Los límites existen porque convivimos

En Familia, todos juntos

… para el individuo educado en la cultura occidental es difícil ver más allá del individuo. Estamos educados en una preferencia tanto ética como estética por la autodeterminación individual.
S. Minuchin y C. Fishman (2006)

El encuentro con el otro

Como la luz y la oscuridad no existen una sin la otra y son una unidad polar, el tema de los límites resulta paradojal: el límite cobra relevancia, siempre, en el encuentro con el otro. Para poder relacionarme debo reconocer mi límite y mi diferencia. Es parte inherente del proceso dialógico del encuentro entre un “yo” y un “tú” que se constituyen mutuamente, sin confundirse y a la vez relacionándose.

Esta es una idea fundamental en el tema de los límites. En el marco de las relaciones familiares y escolares, se debe comenzar por reconocer que ese niño, esa niña o ese joven existen y son diferentes de mí tanto como que yo soy diferente de ellos. Decirlo y actuar en consecuencia implica un largo trecho intelectual, emocional y espiritual.

No hay vivir que no implique convivir

Desde que la humanidad existe, unirse para coexistir es el motivo esencial que impulsa toda suerte de formato social. Con mejor o peor resultado, usted habrá crecido con la ayuda de personas que le proporcionaron algún tipo de sostén, cuidados y apoyos básicos,  Con el paso de los años, habrá experimentado cómo, entre todos, iban desarrollando variados modos de coordinar sus acciones con el objeto de garantizar distintos grados de satisfacción de intereses y necesidades, comunes e individuales.

Ya como adulto, es improbable que usted viva y se desenvuelva siempre en soledad. Resulta absolutamente necesario contar y gozar de momentos de soledad e intimidad, pero esta situación nunca será una condición permanente. Aun en el caso de trabajar por propia cuenta y en su propio hogar, alguna vez requerirá de los servicios de alguien para arreglar algo y deberá convenir algunos acuerdos mínimos con el proveedor del servicio. Inmediatamente se habrán constituido espacios de derechos y obligaciones claramente limitados (por la costumbre y las leyes) como el día y hora de visita y el precio que su proveedor cobra y usted está dispuesto a pagar a cambio de determinada prestación y no otra.

La vida es vida de relación

Desde que nacen, las personas se desenvuelven y desarrollan como miembros de una red de vínculos confiables. Cuando quedamos desconectados de la relación con los demás perdemos las ganas de vivir. En el marco del tratamiento del tema de los límites, diremos que madurar implicará, básicamente, aprender a reconocer dos cosas: que los demás también existen y que si no estuvieran, sería imposible sobrevivir, así de simple.

Esto implica pensar en relaciones de colaboración y de bien común más que de sujeción y competencia. Los hijos y los estudiantes que tienen dificultad para reconocer y aceptar la existencia de límites tienen una fuerte incapacidad para desarrollar entendimiento y consideración por los demás. Entienden la vida como un espacio de estrellato o pugilato personal, como un reality show donde sólo se juega la farsa del juego del poder, sin ver que el que gana ha quedado irremediablemente solo y, con el pasar de los días, será también olvidado.

 

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¿Dejar que lloren?

Madre confortando a su bebé en brazos

el castigo y el abandono nunca han sido una buena forma de conseguir el desarrollo de personas cálidas, afectuosas e independientes.” — Michael L. Commons

El título de esta entrada del blog puede parecer dramático. Pero se trata de una recomendación que, lamentablemente, sigue demasiado presente y válida para gran parte de la población. Por este motivo, me pareció muy importante conversar un poco sobre el dejar llorar en soledad a los bebés y compartir los resultados de una investigación publicada por la Universidad de Harvard sobre las consecuencias de esta recomendación.

Para mí y para tantas y tantos madres, padres y profesionales que desde hace (por lo menos) 25 años trabajamos en pos de “otra crianza”, lo dicho no es novedad. Los autores de esta investigación no son los primeros profesionales que se ocupan del tema. Pero cambiar la mirada, los mitos y las costumbres lleva tiempo y siempre viene muy bien el testimonio de profesionales reconocidos que puedan aumentar la confianza de que lo que venimos afirmando hace años es “saludable” y no el delirio de algunas personas fanáticas de “lo natural”.

Lo natural es el apego

Mi madre me contaba que, para la época en que nací, los médicos les indicaban a los padres que dejen llorar al bebé toda la noche, para que aprenda a dormir sin comer durante esas horas. Un día estábamos comentando esto junto a con una tía uruguaya de la misma generación que mi madre. Al escucharlo, recordó que a ella le habían recomendado lo mismo, “pero yo no le hice caso, ni loca dejaba llorar a mi hija”, agregó. Y tiene sentido su desobediencia, porque “lo natural es el apego.”

Los padres y madres que dejan llorar a sus hijos “sufren”. Es insoportable no hacer nada cuando un niñito o niñita lloran; nos desesperamos buscando qué hacer para consolarlos. Sólo la fuerza del saber-poder que les damos a los médicos (que en muchos sentidos es valioso, se lo han ganado y así los necesitamos, idóneos) hace que muchas madres y padres venzan su instinto y consigan dejar llorar a sus hijos. La otra razón, es que ellos mismos han quedado desconectados, un tanto inmunes al llanto, porque los han tratado así cuando fueron pequeños.

Había una vez en Harvard…

De aquí en adelante comparto parte del artículo de la revista de la Universidad de Harvard donde presentan el resultado del trabajo de dos investigadores de la Escuela de Medicina de esa universidad. Ellos afirman que la disposición a dejar llorar a los niños los lleva a ser más temerosos y a llorar más cuando son adultos. En este link pueden acceder a la versión original y completa del original: Children Need Touching and Attention, Harvard Researchers Say.

Michael L. Commons y Patrice M. Miller, investigadores del Departamento  de Psiquiatría de la escuela de Medicina, dicen que en lugar de dejar llorar a los bebés los padres deberían mantenerlos cerca, consolarlos cuando lloran y traerlos a la cama con ellos, donde se sienten seguros.

Ellos observaron prácticas de crianza en los Estados Unidos y en otras culturas y concluyeron que la costumbre de poner a los niños en camas separadas –e incluso en cuartos separados– y de no responder rápidamente a sus llantos puede llevar a incidentes de estrés post traumático y desórdenes de pánico cuando alcanzan la edad adulta.

El resultado del estrés por separación es causal de cambios en el cerebro de los infantes y hace a esos futuros adultos susceptibles de estrés en sus vidas, dicen los investigadores mencionados.

“Los padres deberían reconocer que dejar llorar a sus bebés innecesariamente los daña de forma permanente”, explica Commons. “Produce cambios en el sistema nervioso, por lo que quedan demasiado sensibles a futuros traumas.

De acuerdo a Charles R. Figley, de la Universidad Estatal de Florida, el trabajo de estos investigadores es único porque toma un abordaje interdisciplinario, examinan la función cerebral, el aprendizaje emocional de los niños y las diferencias culturales. En sus palabras, esta investigación “da cuenta de las diferencias interculturales en las respuestas emocionales de los niños y su habilidad para lidiar con el estrés, incluido el estrés traumático.”

Los investigadores dicen que las prácticas de crianza están influenciadas por el temor a que los niños crezcan dependientes, pero que los padres están en el camino equivocado: el contacto físico y la promesa tranquilizadora vuele a los niños más seguros y mejor habilitados para forjar relaciones adultas cuando finalmente encaren la vida por su cuenta. “Haber enfatizado tanto en la independencia ha resultado en efectos secundarios muy negativos”, dice Miller.

La forma en que somos criados imprime un tinte cultural a toda nuestra sociedad, dicen Commons y Miller. En general, a los estadounidenses no les gusta que los toquen y se enorgullecen de la independencia hasta el punto de aislamiento, incluso cuando se encuentran en un momento difícil o estresante.

A pesar de la creencia convencional acerca de que los bebés deberían aprender a estar solos, Miller dice que ella cree que muchos padres “hacen trampa”, mantienen a sus bebitos con ellos en sus cuartos, por lo menos inicialmente. Además, una vez que los niños gatean por todos lados, encuentran el camino hacia el cuarto de sus padres por su cuenta.

Commons y Miller dicen que los padres no deberían temer mantener a sus bebés en “estado de bebés”, más bien deberían sentirse libres de dormir con sus niños infantes, de mantenerlos cerca, tal vez en una cama en la misma habitación y así confortarlos cada vez que lloran. Commons afirma que “existen modos de crecer y ser independientes sin necesidad de hacer atravesar a los bebés por ese trauma. Mi recomendación es mantenerlos seguros, así ellos pueden crecer y asumir algunos riesgos.”

Además de los temores de dependencia, los investigadores comentaron que otros factores también han influenciado nuestras prácticas de crianza, entre ellos, la preocupación de los médicos de que el bebé pueda resultar lesionado si uno de los padres rueda encima de él. Además, la creciente riqueza de la nación ha colaborado con la tendencia hacia la separación, al proporcionar a las familias los medios para comprar viviendas más grandes, con habitaciones separadas para los niños.

Como resultado, Commons and Miller dicen, esta es una nación a la que no le gusta cuidar de sus propios hijos, una nación violenta, marcada por relaciones distantes, sin acercamiento físico entre las personas. “Pienso que existe una resistencia real en esta cultura hacia el cuidado de los niños.” Dice Commons. Porque “el castigo y el abandono nunca han sido una buena forma de conseguir el desarrollo de personas cálidas, afectuosas e independientes.”

Felicidad 24/7 ¿Es realmente lo que nuestros hijos necesitan?

Ilustración de una edición del libro Un mundo feliz de Aldous Huxley

 

“La felicidad real siempre aparece escuálida por comparación con las compensaciones que ofrece la desdicha. Y, naturalmente, la estabilidad no es, ni con mucho, tan espectacular como la inestabilidad. Y estar satisfecho de todo no posee el hechizo de una buena lucha contra la desventura, ni el pintoresquismo del combate contra la tentación o contra una pasión fatal o una duda. La felicidad nunca tiene grandeza.”

Aldous Huxley (1988) Un mundo feliz. Plaza y Janés Editores. Pag.173 

 

La pesada carga de hacer felices a los hijos todo el tiempo

La especialista en crianza Slovie Jungreis-Wolff dice que un error de criterio que produce niños consentidos e ingratos es la actitudmientras sean felices”.  Ella relata que cada vez que le pregunta a las madres y a los padres qué es lo que desean para sus hijos, la respuesta más común es “que sean felices” y para ella esto no debe ser así. En su artículo dice:

La meta no es la felicidad. La línea de llegada de este juego es el carácter, la bondad, la ética y la moral de los hijos. Cuando todo lo que deseamos son niños felices, haremos cualquier cosa para no lidiar con sus quejas, lágrimas y berrinches. Doblamos las reglas, ignoramos nuestro buen juicio y miramos para otro lado ante el mal comportamiento, todo en el nombre de la felicidad de los chicos.

Entiendo que esto puede sonar extraño o exagerado. Pero léase bien, estas palabras no significan que la felicidad no debe tener lugar en la vida o importa poco. Todos anhelamos momentos de felicidad, esto es absolutamente válido y es bueno sentirse feliz. Sin embargo, tener la expectativa de que los hijos y las hijas nunca sufran, o dicho en positivo, esperar que estén felices las 24 horas del día todos los días de su vida es irreal. Esto no es malo o bueno. Es así, es una condición del vivir. Lo que está mal es producir dolor e infelicidad de manera intencional, ser cruel, abusar.

Retomando el artículo de Solvie Jungreis-Wolff, la felicidad de los hijos e hijas tampoco debe ser el parámetro mediante el cual evaluemos si estamos siendo buenos o malos padres o madres. Cuando existe esta confusión, como vimos, las cosas se ponen complicadas para el desarrollo sano de los chicos.

Por mi parte, creo que hay cierta omnipotencia detrás de esta pretensión de tener hijos eternamente felices. Aun en el contexto más ideal de crianza ¿podemos evitar que nuestros hijos día se golpeen tratando de trepar a un árbol o que su mejor amigo o amiga se vaya a vivir a otra ciudad, que un profesor los saque de un partido deportivo de manera quizás injusta o que algún día les llegue su primer desencanto amoroso? Haremos lo mejor que podemos en lo que de nosotros dependa pero, lamentablemente, no podremos tener nunca el control de todo lo que ocurra en sus vidas.

Algunas infelicidades valen, otras no

Complementando el planteo original, me parece importante comentar la creciente dificultad que tienen los adultos para distinguir cuándo el llanto o el berrinche de un hijo o hija es pura voluntad de poder, pura voluntad de poner el mundo a sus pies y cuándo se trata de un dolor emocional que debe ser contemplado. En el primer caso, el único que está sufriendo es su narcisismo y hay que aprender a correrse de manera saludable de esa demanda. En el segundo caso, hay que aprender a dar contención emocional mediante la escucha empática , teniendo en claro que escuchar no es lo mismo que conceder.

Cuando los padres aprenden a distinguir esta diferencia comienzan a saber cuando corresponde decir sí y cuando decir no; habrán adquirido los fundamentos que se necesitan para educar a sus hijos e hijas en valores y actitudes imprescindibles para la vida. La educación en valores llega por defecto, no por imposición moralizante, llega como resultado de la visión que le imprimimos a la convivencia y a la manera en que actuamos ante los eventos cotidianos.

Con menos inspiración que Aldous Huxley pero con igual convicción, afirmo que la autoestima, la confianza y la felicidad se ganan cuando hemos conseguido las cosas por nosotros mismos. No es lo mismo darles a los chicos algunos soportes básicos y alguna ayuda que hacer todo por ellos. Puedo conseguirle una raqueta usada a mis chicos y llevarlos a algún lugar para aprender a jugar al tenis, pero serán ellos quienes tendrán que transpirar la camiseta para conseguir su performance. Si embargo, me encuentro con tantos niños y niñas a quienes se les hecho creer que sus logros dependen más de sus padres o de lo que se compran que del esfuerzo personal. Realmente imaginan que poniéndose el disfraz de Del Potro alcanza (un esfuerzo de tiempo y dinero totalmente a cargo de papá y mamá). Y casi tan rápido como se han vestido aparece la frustración y el desaliento cada vez que ven que la cosa depende de ellos. Así transcurre una y otra vez con estos chicos, se la pasan soñando y abandonando todo lo que emprenden.

En palabras de Jungreis-Wolff

La respuesta para una vida feliz no está en los premios, los juguetes o en nunca experimentar molestias. El placer y la alegría llegan cuando hay un sentimiento de contentamiento. Aprender a estar satisfechos con lo que tenemos y agradecidos por lo que nos han dado crea la felicidad. Hacer que los niños se sientan como si fueran el centro de nuestro universo desde el momento en que son pequeños los vuelve arrogantes.

Niños felices, adolescentes insolentes

Como consecuencia de lo anterior, estoy viendo con mucha preocupación los serios problemas de inmadurez emocional y de falta de autoconfianza, iniciativa y sensibilidad hacia el prójimo que tienen, cada vez más, chicos y chicas de todas las clases sociales, un problema que se agrava a medida que entran en la adolescencia. Esos niños felices se transforman en adolescentes malhumorados, desanimados, indolentes y quejosos que creen que “sus padres y el mundo les debe todo” (ni siquiera algo). Peor aun, no soportan la incomodidad natural que trae el vivir y muchos de ellos encuentran un escape (aparentemente) fácil en el mundo del alcohol y las drogas, un mundo que tienen muy a la mano todo el tiempo

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La estrategia de la madeja de lana en la familia

Mujer con el agua hasta el cuello

Cuando cambias las forma de ver las cosas, las cosas que ves cambian.

Max Plank

Hace muchos años llamé a una psicóloga conocida porque quería recomendarla para atender a una persona de mi conocimiento. Me hizo unas pocas preguntas sobre la situación y sin dudarlo me dijo: “yo no inicio un tratamiento con nadie en medio de una crisis.” Me sentí confundida y un tanto molesta. ¿El destino de alguien en crisis es el de hundirse sin remedio? ¿Podemos o aprendimos a darnos cuenta del momento adecuado para ocuparnos de los problemas a tiempo?

Con estas preguntas en mente, mucha metáfora y algo de mi baúl de experiencias fui configurando esta nueva entrada en el blog que espero disfrutes.

Con el agua al cuello

Desde mi compromiso con la salud y el prójimo, sigo pensando que alguien tiene que hacerse cargo de la ayuda y, en lo que de mí depende, lo intento. Al mismo tiempo y desde la experiencia de varios años de trabajo, entiendo mejor el punto de vista de aquella psicóloga. Porque en medio de una crisis no se puede pensar bien y el trabajo del profesional se hace casi imposible. Dicho esto, pasaré a iluminar un poco mejor el punto.

Hace muchos años vino a consultarme una mujer que trabajaba de guardavidas. Ella me contó que a causa de la desesperación, es común que la persona que se está ahogando se aferre de tal modo al guardavidas que es capaz de ahogarlo también a él. Por este motivo, los guardavidas son entrenados, incluso, para aturdir con un golpe al que se está ahogando; porque la intensidad emocional del miedo que esa situación le genera lo lleva a un estado de irracionalidad que solo puede ser interrumpido de esa manera.

Esto es lo que suele suceder cuando se trata de las relaciones familiares. Es muy común que las personas consulten recién cuando el agua les llega al cuello y están todos a punto de ahogarse. En esas circunstancias, la intensidad de las preocupaciones no ayudan para nada. Abordan las cosas al modo de manotazos de ahogados y eso no permite avanzar a nadie, ni a la familia ni al profesional que ha sido invitado a colaborar.

Lo urgente es enemigo de lo posible

Las personas tienden a creer que el problema es la crisis. No es así, la crisis es la consecuencia de una sumatoria entrelazada de problemas y de lo que no se ha hecho antes. Por lo tanto, siempre que haya voluntad de mejora, tarde o temprano, algo habrá que hacer para aprender de lo que está pasando. Caso contrario, no hay remedio.

Los problemas familiares conviven en madeja y enredados. Existe la fantasía generalizada acerca de que pueden arreglarse de un día para el otro. No es así. Cualquiera que tenga amigos con familia podrá constatarlo. Por este motivo, el mayor desafío que hay que atravesar para poder encararlos radica en la capacidad para superar dos grandes obstáculos: la urgencia (el factor tiempo) y las expectativas (casi siempre) irreales.

El combo urgencia + expectativas irreales hace que los padres y las madres se frustren muy rápido cada vez que se dan cuenta de que no existen soluciones mágicas. Comienzan a saltar de un profesional a otro y sólo consiguen atrasar o empeorar la situación.

En este punto, es importante agregar que el aprendizaje significativo comienza recién después de la crisis, no durante. El trabajo realmente creativo, la posibilidad de ver con otros ojos y apuntalar el cambio sucede cuando la sensación de estar en medio de la tormenta amaina y va creciendo la confianza en que las cosas van a mejorar. Es fundamental distinguir entre lo urgente y lo necesario. Salir de la coyuntura y apuntar al proyecto de vida.

La estrategia de la madeja de lana

Cuando “las papas queman” en la familia, mi recomendación y estrategia de trabajo es la misma que se usa para desenredar una madeja de lana que se ha enredado.

¿Alguna vez trató de desenredar rápido algo que estaba muy enredado? Si es así, se habrá dado cuenta de que si tiraba con fuerza de cualquier lugar sólo empeoraba las cosas. Provistos de tiempo y paciencia, hay que ir tirando un poquito de cada lado para comenzar a ver por donde pasa cada hebra, evaluar las relaciones y darle sentido a cada movimiento. Por un rato se tiene la sensación de tarea imposible pero, de pronto, todo se aclara y el proceso comienza a desenvolverse con facilidad. Uno comienza a notar que cada movimiento se vuelve eficiente y que todo fluye cada vez más rápido, sin tironeos y sin que haga falta cortar las hebras. Porque en familia, eso de cortar por lo sano no sirve.

Evita que la madeja se enrede demasiado

En caso de que sientas que hay cosas que quisieras mejorar en tu familia y no quieres “que el agua le llegue al cuello” te recomiendo lo siguiente:

–  Pon atención en esos (todavía) pequeños problemas cotidianos de convivencia que se repiten demasiado a menudo. Piensa en esas situaciones de “baja frecuencia” ante las cuales descubres que no tienes respuesta y que, además, suelen llevarte a lugares o modos de actuar que hubieras preferido no transitar.

–  Una vez que las ha detectado, ocúpate a tiempo, no postergues. Tener problemas no es el problema. Sería maravilloso si no tuviéramos problemas, pero la vida perfecta es sólo una ilusión y los problemas son parte inevitable del vivir. El peor de los problemas es no poder reconocerlos y dejar que las situaciones escalen a crisis inmanejables y provoquen sufrimiento y peleas.

–  Busca ayuda y ten la disposición de aprender. No estás fallado o fallada, simplemente aprendiste otras cosas y esto que te pasa ahora te invita a explorar otras alternativas, a ampliar tu percepción y a ver desde nuevos puntos de vista.

–  Eres el adulto responsable y tienes los mejores recursos para abordar lo que está pasando. Eres quien tiene la autonomía económica y el potencial intelectual y emocional para reflexionar y aprender. Si en tu hogar aconteciera un problema de finanzas, no esperarías que sean tus hijos quienes se ocupen de arreglar las cosas. Según el caso, te sentarías solo o con tu pareja, evaluarían y planearían cursos de acción y quizás, después, incluirían a sus hijos para que sepan lo que pasa y colaboren en lo que de ellos depende. En mi experiencia, cuando son los adultos los que asumen el problema, el cambio ocurre, es duradero y todos salen más crecidos de la experiencia.

No pretendas arreglar todo de una vez. Recuerda la metáfora de la madeja enredada. Como los problemas de convivencia están todos interconectados, cuando comiences a trabajar sobre una cosa, enseguida aparecerán otras más asociadas a ese problema. Se necesita tiempo y paciencia.

Y para finalizar, otra anécdota. Hace muchos años Rosana Pozzato, una mujer y madre que asistía al espacio grupal,  de crianza sintetizó de manera brillante lo que se ha dicho hasta aquí:

Al principio, venía con un problema y me iba con diez y eso me provocaba cierta frustración. Sin embargo, con el tiempo, aprendí a ver como todas esas cosas estaban conectadas. Ahora puedo definir más rápidamente la situación, pienso mejor y me veo mucho más eficaz al abordar lo que pasa.

Estás bienvenido a contribuir con tus comentarios.

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Los 7 pecados contra la infancia – Dr. Daniel Becker

Daniel_Becker

El verdadero carácter de una sociedad se revela en el trato que da a los niños. 

~ Nelson Mandela

Esta cita de Nelson Mandela fue la elegida por el Dr. Daniel Beckerpara introducir la magnífica charla TEDxLaçador durante el mes de mayo pasado en la ciudad de Porto Alegre de Brasil. Allí planteó la paradoja de lo que sucede en su país:

Nuestros hijos son lo más precioso, queremos el bienestar de ellos a cualquier costo, daríamos nuestra vida por ellos. Sin embargo, nuestros chicos están siendo muy maltratados por la sociedad. En verdad, esto exige una reflexión, exige que pasemos a proponer cambios.

Si pensamos en los chicos más pobres de Brasil, que son la mayoría, de acuerdo con los criterios de Mandela tenemos un pésimo carácter, pues les negamos a ellos derechos básicos, como salud, vivienda, educación, alimentación, los tratamos con violencia y, si ellos se rebelan, ofrecemos a ellos la prisión.

Durante la charla se refirió a los 7 pecados capitales que estamos cometiendo contra la infancia. Pecados capitales que afectan tanto la vida de los chicos pobres como la de los ricos.

1 – Privación del nacimiento natural y del amamantamiento.

La cultura de la cesárea hizo que las mujeres lleguen a creer que el parto normal es la cesárea y que el parto normal es nocivo, doloroso, peligroso. Esto genera muchos males a las criaturas.

Lo mismo sucede con el amamantamiento materno. “La mujer quiere amamantar a su criatura pero, muchas veces, se ve que a los dos meses ya ha sido destetada.” Se ha llegado a pensar que la leche materna es lo mismo que las fórmulas para mamadera. Dice Daniel Becker: “Esto sucede, en gran parte, por causa del nombre que elige la industria para sus marcas: ‘Pro’, ‘Premium’, ‘Supreme’, y por la publicidad que realizan con los médicos. ­­En argentina es ‘Premium’, ‘Nutrilon’, ‘Vital’, ‘Pro’. Como ven, se trata de los mismos fabricantes y operan con idénticas estrategias de marketing.

2 – Tercerización de la infancia.

Los padres disponen de muy poco tiempo por motivos laborales y compromisos de diverso tipo. Por este motivo, los niños están siendo dejados en jardines maternales o al cuidado de niñeras.

Y pierden un tiempo que es maravilloso: la convivencia con los hijos. Los niños pierden la convivencia con las personas más importantes de su vida. La convivencia es aquello que nos enseña la intimidad, la capacidad de estar junto, el amor, la experiencia de estar cuidado por alguien, la sensación de conocer profundamente a alguien.

3 – Intoxicación de la infancia.

Como los padres tampoco tienen tiempo o disposición para cocinar, cambian la comida nacional brasilera, que es muy saludable, por comida chatarra, rica en grasas, sal y azúcar, que viene de la comida industrializada y congelada. “La obesidad y la diabetes están estallando en la infancia.” Dice que están “adictas” a ese tipo de comidas e “incapacitadas” para comer comida saludable.

4 – Confinamiento y distracción permanente.

Los padres tienen miedo de dejar salir a los hijos y pasan hasta 8 horas por día conectados a aparatos electrónicos. Este confinamiento impide que ellos tengan un momento de conciencia, de vacío, de tedio.

La distracción permanente impide momentos de conciencia, de vacío. El tedio es fundamental en la infancia. Porque el tedio y el vacío son la cuna de aquello que es más importante para nosotros: la creatividad y la imaginación. Y nosotros estamos amputando esto de nuestros hijos.

5 – Mercantilización de la infancia y consumismo infantil.

Los chicos están expuestos a 4 horas de publicidad por día. Los chicos son masacrados por la publicidad, por los valores del consumismo y son “más expertos por lo que reciben de la publicidad de lo que reciben de parte de los profesores. El fin de semana no van al parque, van al shopping … Y esa publicidad es cobarde, explota la incapacidad de los niños para distinguir entre fantasía y realidad, explota el amor que tienen por los personajes haciendo que se enamoren de productos tóxicos y que adopten valores como el consumismo obsesivo, la hiper-valorización de la apariencia, la frivolidad.” Y la publicidad que apunta a los adolescentes va a desembocar en el consumo de alcohol.

6 – “Adultización” y erotización precoz de la infancia.

Gran parte de los niños pasan sus vidas con una agenda llena de compromisos dado que sus padres desean que sean muy competitivos y adultos exitosos. Con ironía, agrega que “para relajarse de ese estrés precisan, además, de una hora de meditación.” Entonces pregunta al público –en tanto acompaña lo dicho con un balanceo–, si acaso no sería muy bueno que estuvieran en la plaza y hamacándose: “mira el cielo, mira el suelo… mira el cielo, mira el suelo”.

Al fenómeno de la “adultización” se agrega “una erotización que usa a las niñas de 7 ú 8 años para vender productos de moda; una erotización basada en el machismo, una identificación de las niñas y de las mujeres en la valorización excesiva de la apariencia y, peor, una disociación de la sexualidad del amor y del afecto. Esto les llega directamente a las niñas, deformando sus cabezas cuando tienen 8 o 10 años.”

7 – Entronización y sobreprotección de la infancia.

Otra vez más, con ironía, Daniel Becker comenta que pareciera que los padres le tienen miedo a los hijos: ellos pasan a ser los reyes de la familia y no miembros de ella. Los padres imaginan que su ausencia puede ser compensada siendo permisivos. Hace un juego de palabras diciendo que le dan a los hijos “presentes en lugar de presencia” y terminan perdiendo autoridad (presente en portugués significa regalo).

Los padres se interponen entre la experiencia de los hijos y el mundo haciendo lo que ellos quieren; no tienen experiencia de la vida y, por lo tanto, no desarrollan mecanismos para enfrentar la frustración, el dolor y las dificultades. Ciertamente, el mundo se las va a entregar a ellos más tarde.

Así las cosas, los niños y niñas se vuelven pendencieros, obesos, enfermos, les va mal en la escuela, hiperactivos. No pueden concentrarse y, para arreglarlo, cometemos el peor de todos los pecados: La medicalización de la infancia.

 

El tiempo y el espacio, las variables para el cambio

Como forma de enfrentar estos pecados el Dr. Daniel Becker propone una solución que pasa por realizar cambios sobre estos dos factores: tiempo y espacio. En el caso del tiempo, sugiere que los padres estén presentes en la vida del hijo en por lo menos 10% del tiempo en que están levantados. En un cálculo general, esto representa 1,40 hora por día de dedicación a los hijos.

En relación al espacio, la sugerencia es la de estar cerca de la naturaleza. “La convivencia con el espacio abierto va a apartarlos de las pantallas, va a reducir el consumismo y el materialismo excesivo, va a promover el juego libre (el que, al mismo tiempo, va a generar inteligencia, humor y creatividad), va a generar convivencia entre las familias, va a promover el contacto con el aire, el sol y el verde, y va a reducir todos los problemas de la infancia.”

* Daniel Becker es un Médico Pediatra Brasilero, especialista en homeopatía y Master en Salud Pública, en el área de promoción de la salud. Fue pediatra de la organización Médicos Sin Frontera en campos de refugiados en Asia y en 1993 fundó el CEDAPS – Centro da Promoção da Saúde – (Centro de Promoción de la Salud), una ONG con fuerte actuación social en comunidades populares. Conferencista y consultor de órganos gubernamentales, empresas y organizaciones internacionales, trabajó en más de 23 países.

El altruismo no es opcional

Niños en bicicleta salvando a ET de la persecución de los burócratas gubernamentales

 

Austeridad, altruismo y autocontrol

Nos parece que podemos elegir entre ser egoístas o altruistas. Pero si examinamos la Naturaleza, encontraremos que el altruismo es una ley fundamental. 

Dr. Michael Laitman

¿De dónde me surge el tema del altruismo? En octubre del año 2004 estaba trabajando en el diseño de un taller para familias en el que conectaría el eje de la educación para el consumo con el de la educación en valores. Como parte del proceso de investigación sobre el tema, me di cuenta de que había tres valores que todo programa de educación para el consumo debería considerar: la austeridad, el autocontrol y el altruismo.

Pensando en lo poco claro que me resultaba a mí misma el concepto de altruismo -y lo olvidada que está en estos tiempos esta palabra- pensé que, probablemente, lo mismo podría sucederles a los padres y a las madres que iban a compartir conmigo la experiencia del taller.

Comencé entonces a rastrear en la web el tema del altruismo y di con un interesante y elegante artículo del R. Dr. Michael Laitman titulado “El altruismo no es opcional” del que transcribo algunos párrafos:

¿Podemos elegir entre ser egoístas o altruistas? 

Particularmente hoy día, el altruismo se ha tornado esencial para nuestra supervivencia. Se ha hecho evidente que todos nosotros estamos interconectados y dependemos uno del otro. Esta interdependencia ha dado lugar a una definición innovadora y precisa del altruismo: cualquier acción o intención que se origine en la necesidad de integrar la humanidad en una sola entidad es considerada altruista. Inversamente, toda actividad o intención que no se enfoque en unir a la humanidad es egoísta.


Nuestra oposición a las leyes de la Naturaleza es la fuente de todos los sufrimientos que presenciamos en el mundo. Y por ser el individuo el único que no las cumple, se puede concluir que es el único elemento corrupto dentro de ella.


El sufrimiento que vemos a nuestro alrededor no es únicamente el nuestro. Todos los demás niveles de la Naturaleza se ven afectados por nuestras actividades equivocadas. Si corregimos nuestro egoísmo transformándolo en altruismo corregiremos, por consiguiente, todo lo demás: la ecología, el hambre, las guerras y la sociedad en general.

Apasionarse por el bien común

Invito a pensar los espacios familiares y escolares, el lugar donde los niños conviven entre ellos y con los adultos, como lugares donde el altruismo materialice el lado viviente y amoroso de la red social.

Si por algo nos relacionamos es por motivos emocionales. La emoción que es eros, que sostiene las ganas de vivir y proyectarnos, se vincula con lo que nos apasiona y con la seguridad de estar siendo cuidados y considerados por quienes nos rodean. Apasionémonos entonces por el bien común, porque el altruismo lo hace realidad y todos salimos ganando. Como dice el Dr. Laitman:

Aunque pareciera que el único cambio que tenemos que hacer es considerar a los demás antes que a nosotros mismos, el altruismo, no obstante, trae consigo un beneficio adicional: Cuando pensamos en los demás nos integramos a ellos y ellos a nosotros.

Por esto mismo elegí una escena de la película de ET, El Extraterrestre (1982, dirigida por Steven Spielberg) para ilustrar este post. Esos niños construyeron para sí mismos una relación altruista, muy diferente de la cruel relación que los funcionarios de gobierno establecieron con ellos cuando descubrieron al niño extraterreste.

Ver a esa comunidad de niños humanos cargando al niño extraterrestre para ayudarlo llegar con su familia y ser ayudados luego a volar por el mismo niño a quien intentaban salvar de las garras de los burócratas me resulta un bello y elocuente ejemplo de una red altruista. ¿Quién lleva a quién?

Compartir no combina con competir

sharing-fast-slow

Los niños comparten, los adultos compiten

Cuando comencé a escribir este post estaba un tanto enredada en el intento de conectar elegantemente las ideas que quería plantear. Decidí entonces hacer un rodeo y buscar la imagen para el encabezado.

Escribí la palabra compartir en el buscador de Google y algo llamó mi atención. Para chequear mi hipótesis, hice la misma búsqueda en inglés (sharing) y sucedió lo mismo. En las dos ocasiones, en estilo y contenido, las imágenes que predominaban al principio de la búsqueda se relacionaban con la infancia.  Sólo al bajar comenzaban a predominar imágenes relacionadas con la vida adulta.

Para avanzar en la hipótesis que estaba barajando, hice una búsqueda con la palabra competir en español e inglés. Sucedió al revés. Al inicio, las primeras opciones que me ofrecía el buscador apuntaban al mundo de los adultos y en menor proporción las destinadas a la infancia.

Hoy sabemos que los buscadores de internet ofrecen prioritariamente aquello que el público elige o utiliza con más frecuencia. Por lo tanto, podemos concluir que ponemos mucho esfuerzo en la virtud de compartir durante la infancia y que, a medida que crecemos, es la competencia la que va predominando como valor.

Compartir es bueno 

El origen de esta entrada del blog fue una publicación de Javier Martínez Aldanondo, Gerente de Gestión del Conocimiento de Catenaria titulado Si no lo vivo no lo creo.  Allí, el autor refiere que el conocimiento es un intangible, lo reconocemos sólo por sus efectos. En el ámbito empresario, esto trae como consecuencia la dificultad para comunicar el beneficio de compartir el conocimiento entre los miembros de las organizaciones. Al respecto relata:

Semanas atrás, un cliente nos solicitó una actividad para que sus principales directivos pudiesen experimentar el impacto de gestionar el conocimiento. En el mundo del management y de las empresas, argumentar la valía de los intangibles no sirve. Es imprescindible demostrarla. […] De forma que para responder a la demanda de nuestro cliente, le propusimos una experiencia que garantiza comprobar la relación entre la gestión del conocimiento y la mejora del desempeño de las personas.

Cuando se habla de la gestión del conocimiento se alude a distintos tipos de actividades que permiten visibilizar y compartir lo que las personas de una organización saben. Así, todos pueden aprender de otros la mejor manera de hacer lo que hacen bien o encontrar, de manera colaborativa, la mejor manera de abordar problemas y crear las mejores soluciones para resolverlos.

Cuando se habla de la gestión del conocimiento se alude a distintos tipos de actividades que permiten visibilizar y compartir lo que las personas de una organización saben.

Valoro enormemente las experiencias de Gestión del Conocimiento porque aportan aprendizajes que favorecen cambios beneficiosos y profundos a la cultura del diálogo y la convivencia.

Compartir es cosa de héroes

En la línea de mi comentario al post de Martínez Aldanondo en Linkedin, considero que si el compartir conocimiento hubiera estado presente como práctica cotidiana en todos los ámbitos de nuestra vida desde que éramos niños y niñas, no habría demasiado que explicar a la gente del mundo empresarial.

En tanto la dinámica interaccional de las organizaciones esté regulada sobre un formato jerárquico (centralizado, vertical), por más tangible que se haga la ventaja de compartir, las resistencias a ello habrán de prevalecer. Desde el punto de vista de los intereses corporativos, el conocimiento tiene una ventaja estratégica para la empresa diferente de la que tiene para los empleados en términos personales.

El tope de la pirámide lo ocupan individuos, no grupos. Empresa y empleados no piensan el conocimiento de la misma manera porque no les conviene. Para los empleados, compartir el conocimiento no suele ser rentable. Diferenciarse para mejor y saber más que el otro es premiado, mientras el que comparte es un idiota, porque no asciende.

Martínez Aldanondo refuerza mi comentario cuando responde que

En efecto, las estructuras verticales no facilitan los procesos de intercambio y el flujo de conocimiento al interior de las organizaciones.

Los incentivos casi siempre premian el rendimiento individual y rara vez están puestos en la colaboración y en contribuir a mejorar el desempeño de otros individuos, equipos o áreas.

Ahora bien, el germen de esta cultura individualista hay que buscarlo en un sistema educativo que desde el inicio obliga a los niños a competir encarnizadamente entre si por las notas y los rankings. A partir de ese instante, colaborar y compartir conocimiento deja de ser una posibilidad y pasa a ser un acto heroico... (el resaltado es mío)

La cita anterior muestra con claridad lo que sucede al interior de las escuelas. En el ámbito educativo  se habla mucho de trabajo en equipo, de diversidad, de que el error es importante o de inteligencias múltiples. Pero “a la hora de los tantos”, lo que importa es el boletín. Y el boletín no entiende de grupos ni de diversidades. Así, el compartir va siendo cosa de idiotas o, como de manera más elocuente lo dijera Martínez Aldanondo, de héroes.

 

Es bueno que los chicos se arriesguen

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awayo_iso_16x16 copyMenos control y mejor convivencia

Más temprano estuve leyendo un post que comentaba los beneficios de abandonar las relgas para el momento del recreo en las escuelas.

Eliminar el libro de reglas de juego en los recreos de una escuela de la ciudad de Auckland, Nueva Zelanda, tuvo efectos increíbles sobre los niños. Aunque quienes tomaron la iniciativa imaginaron que reinaría el caos, quedaron gratamente sorprendidos al notar que su profecía no se cumplía. Por el contrario, como dijo Bruce McLachlan, director de la Escuela Primaria Swanson

La escuela está realmente viendo una caída del bulling (intimidación), lesiones graves y vandalismo, en tanto que los niveles de concentración en clase van en aumento.

Esta decisión se tomó en el marco de  un exitoso experimento universitario. La Escuela Swanson se inscribió para un estudio en la AUT (Auckland University of Technology) y la Universidad de Otago. Este estudio se llevó a cabo durante dos años con el objeto de fomentar el juego activo.

awayo_iso_16x16 copyMenos control y más seguridad

Lo que se vio durante la experiencia es el lado inconveniente del exceso de prevención de los riesgos en el el patio de juegos de las escuelas. Como comentara el Director en el artículo mencionado:

“Queremos que los niños estén seguros y cuidar de ellos, pero terminamos envolviéndolos en algodones cuando en realidad deberían ser capaces de caerse.”

Agrega  que dejar que los niños se pongan a prueba a sí mismos en una moto [supongo que se trata de algo parecido a los triciclos] durante el recreo podría hacerlos más conscientes de los peligros antes de que estén detrás del volante de un coche en la escuela secundaria.

El Director llevó el experimento más allá de la idea inicial y anuló por completo el reglamento de juegos y, como corolario, tanto la escuela como los investigadores se vieron sorprendidos por los resultados.  

Los juegos con tierra, con patinetas, los juegos de empujones y las trepadas a los árboles mantuvieron a los niños tan ocupados que ya no se hizo necesaria un área de separación para los revoltosos o un montón de profesores vigilando.

Los niños usaron su imaginación para jugar en un espacio de cosas perdidas que contenía basura de madera, neumáticos y una manguera de bomberos vieja.

“Los niños estaban motivados, ocupados y comprometidos con lo que hacían. En mi experiencia, el momento en que los niños se meten en problemas es cuando no están ocupados, motivados y comprometidos. Es durante este tiempo que intimidan a otros niños, hacen grafitis o destrozan cosas alrededor de la escuela.”

El artículo agrega que los padres también estaban contentos a causa de que sus hijos estaban contentos.

“La gran paradoja de los niños envueltos en algodón es que en el largo plazo resulta más peligroso. “

… la obsesión de la sociedad con la protección de los niños no tiene en cuenta los beneficios de la toma de riesgos.

Los niños desarrollan el lóbulo frontal de su cerebro al tomar riesgos, lo que significa que se entrenan para pensar en las consecuencias. “No se les puede enseñar eso. Tienen que aprender sobre los riesgos en sus propios términos. Eso no se desarrolla mirando televisión, tienen que salir afuera.”

awayo_iso_16x16 copyMenos control y más autonomía

Durante todo el año 2003 trabajé coordinando talleres para familias en 3 escuelas, dos en la Provincia de Buenos Aires y una en la ciudad de Córdoba. Fue un año de trabajo estimulante y rico, por la intensidad de las experiencias vividas y por el encuentro con personas  diversas y estimulantes.

En una de las escuelas venía trabajando desde el año 2002. Durante ese año pasaba 4 de los 5 días de la semana en ella. Sus autoridades habían delineado un sistema de control muy elaborado para la hora del recreo. Los niños recibían una serie de indicaciones y los maestros que tenían turno de estar en el patio tenían otras (por ejemplo, no podían distenderse  charlando entre ellos). La prioridad era el control. Sin embargo, la evidencia me decía que esto no servía para nada; los chicos se maltrataban, había montones de accidentes, no hacían caso de las indicaciones previas ni las que se les daban en el momento.

Siempre descreí del exceso de control. Por mi experiencia en orientación familiar ya sabía de cierto que lo único que garantizaba era el deseo de rebelión.

Para mi sorpresa, esta idea mía tuvo su confirmación en el año 2003, el día en que llegué por primera vez a la escuela de la ciudad de Córdoba. Un jardín de infantes al que asistían niños y niñas desde los 2 años de edad.

Como la directora estaba retrasada, me invitaron a esperarla en en un pequeño patio de juegos que me encantó. Un solo banco de madera donde me senté, una enorme Santa Rita llena de flores sobre una pared, derramando y avanzando sus ramas generosamente sobre el patio, y una hermosa hamaca de dos columpios casi en el medio. En la hamaca, niños hamacándose y alrededor, niños de todas las edades jugando.

En un instante pasé del encanto al terror. ¡Quién cuida aquí a los chicos! ¡Se pueden dar con la madera de los columpios en la cabeza! Todas las aprensiones de mi madre resonaron fuerte y claro en mi cabeza.

Por suerte para esos chicos, ya había leído algo acerca de la importancia y capacidad de auto-regulación de los sistemas vivos. También recordaba a  mi terapeuta y maestra Kita Cá machacándome sobre la disfunción del control y la supervisión. Entonces, tan rápido como entré en pánico, me relajé,  decidí no meterme y me dediqué a observar qué hacían los chicos.

¿Qué hicieron los chicos? ¿Qué habían aprendido en ese tiempo de vida en esa escuela con nada de reglamento y control para la hora del patio? Habían aprendido a cuidarse entre ellos. Cada vez que los más chiquitines se acercaban a las hamacas uno más grande los tomaba suavemente y los corría, cada vez que alguien se tropezaba, otro lo ayudaba y algún otro iba a buscar a algún adulto para que interviniera. Pero esto era ocasional, nadie, absolutamente nadie se pegaba. Una vez por mes llegaba a Córdoba y una vez por mes, siempre que podía, me dedicaba a observarlos. No fallaba, todo fluía sana y suavemente entre ellos.

Nunca olvidaré ese patio ni esa experiencia que confirmó, en la práctica, el valor de una independencia que valoro y que hoy reconfirmé con el relato de una lejana escuela de Nueva Zelanda.

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Gracias: Kita Cá, Augusto de Franco, Esko Kilpi y Fritjof Capra