelvo a leer lo que había escrito y me doy cuenta ¡horror! de que tenía mil “errores”. Entonces, para cubrir un poco mi menguada dignidad de escritora, hago esta aclaración:

Bueh… no miren la puntuación.

A lo que Paula me responde:

Los detalles son de edición. Este es el espacio de compartir y crear. No de juzgar.

Esa respuesta fue puro alivio y me renovó el entusiasmo que estaba opacando con mi propia crítica.

Aprender así libera. Poder ir paso a paso sin temer equivocarse hace que el aprendizaje se sienta como un viaje, como una salida de excursión en la que estamos totalmente dispuestos a ver qué sorpresa nos encuentra en el camino.

¡Qué notable sincronía! Paula acababa de garantizarme un espacio de aprendizaje emocionalmente seguro, justo el tipo de experiencia que ella misma me había invitado a compartir.

Y a modo de un tercer acto de esta historia, como crudo contraste con lo bien que me sentía, volvió a mí el recuerdo de La Señorita X y la primavera fallida de mi infancia.

Un (aparentemente) pequeño evento a las 8 de la mañana cerró un círculo de años que esperaba su final. El hechizo había sido deshecho.

 

La seguridad emocional lo es todo

A la hora de aprender, garantizar un espacio emocionalmente seguro es lo primero, lo del medio y lo último. Es una condición que debe darse todo el tiempo.

No juzgues y destierra el miedo a fallar.

A la hora de crear y brindar contextos de aprendizaje emocionalmente seguros no juzgues y destierra el miedo a fallar. En realidad van de la mano, una cosa no existe sin la otra.

 

Esto le hubiera contado al niño de 6 años del desafío

¿Te imaginas si un día, cuando te despertás, te das cuenta de que tu cuarto y la casa se transformaron en un bosque hermoso? Es tan hermoso que estás seguro de que es mágico.

Sin entender demasiado, dejás durmiendo a tu hermano que todavía no se levantó y te vas al baño a hacer pis y a lavarte la cara. Un poco más despabilado volvés a tu cuarto pensando que nada más sorprendente podría pasarte esa mañana.

Pero no, ¡oh! Hasta las camas desaparecieron ¿y mi hermano? ¿Dónde está mi querido hermanito? te preguntás desesperado. ¿Dónde está? Durmiendo en el aire está ¡en el aire! flotando como si una nube invisible lo estuviera teniendo desde abajo. ¿Te lo imaginás?

Entonces ahora imagínate a mí y mi hermana cuando éramos un poco más grandes que vos. Eso mismo nos pasó cuando yo tenía 14 años. ¿Podés creerlo? Me desperté y mi casa se había transformado en un bosque. Por suerte tu tía Cristina me encontró cerca cuando se despertó, así le avisé que estaba flotando y se bajó suavecito, para no golpearse.

Después nos fuimos a desayunar, porque tus abuelos ya se habían levantado. Estuvo muy bueno vivir en un bosque encantado un día entero.

 

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No quieras nada para tu hijo

Camino de tablas hacia un futuro incierto

¿Quién soy?  ¿Cuál es mi misión en la vida? Para nosotros, el común de los mortales, estas preguntas son un eterno desafío existencial, aunque no siempre presente. Habitualmente las vamos respondiendo a medida que nuestra vida transcurre.

Mas cuando un hijo nace, estas inquietudes vuelven al centro de la escena. Desde la cuna nuestros hijos se constituyen en un gran signo de interrogación para nosotros y nos preguntamos  ¿qué va a ser cuando sea grande? ¿Qué tengo que hacer para que sea una persona de bien? ¿qué clase de persona llegará a ser?

En este punto comienza a delinearse una delgada línea divisoria, casi invisible. Asumiendo que es inevitable y bueno que deseemos “lo mejor” para nuestros hijos, debemos aprender a discernir entre los buenos deseos para con la vida de nuestro hijo y el respeto por la persona que es. Querer lo mejor para él no es lo mismo que decidir por él.

“Como fenómeno lingüístico decimos que el respeto es el juicio de aceptación del otro como un ser diferente de mi, legítimo en su forma de ser y autónomo en su capacidad de actuar. Implica, por lo tanto, la aceptación de la diferencia, de la legitimidad y de la autonomía del otro en nuestra convivencia en común. Implica, por ende, la disposición a concederle al otro un espacio de plena y recíproca legitimidad para la prosecución de sus inquietudes. … El respeto mutuo, como lo señala H. Maturana, es no sólo precondición del propio lenguaje, sino de toda forma de convivencia social, desde la cual el mismo lenguaje emerge.”

Rafael Echeverría (2001)  Ontología del lenguaje. Dolmen Ediciones / Ediciones Granica, Argentina. Pgs. 138-139.

No quieras nada para tu hijo que él no desee para sí mismo.

Después de 20 años de trabajo con familias me siguen importando también estas otras preguntas y sus posibles respuestas. Quiero compartirlas e invito a compartir sus propias respuestas o experiencias al respecto a quien lo desee:

  • ¿Cómo es que los adultos estamos tan empecinadamente convencidos con la idea de que los chicos no saben lo que quieren?
  • ¿Dónde, con quién y cuándo aprendimos que si no nos metemos en la vida de los chicos y los dirigimos con un denodado esmero entonces ellos no harían nada de sus vidas?

“Mi hijo es un poco vaguito”

Sí, dije “vaguito”. Este diminutivo es uno de los eufemismos preferidos de madres y padres cada vez que se encuentran con el desánimo o la desorientación de sus hijos (lo que suele incluir un grado de enojo con la vida, con sí mismos, con sus padres y madres, con sus profesores).

No necesito ser muy perspicaz para imaginar que el ver al propio hijo en ese estado no es agradable y que, ante la falta de perspectiva y opciones que permitan cambiar la situación, de pura impotencia nomás y con cierto sabor amargo en el corazón, suavizan ese duro juicio de valor con el recurso de aplicarle un diminutivo.

Por un lado hay demasiados chicos en ese estado. Por otro, hay demasiadas madres y demasiados padres convencidos de que su hijo nació “congénitamente vaguito”. Creo que debemos dejar de repetir este mismo libreto generación tras generación y animarnos a poner en duda muchas de las prácticas sociales que sustentamos acerca de la educación y la crianza.

Ejemplo de esas prácticas es seguir manteniendo fuera de toda crítica una concepción que dice que los chicos tienen que ir a la escuela (años y años de sus vidas) para aprender un montón de cosas que no tienen nada que ver con lo que les gusta e interesa sobre la base de que después, sólo después, vendrá el momento para elegir qué es “lo que quieren hacer cuando sean grandes”. ¿Cuándo se es grande y qué tiene que ver ser grande con la vocación, el gusto, el deseo y la pasión? ¡Qué bodrio de argumentos y de vida! Y lo digo de tripas, porque mis años escolares fueron eso, un bodrio de contramano, como reza nuestro lunfardo. Lo más lindo de mi vida de estudiante fueron mis “actividades extraescolares”. Gracias a esas actividades no terminé de perderle las ganas a la vida y hoy, con 60 años, me encuentro divertida y con ánimo de bloguera.

Así las cosas, para el momento en el que se supone que los chicos ya están en condiciones de elegir, ya habrán recorrido un buen tramo de sus vidas siendo generosamente guiados, aconsejados y dirigidos por cientos de adultos que sabían muy bien “lo que era mejor para ellos”.

Obviamente, a esa altura, la mayoría de ellos también estarán muy confundidos o habrán perdido la confianza en sus propios criterios o deseos. Para ese momento, tanto los hemos interrumpido, tanto nos hemos metido con sus deseos, tanto hemos superpuesto nuestra visión sobre la de ellos, que al final ya no saben lo que quieren. Lo que les ha quedado bien claro es lo que las madres, los padres y profesores queremos para ellos (¿o de ellos?). Los adultos no lo decimos así, decimos que “sabemos lo que es mejor para ellos”. Aquí otro eufemismo para evitar decir “esto es lo que quiero que hagas, caso contrario me sentiré mal o decepcionado contigo”.

El cambio de rumbo es sencillo

Esta máquina de ponernos sabiondos y mandones en el ámbito de los sueños de nuestros hijos funciona de maravillas. Como lo expresara más arriba, al poco tiempo terminamos confirmando lo que creíamos: que ese chico no sabe lo que quiere y que yo tenía razón. Allí está, enfrente nuestro, ese niño que veíamos en nuestro interior, no el que podría ser si no nos hubiéramos metido tanto.

Algunas sugerencias:

  • Conversá con tus hijos. ¿De qué? De todo, siempre les gusta charlar. Pero, especialmente, dejá que charle acerca de sus sueños. En ese caso, por favor, no los toques siquiera: sus sueños son sagrados.
  • No opines acerca de lo que te cuentan a menos que te pregunten.
  • No le des consejos a menos que te lo soliciten.
  • Tampoco le ofrezcas ayuda a menos que te la pida. Pero ojo! en los términos en que te la pide, no en el modo de lo que “vos creés que es mejor”. Si no te especifica claramente qué necesita no lo adivines y no resuelvas por él, hacele preguntas para que sea más específico. La idea es que le des soporte, no que lo dirijas. Si en última instancia no quiere que lo ayudes, no te enojes.

El poder corrernos del lugar del padre salvador permite que el hijo encuentre en vos a ese adulto que lo quiere, lo acompaña y le da el apoyo incondicional que necesita para ir por sí mismo en pos de sus sueños. Podrá mantener vivo el deseo de ser y hacer lo que desea y dispondrá de la energía que necesita para lograrlo. Va a tener “ganas”. Dejará de ser ese chico del que se dice que “es un poco vaguito”. Dirán de él que “es de esos chicos que saben lo que quieren, que son entusiastas, emprendedores, voluntariosos, dedicados, perseverantes“.

Vas a estar orgulloso de tu hijo y tu hijo va a estar orgulloso de sí mismo. Vas a estar orgulloso de vos mismo y tu hijo va a estar orgulloso de sus padres. Todos salen ganando.