No quiero ir más a fútbol

Hace un tiempo y entre otros temas de consulta, una pareja se preguntaba cómo convencer a su hijo pequeño para que asista a las clases de fútbol. El año anterior las había disfrutado mucho y ese año no quería ir.

Quiero aclarar que compartía y comparto totalmente el criterio de su mamá y su papá respecto de la importancia de que los chicos y las chicas realicen algún deporte y las aun mayores ventajas del deporte en equipo.

Sin embargo, lo que me parece interesante de esta situación como para dedicarle este espacio en el blog, radica en el dilema que se nos presenta a los adultos cuando quedamos divididos entre respetar el derecho a elegir de los chicos (qué, cuándo y cómo) y los que nosotros sabemos o creemos que es bueno para ellos.

Mi sugerencia fue que no insistieran. Que no quisiera ir a fútbol en ese momento no implicaba que nunca más iba a querer hacerlo ni opacaba la posibilidad de que en otro momento pudiera elegir otro deporte. Era chiquito todavía, iba al jardín, había tiempo para ver que pasaba.

 

Cuando puedo decir no, también puedo decir sí

Cuando los chicos y las chicas tienen pocas opciones para que sus “no” sean escuchados y validados tienden a buscar, empecinadamente, toda ocasión propicia para demostrar que no son títeres, que pueden querer otra cosa y que necesitan ejercitar su posibilidad de elegir.

Esto comienza a suceder cerca de los 3 años de edad. Es el tiempo de crianza en el que los adultos comenzamos a sentir que estamos conviviendo con el enemigo, que “basta que yo diga ‘A’ para que diga ‘B’, que basta que yo diga que hay que ponerse los zapatos para que diga que no quiere”.

Se repiten las típicas escenas a las que llamo “tirar de la soga“, un lado dice que sí y el otro dice que no. El problema con ellas es que, además de ser agotadoras, instalan una mecánica relacional que a veces, más de las que quisiéramos o imaginamos, se traslada a todo tipo de situaciones y durante toda la vida de una persona. No importa qué ni cómo, por las dudas me opongo.

 

El juego de poder no se juega

La necesidad de que las propias necesidades y deseos sean tenidos en cuenta es psicológicamente más importante que el hecho mismo de jugar al fútbol, volver a una hora determinada a casa o ponerse los zapatos.

Cuando los chicos se sienten demasiado comandados se dispara en ellos una respuesta de oposición sistemática. Porque lo que le duele es no ser considerado en absoluto.

Cuando la necesidad de contar con determinados grados de autodeterminación no es bien acompañada, lo que se instala en la relación es el juego de poder. Es como si ellos se dijeran: “a ver si en esta consigo hacer algo, aunque sea algo! como yo quiero”, o “no voy a ir aunque me guste, no voy a permitir que crean que controlan mi vida por completo”.

Si les decimos que no a todo, los chicos y las chicas se vuelven sumamente reactivos, hacen de cada situación una oportunidad para la auto-afirmación y la convivencia empieza a parecerse a un campo de batalla. En ese juego todos pierden.

 

Elegí tus batallas

Si lo dicho hasta aquí te suena conocido, te invito a revisar y elegir qué cosas son para vos no negociables (por la calle vas de la mano; aunque tengas 12 años no hay juegos electrónicos después de comer; todavía no te voy a dar un celular) y en qué cosas tus hijos pueden elegir: que un día quiera comer otra cosa, que vaya a una reunión familiar o cumpleaños con una ropa que él o ella aman aunque sea poco presentable, que alguna vez falte a la escuela aunque no esté enfermo si es que alguien puede cuidarlo, etc. Estos son simples ejemplos y sin dudas varían para cada familia.

El punto central es: administrá tus fuerzas y desarmá la dinámica destructiva del juego de poder.

Quizás, ahora entiendas por qué tantas veces no funciona eso de “razonar” con ellos, porque no son las ventajas de hacer deporte, de volver temprano, ponerse los zapatos o salir abrigado lo que está en juego. Está en juego el valor de la diferencia y la necesidad de autodeterminación, un tema que puedes ampliar en este muy bien recibido posteo anterior titulado No quieras nada para tu hijo.

 

Una más de las paradojas de la crianza

Pretendiendo una mejor vida para los chicos y las chicas los volvemos reactivos y rebeldes. Los adultos tenemos que replantearnos los preceptos de crianza que adoptamos sin siquiera cuestionarlos.

Si seguís entusiasmado con este tema, este video va en la misma línea de este post y seguro te va a gustar.

Jay Shetty – No dejes que nadie te maneje con sus tiempos

Jay Shetty - No dejes que nadie maneje tus tiempos

 

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Tres palabras para el desánimo

La Desmesurada

Hace poco hice un público reconocimiento en este blog a mi maestra de 5º grado de escuela primaria: La Señorita Elvira. Lo que no dije es que por suerte ella llegó a mi vida justo después de La Señorita X.

Y esto tiene todo que ver con Paula Lesina, super experta en storytelling y con quien estoy aprendiendo muchísimo acerca de cómo contar lo que sea que quiera escribir. En esto estaba cuando un evento de hace dos semanas fue más allá de la escritura. Te voy a contar cómo Paula, La Desmesurada, se convirtió en la protagonista del final feliz de una historia que comenzó cuando yo tenía 9 años.

 

La Señorita X

Las malas experiencias estudiantiles dejan huella, una huella bastante embarrada, en medio del pecho y que cuesta mucho remover.

La Señorita X fue mi maestra de 3º y 4º grado de primaria. Por motivos opuestos a mi experiencia con la Señorita Elvira tampoco olvidé su nombre, pero como voy a hablar mal de ella prefiero no nombrarla.

Un día La Señorita X nos da una de esas patéticas tareas de redacción que se estilaban en esa época, nos pidió que escribiéramos una composición con el tema “La primavera”. A pesar del eterno vacío que ese tipo de consigna me creaba, el tema me entusiasmó, hice la redacción y hasta la ilustré con un dibujo.

Ya no me acuerdo si fue al día siguiente o si habían pasado unos días. De pronto entra en el aula La Directora. “Buenos días niñas” dijo, y ya estando todas de pie respondimos “Buenos días Señorita Directora”. Y nos sentamos.

Paradas ambas mujeres al frente de la clase, dijo La Señorita X:  “A ver, Goren, lea su composición.” Me paré para leer con el corazón latiendo a mil por hora y, casi sin voz, leí mi preciado relato sobre La Primavera. Cuando terminé, pequeño silencio de por medio y estando yo parada todavía, veo cómo La Señorita X gira su cabeza hacia La Directora y le dice de una: ¿Vio que porquería?

Si, así como lo oís. Esas cosas no se olvidan jamás. Lo estoy escribiendo y me recuerdo ahí parada, guardapolvo blanco, flaquita y bajita como era pero sintiéndome más diminuta todavía.

Me quedó en claro que yo “no era buena para las lenguas”, ni la propia ni las extranjeras. En primer año del secundario reprobé Castellano, Francés y Latín (y ya que estaba también Historia). En segundo año reprobé Castellano, Francés y Latín y en tercero Castellano y Francés. Después sobreviví. Parece que con la literatura me arreglé mejor.

 

Qué mundo tan femenino es el rescate

Me voy a correr por un momento del tema porque esto me importa. Porque si al final estoy hablando de de Paula Lesina es gracias a María Inés Pozzato, la maga de Hirumi Crochet. Yo ayudo a tejer y retejer vínculos y María Inés diseña y teje sus muñecos de apego con el mayor amor y cuidado que te puedas imaginar. Ella teje pensando en quien lo recibe, y eso hace la diferencia, porque así es María Inés, con todos.

 

Abrazar los desafíos

Cuando Paula leyó el relato de La Señorita Elvira me preguntó qué otra experiencia podría elegir para mostrar cómo ayudar a crear entornos de aprendizaje emocionalmente seguros. En ese momento no pude encontrar una en particular pero me quedó picando la cuestión de “sentirnos emocionalmente seguros a la hora de aprender”. ¡Tremendo tema!

Una semana después y con ese pendiente en carpeta, veo que el Instagram de Paula amanece con una imagen y un desafío que decía:

¿Cómo explicarías la imagen que acompaña este post a un niño de seis años?

Un bosque y dos mujeres, una mira como la otra esta acostada de espalda flotando en el aire

Y me lancé a responder a ese desafío, así como estaba, con lo enredado que era escribir en el teléfono y en Instagram, con esa letra así de chiquitita, en medio del desayuno y sin los lentes de cerca. La fantasía fluyó y salió un relato que escribí sin detenerme para no perder el envión y así lo compartí.

 

Las ganas de aprender

Vuelvo a leer lo que había escrito y me doy cuenta ¡horror! de que tenía mil “errores”. Entonces, para cubrir un poco mi menguada dignidad de escritora, hago esta aclaración:

Bueh… no miren la puntuación.

A lo que Paula me responde:

Los detalles son de edición. Este es el espacio de compartir y crear. No de juzgar.

Esa respuesta fue puro alivio y me renovó el entusiasmo que estaba opacando con mi propia crítica.

Aprender así libera. Poder ir paso a paso sin temer equivocarse hace que el aprendizaje se sienta como un viaje, como una salida de excursión en la que estamos totalmente dispuestos a ver qué sorpresa nos encuentra en el camino.

¡Qué notable sincronía! Paula acababa de garantizarme un espacio de aprendizaje emocionalmente seguro, justo el tipo de experiencia que ella misma me había invitado a compartir.

Y a modo de un tercer acto de esta historia, como crudo contraste con lo bien que me sentía, volvió a mí el recuerdo de La Señorita X y la primavera fallida de mi infancia.

Un (aparentemente) pequeño evento a las 8 de la mañana cerró un círculo de años que esperaba su final. El hechizo había sido deshecho.

 

La seguridad emocional lo es todo

A la hora de aprender, garantizar un espacio emocionalmente seguro es lo primero, lo del medio y lo último. Es una condición que debe darse todo el tiempo.

No juzgues y destierra el miedo a fallar.

A la hora de crear y brindar contextos de aprendizaje emocionalmente seguros no juzgues y destierra el miedo a fallar. En realidad van de la mano, una cosa no existe sin la otra.

 

Esto le hubiera contado al niño de 6 años del desafío

¿Te imaginas si un día, cuando te despertás, te das cuenta de que tu cuarto y la casa se transformaron en un bosque hermoso? Es tan hermoso que estás seguro de que es mágico.

Sin entender demasiado, dejás durmiendo a tu hermano que todavía no se levantó y te vas al baño a hacer pis y a lavarte la cara. Un poco más despabilado volvés a tu cuarto pensando que nada más sorprendente podría pasarte esa mañana.

Pero no, ¡oh! Hasta las camas desaparecieron ¿y mi hermano? ¿Dónde está mi querido hermanito? te preguntás desesperado. ¿Dónde está? Durmiendo en el aire está ¡en el aire! flotando como si una nube invisible lo estuviera teniendo desde abajo. ¿Te lo imaginás?

Entonces ahora imagínate a mí y mi hermana cuando éramos un poco más grandes que vos. Eso mismo nos pasó cuando yo tenía 14 años. ¿Podés creerlo? Me desperté y mi casa se había transformado en un bosque. Por suerte tu tía Cristina me encontró cerca cuando se despertó, así le avisé que estaba flotando y se bajó suavecito, para no golpearse.

Después nos fuimos a desayunar, porque tus abuelos ya se habían levantado. Estuvo muy bueno vivir en un bosque encantado un día entero.

 

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La Señorita Elvira

La voluntad de reparación en los seres humanos es poderosa y tarde o temprano rinde frutos.

Hace unos años me di cuenta de que mi vida había tomado el rumbo de aprender a hacer y de dar a otros lo que “La señorita Elvira” me había dado a mí cuando tenía 10 años de edad.

Era un día en el que planeaba cómo presentarme en este blog. Pensé que un recorrido guiado por lo que había estudiado podría ordenar lo que quería escribir. Estaba decidido, comenzaría a partir de mi primer título profesional, mi título de Maestra.

“Pero esperá un poco”, me dije, “vos nunca trabajaste de Maestra de escuela”. Así fue cómo me di cuenta, sorprendidísima, de que los motivos que me hicieron rechazar la idea de trabajar como maestra eran los mismos que hoy enfocaban (y enfocan) mi interés, lecturas y trabajo.

Como estudiante, solo había disfrutado de estar en la escuela cuando cursé el 5º grado de primaria. Ese año tuve una maestra de la que nunca olvidé su nombre. Ella fue La Señorita Elvira Paulina García de García, así se llamaba. Daba gusto estar en el aula, en la escuela, en la vida. Ese año le ponía garra y entusiasmo a todo lo que hacía.

De vez en cuando la vida
toma conmigo café
y está tan bonita que da gusto verla.
Se suelta el pelo y me invita
a salir con ella a escena.

Joan Manuel Serrat

Ese año me encontré con una “mi misma” que desconocía y que me gustaba mucho. Creo que en ese tiempo nacieron una esperanza y una persistencia secretas que nunca me abandonaron.

Ese aprendizaje profundo que vive más allá de las palabras, que nace de la experiencia vivida, me hizo entender que la manera en que los adultos se relacionan con los niños y las niñas define todo un mundo de posibilidades o imposibilidades para ellos.

La Señorita Elvira había plantado la semilla

La relación con La Señorita Elvira me ayudó a comprender que crecer y aprender puede ser apasionante cuando nos sentimos emocionalmente seguros, cuando nos sentimos validados y queridos como personas antes que por nuestra obediencia o el resultado de lo que hacemos.

Todo adulto tiene el poder de hacer algo que significará una diferencia en la vida de los niños y los jóvenes.

Con esto no digo nada nuevo, solo reafirmo mi convencimiento de que somos los adultos los que tenemos la capacidad para reflexionar sobre lo que hacemos, responsabilizarnos, aprender lo que hace falta y hacer una diferencia en las personas que tenemos cerca y en al mundo que habitamos. Porque como dije hace poco, el futuro de los niños somos los adultos.

 

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Sobre este tema te recomiendo:

La seguridad emocional y las ganas de aprender

Los límites existen porque convivimos

… para el individuo educado en la cultura occidental es difícil ver más allá del individuo. Estamos educados en una preferencia tanto ética como estética por la autodeterminación individual.
S. Minuchin y C. Fishman (2006)
El límite cobra relevancia, siempre, en el encuentro con el otro.

Para poder relacionarnos debemos reconocer, cada uno de nosotros, nuestro límite y nuestra diferencia. Ese es el necesario punto de partida de toda relación y una idea fundamental en el tema de los límites.

En el marco de las relaciones familiares y escolares, decirlo y actuar en consecuencia implica un significativo recorrido de aprendizaje intelectual y emocional.

No hay vivir que no implique convivir

Desde que la humanidad existe, unirse para coexistir es el motivo esencial que impulsa toda suerte de formato social. Con mejor o peor resultado, usted habrá crecido con la ayuda de personas que le proporcionaron algún tipo de sostén, cuidados y apoyos básicos,  Con el paso de los años, habrá experimentado cómo, entre todos, iban desarrollando variados modos de coordinar sus acciones con el objeto de garantizar distintos grados de satisfacción de intereses y necesidades, comunes e individuales.

Como adulto, es improbable que usted viva y se desenvuelva siempre en soledad. Resulta absolutamente necesario contar y gozar de momentos de soledad e intimidad, pero esta situación nunca será una condición permanente. Aun en el caso de trabajar por propia cuenta y en su propio hogar, alguna vez requerirá de los servicios de alguien para arreglar algo y deberá convenir algunos acuerdos mínimos con el proveedor del servicio.

La vida es vida de relación

En el marco del tratamiento del tema de los límites en el ámbito familiar y educativo, diremos que madurar implicará, básicamente, aprender a reconocer dos cosas: que los demás también existen y que si no estuvieran, sería imposible sobrevivir, así de simple.

Desde que nacen, las personas se desenvuelven y desarrollan como miembros de una red de vínculos confiables. Si el vínculo no resulta confiable, si no ofrece un mínimo de seguridad afectiva, no se puede hablar de vínculo. Perdemos las ganas de vivir cuando quedamos desconectados de la relación con los demás .

Por esto, porque no hay vivir que no implique convivir y porque, en realidad, la vida es vida de relación, es tan importante volver a valorar la colaboración y el bien común como sustento de nuestra humanidad.

Tenemos que descartar la idea de individuo y dar lugar al concepto de persona, ese ser humano que se va constituyendo, día a día y desde que nace, en el enmarañado, en la red de relaciones en las que participa a medida que crece, sin confundirse y a la vez relacionándose.

Nuestra cultura y educación individualista, competitiva y exitista tiene consecuencias. Los hijos y los estudiantes que hoy muestran dificultad para reconocer y aceptar la existencia de límites suelen tener una fuerte incapacidad para desarrollar entendimiento y consideración por los demás. Entienden la vida como un espacio de estrellato o pugilato personal, como un reality show donde sólo se juega la farsa del juego del poder, sin ver que el que gana ha quedado irremediablemente solo y, con el pasar de los días, será también olvidado.

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La vida es vida de relación

La violencia es una enfermedad de la convivencia.

¿Qué vas a hacer cuando seas grande?

Hombre develando el futuro

Un deseo es una monedita lanzada al futuroEl deseo cumple una función de enlace: integra la experiencia presente con el futuro, donde reside su cumplimiento, y con el pasado, que culmina y se compendia en él.

Irving y Miriam Polster (1985)

Ahora voy a estudiar música

Durante un taller para familias, una mujer contó la historia de un muchacho que, apenas se recibió de médico que fue con sus padres y les dijo: “Ahí tienen mi diploma, ahora me voy a estudiar música”. Y nunca jamás ejerció la medicina. Más que una anécdota, esto es una tragedia. Imaginen el esfuerzo y los años de vida que perdió para poder sentirse con derecho a estudiar y hacer lo que quería.

Cabe que nos preguntemos también ¿sobre qué tipo de creencias acerca de la crianza se habrán apoyado sus padres a la hora de imponer semejante sentido de obligación en su hijo? Cuesta imaginar las cosas que le habrán dicho para convencerlo de postergar su deseo más profundo. No hay nada de amor en la voluntad de control.

Yo misma soy una de esas hijas que querían ser bailarina primero, pintora después y terminé siendo maestra, qué horror. ¡Maestra! ¡Con lo espantoso que fue mi etapa de alumna de primaria! En mi experiencia de aquella época, si había personas con cero mísitca habían sido mis maestras (excepto una). Pero hay que pensar en el futuro, decían mis padres, la pasión es para después (qué tristeza), para cuando ya se tuviera dinero y seguridad. ¿Conocen personas excelentes y creativas y proactivas haciendo cosas que no aman? Creo que eso no existe.

Esa experiencia solo me trajo me trajo inseguridad respecto de mí misma y de la validez de mis elecciones. Gracias a Di-s a veces tenemos la oportunidad de cruzarnos con ese evento que parece intrascendente, pero que termina poniéndole una bisagra a la vida y lo cambia todo. Así fue cuando conocí la Expresión Corporal, justo en sus inicios, y retomé mi rumbo más querido. De ahí en más todo fue para mejor. No fue rápido, pero siempre para mejor.

“Animarse a andar en bolas”

En la vida de todos hay momentos en que entramos en detenimiento, como si nos pulsaran un botón de pause. Son momentos en los que ya no sabemos bien lo que queremos ni como seguir. Continuamos rutinariamente con nuestras tareas, en automático, y aunque no vemos exactamente ni-dónde-ni-cómo-ni-cuándo, en el fondo, sabemos que la cosa está empezando a ir para otro lado.

Todo lo que vengo escribiendo hasta aquí me surgió hace unos días, cuando vi una inspirada presentación de Lala Pasquinelli en la que comparte una poderosa cita de Fernando Pessoa, punto de partida de un cambio de perspectiva que habría de influir profundamente en su vida:

Hay un tiempo en el que es preciso abandonar las ropas usadas que ya tienen la forma de nuestro cuerpo, y olvidar nuestros caminos que nos llevan siempre a los mismos lugares…

Es el tiempo de la travesía: y si no osamos hacerla, quedaremos, para siempre, al margen de nosotros mismos…”

Te invito a ver su charla haciendo clic aquí

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No sé y Por ahora

Lamentablemente, estos detenimientos de los que hablaba más arriba suelen suceder durante la adolescencia y, quizás no por casualidad, en el momento en que la familia y el calendario escolar (no el vital) les pide a los hijos y a las hijas que tomen decisiones que atañen a su futuro. Muy mal momento, porque como dice Lala, están bastante incómodos con las ropas que llevan y sin saber todavía cuáles quieren ponerse.

Y cuando esto pasa, los padres enloquecen y hacen todo lo contrario de lo que deberían hacer: preguntan, insisten, opinan… Cuanto más presión les ponen a sus hijos e hijas, más bloqueo. Y de ensimismados, soñadores y un poco en bolas pasan a deprimidos y enojados, porque al no poder encontrar la respuesta que todo su entorno les dice que deberían tener comienzan a sentirse fallados, que algo anda mal con ellos.

Aquí es donde adoré y decidí transformar en premisas las dos formas de responder al futuro (siempre incierto) que Lala adoptó para sí misma:

Aprende a soportar que tus hijos e hijas se queden quietos y digan “no sé” cuando realmente no saben

Y dado que nadie nada dos veces en el mismo río, hazles saber que aquello que les pueda ir apareciendo que les de un sentido significativo a sus vidas, siempre es un “por ahora”.

No obliguemos a nuestros hijos e hijas a dirigirse a ningún puerto cuando todavía no tienen la brújula interna que les brinde alguna pista del lugar al que quieren ir. Dejemos que se sumerjan tranquilos en las aguas inquietas de sus todavía difusos deseos. Solo así, entre los “no sé” y los “por ahora”, podrán darse cuenta en donde se sienten más cómodos.

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Los castigos no ayudan

Las experiencias infantiles adversas afectan tanto biológica como emocional y mentalmente produciendo un estado de estrés tóxico, responsable conductas disfuncionales en los niños y las niñas.

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“La solución a los problemas de los adultos de mañana depende en gran medida de cómo nuestros hijos crecen hoy.”

Margaret Mead

Existe la creencia generalizada acerca de que aplicar castigos es un recurso eficiente a la hora de remediar “un supuesto impulso psicológico que sería la causa por la cual alguien actúa mal”. Siempre me sorprende la persistencia de esta idea, la fuerza con que está arraigada en la sociedad, a pesar de que la realidad siempre ha demostrado su inutilidad, más bien empeora las cosas. Vean, por ejemplo, lo que sucede con los niños, las niñas o los/las jóvenes que entran los institutos de menores o al sistema carcelario.

Por este motivo, me entusiasmó compartir aquí el aporte de un artículo escrito por Jared Keller  titulado Unhelpful Punishment (La inutilidad del castigo) que aporta referencias neurocientíficas que respaldan la idea de las desventajas del castigo.

Estrés tóxico

El 3 de mayo de este año, un grupo de investigadores y educadores, reunidos en el Museo Americano de Historia Natural en Nueva York, argumentaron que ciertas conductas problemáticas pueden ser el resultado de una respuesta biológica profundamente arraigada en lo que designan como estrés tóxico y que los intentos de controlar esas conductas con más disciplina y castigo sólo empeora las cosas: se suma más estrés a un sistema de por sí estresado.

El artículo original sólo alude a la situación de niños, niñas y jóvenes pobres que asisten a las escuelas públicas de los EEUU. De mi parte, al margen de que la pobreza es, sin duda, un factor que puede incrementar la fragilidad del sistema relacional que lo provoca, considero que las condiciones que describen pueden darse en todo tipo de contexto económico/social,.

¿Cómo se origina el estrés tóxico?

Esta condición está asociada a lo que denominan como experiencias infantiles adversas  (ACEs, por sus siglas en inglés) tales como el abuso o el maltrato físico y emocional, el abandono, la enfermedad mental de los padres o una estructura familiar inestable.

Trabajos recientes han demostrado que la persistencia de estas experiencias adversas (como consecuencia de los estados de pánico, depresión y ansiedad que atraviesan) no solo afectan a la salud emocional y mental sino que también producen trastornos a nivel biológico. No se trata del estrés relacionado con lo que coloquialmente se relaciona con ‘situaciones difíciles’.

¿A qué se alude cuando se hable del estrés tóxico?

El estrés tóxico es un término más clínico para aludir a la confluencia de consecuencias orgánicas y psicológicas como resultado de una constante e implacable avalancha de experiencias traumáticas. Como lo explica Keller,

cuando las hormonas del estrés, como el cortisol, permanecen persistentemente elevados durante demasiado tiempo, el tamaño y la arquitectura neuronal de la amígdala cerebral, el hipocampo y la corteza prefrontal comienzan a cambiar rápidamente, afectando comportamientos importantes como la función ejecutiva, la memoria y las respuestas emocionales.

El artículo sugiere que es fundamental asumir la gravedad del estrés tóxico, dado que la agobiante tortura emocional y física en que viven algunos niños y niñas termina cobrándole su fortaleza al sistema inmunológico, debilita la atención y transforma la arquitectura del cerebro humano. Se manifiesta en la forma de déficit cognitivo, trastornos emocionales, problemas de aprendizaje, junto con la multitud de disfunciones conductuales.

De acuerdo a minuciosos estudios realizados por el Dr. Jack Shonkoff y Deborah Phillips en su estudio “From Neurons to Neighborhoods“ (Desde las Neuronas hacia los Vecindarios)

El comportamiento escandaloso en las clases escolares entre los estudiantes de bajos ingresos – desde la intimidación compañeros de estudios hasta el desafío agresivo a las figuras de autoridad – puede ser menos una llamada de atención y más el resultado probable de una transformación neurobiológica.

Por lo tanto, sepamos que imponer disciplina en las escuelas en base a castigos solo intensifica las tensiones en un organismo con poco resto para soportarlas. Según la investigación, el cerebro conserva una importante plasticidad durante los primeros años de vida y esto le brinda al organismo un cierto nivel de resistencia neurobiológico a la hora de enfrentar dificultades. Pero cuando los niños, las niñas y los jóvenes que padecen estrés tóxico se encuentran en la necesidad de enfrentar “un ambiente escolar draconiano se apaga cualquier esperanza de un respiro neurológico a los problemas en sus casas”.

Desarrollarse como persona

Queda claro, entonces, que el castigo escolar no hace más que retroalimentar un círculo vicioso: replica las condiciones de producción tensión e incrementa sus consecuencias negativas:

Los estudiantes etiquetados por sus maestros con la marca de las ‘manzanas podridas’ encuentran seriamente disminuidas sus oportunidades para transitar un entorno neurobiológico sano, dando lugar a situaciones que solo sirven para perpetuar su experiencia de estrés tóxico y, a su vez, su comportamiento no deseable.

Cuando los educadores no incluyen la idea de que un arrebato puede ser una respuesta incontrolable al trauma y aplican sanciones, refuerzan la idea de la mala conducta como una falta moral o personal. Estas situaciones tienen el agregado de ser vergonzantes, y los estudiantes se ven expuestos de manera humillante ante su comunidad de pares y ante las figuras de autoridad, creando también las condiciones para la producción del chivo (o los chivos) expiatorios de la clase y el bullying.

Al reforzar un entorno de vergüenza y fracaso los profesores, con demasiada frecuencia, agudizan aún más la espiral de estrés tóxico que comenzó en el hogar bajo la suposición de que, en fin, él es un “mal chico”.

Y todavía más – “Un niño expuesto a estas tensiones no está predestinado a tener una vida difícil”, dice la doctora Mary Bassett, … El problema es que “la salud pública está demasiado enfocada sólo en la ‘supervivencia de los niños’. Un niño necesita no sólo sobrevivir, sino desarrollarse.”

¿Qué hacer?

Sumando mi experiencia a lo sugerido en el artículo, estas son algunas acciones posibles para contrarrestar los efectos del estrés tóxico en los niños y las niñas que lo padecen y para todos los estudiantes, porque el castigo no le sirve a nadie y porque todo niño o niña que asiste a la escuela se merece este tipo de trato y contexto.

  • En primer término, que haya un cambio importante en la conversación en torno a la mala conducta.
  • Reconocer que la raíz profunda de este problema va más allá de solo cuestiones psicológicas.
  • Generar contextos de seguridad emocional y confianza mediante una fuerte empatía emocional.
  • Sostener un ambiente positivo y nutritivo acompañado de claros mensajes de reconocimiento.
  • Asesoramiento individual para los estudiantes con problemas de relación y terapia de grupo pequeño para ayudar a reforzar las habilidades sociales y la estabilidad emocional.
  • Contar con trabajadores sociales involucrados en las aulas que puedan concentrarse en la restauración de las función ejecutiva – esencialmente, para dar tiempo a las siempre plásticas partes del cerebro debilitadas por el de estrés tóxico para reiniciar el sistema y aumentar la resiliencia frente los desafíos que enfrentan en el hogar.

Educadores que hacen la diferencia

No siempre sabemos lo que los chicos viven en sus hogares. Los padres que maltratan no lo cuentan. La intensidad de los problemas hogareños no siempre nos llega claramente. Lo que los educadores sí vemos es el efecto de lo que probablemente estén padeciendo los chicos y las chicas en casa y nos invade un compasivo deseo de ayudar.

Aquí quiero decir que no podemos cambiar la vida entera de los chicos, pero sí podemos cambiar y mejorar lo que sucede en la escuela, cambiar la manera en que pensamos la vida en las escuelas, lo educativo y nuestra manera de hacer las cosas. Y vale la pena intentarlo. Durante mis años de trabajo he visto a una enorme cantidad de personas que, siendo estudiantes, tuvieron la bendición de cruzarse con algún profesor/a o maestro/a que, gracias a su trato, sus propuestas de trabajo y sus palabras, les aportaron un reflejo bien diferente, ampliado y hasta mejorado de sí mismos e hicieron enormes diferencias en sus vidas.

Invito a quienes hayan tenido maestros o profesores que hayan hacho una diferencia beneficiosa en sus vidas las compartan en sus comentarios.