¿Qué vas a hacer cuando seas grande?

Hombre develando el futuro

Un deseo es una monedita lanzada al futuroEl deseo cumple una función de enlace: integra la experiencia presente con el futuro, donde reside su cumplimiento, y con el pasado, que culmina y se compendia en él.

Irving y Miriam Polster (1985)

 

Ahora voy a estudiar música

Durante un taller para familias, una mujer contó la historia de un muchacho que, apenas se recibió de médico que fue con sus padres y les dijo: “Ahí tienen mi diploma, ahora me voy a estudiar música”. Y nunca jamás ejerció la medicina. Más que una anécdota, esto es una tragedia. Imaginen el esfuerzo y los años de vida que perdió para poder sentirse con derecho a estudiar y hacer lo que quería.

Cabe que nos preguntemos también ¿sobre qué tipo de creencias acerca de la crianza se habrán apoyado sus padres a la hora de imponer semejante sentido de obligación en su hijo? Cuesta imaginar las cosas que le habrán dicho para convencerlo de postergar su deseo más profundo. No hay nada de amor en la voluntad de control.

Yo misma soy una de esas hijas que querían ser bailarina primero, pintora después y terminé siendo maestra, qué horror. ¡Maestra! ¡Con lo espantoso que fue mi etapa de alumna de primaria! En mi experiencia de aquella época, si había personas con cero mísitca habían sido mis maestras (excepto una). Pero hay que pensar en el futuro, decían mis padres, la pasión es para después (qué tristeza), para cuando ya se tuviera dinero y seguridad. ¿Conocen personas excelentes y creativas y proactivas haciendo cosas que no aman? Creo que eso no existe.

Esa experiencia solo me trajo me trajo inseguridad respecto de mí misma y de la validez de mis elecciones. Gracias a Di-s a veces tenemos la oportunidad de cruzarnos con ese evento que parece intrascendente, pero que termina poniéndole una bisagra a la vida y lo cambia todo. Así fue cuando conocí la Expresión Corporal, justo en sus inicios, y retomé mi rumbo más querido. De ahí en más todo fue para mejor. No fue rápido, pero siempre para mejor.

“Animarse a andar en bolas”

En la vida de todos hay momentos en que entramos en detenimiento, como si nos pulsaran un botón de pause. Son momentos en los que ya no sabemos bien lo que queremos ni como seguir. Continuamos rutinariamente con nuestras tareas, en automático, y aunque no vemos exactamente ni-dónde-ni-cómo-ni-cuándo, en el fondo, sabemos que la cosa está empezando a ir para otro lado.

Todo lo que vengo escribiendo hasta aquí me surgió hace unos días, cuando vi una inspirada presentación de Lala Pasquinelli en la que comparte una poderosa cita de Fernando Pessoa, punto de partida de un cambio de perspectiva que habría de influir profundamente en su vida:

Hay un tiempo en el que es preciso abandonar las ropas usadas que ya tienen la forma de nuestro cuerpo, y olvidar nuestros caminos que nos llevan siempre a los mismos lugares…

Es el tiempo de la travesía: y si no osamos hacerla, quedaremos, para siempre, al margen de nosotros mismos…”

 

Te invito a ver su charla haciendo clic aquí

lala-pasquinelli

No sé y Por ahora

Lamentablemente, estos detenimientos de los que hablaba más arriba suelen suceder durante la adolescencia y, quizás no por casualidad, en el momento en que la familia y el calendario escolar (no el vital) les pide a los hijos y a las hijas que tomen decisiones que atañen a su futuro. Muy mal momento, porque como dice Lala, están bastante incómodos con las ropas que llevan y sin saber todavía cuáles quieren ponerse.

Y cuando esto pasa, los padres enloquecen y hacen todo lo contrario de lo que deberían hacer: preguntan, insisten, opinan… Cuanto más presión les ponen a sus hijos e hijas, más bloqueo. Y de ensimismados, soñadores y un poco en bolas pasan a deprimidos y enojados, porque al no poder encontrar la respuesta que todo su entorno les dice que deberían tener comienzan a sentirse fallados, que algo anda mal con ellos.

Aquí es donde adoré y decidí transformar en premisas las dos formas de responder al futuro (siempre incierto) que Lala adoptó para sí misma:

Aprende a soportar que tus hijos e hijas se queden quietos y digan “no sé” cuando realmente no saben

Y dado que nadie nada dos veces en el mismo río, hazles saber que aquello que les pueda ir apareciendo que les de un sentido significativo a sus vidas, siempre es un “por ahora”.

No obliguemos a nuestros hijos e hijas a dirigirse a ningún puerto cuando todavía no tienen la brújula interna que les brinde alguna pista del lugar al que quieren ir. Dejemos que se sumerjan tranquilos en las aguas inquietas de sus todavía difusos deseos. Solo así, entre los “no sé” y los “por ahora”, podrán darse cuenta en donde se sienten más cómodos.

 

cuando-seas-grande-mafalda

Bienvenidos tus comentarios.

Y si te gustó, compártelo por favor.

La estrategia de la madeja de lana en la familia

Mujer con el agua hasta el cuello

Cuando cambias las forma de ver las cosas, las cosas que ves cambian.

Max Plank

Hace muchos años llamé a una psicóloga conocida porque quería recomendarla para atender a una persona de mi conocimiento. Me hizo unas pocas preguntas sobre la situación y sin dudarlo me dijo: “yo no inicio un tratamiento con nadie en medio de una crisis.” Me sentí confundida y un tanto molesta. ¿El destino de alguien en crisis es el de hundirse sin remedio? ¿Podemos o aprendimos a darnos cuenta del momento adecuado para ocuparnos de los problemas a tiempo?

Con estas preguntas en mente, mucha metáfora y algo de mi baúl de experiencias fui configurando esta nueva entrada en el blog que espero disfrutes.

Con el agua al cuello

Desde mi compromiso con la salud y el prójimo, sigo pensando que alguien tiene que hacerse cargo de la ayuda y, en lo que de mí depende, lo intento. Al mismo tiempo y desde la experiencia de varios años de trabajo, entiendo mejor el punto de vista de aquella psicóloga. Porque en medio de una crisis no se puede pensar bien y el trabajo del profesional se hace casi imposible. Dicho esto, pasaré a iluminar un poco mejor el punto.

Hace muchos años vino a consultarme una mujer que trabajaba de guardavidas. Ella me contó que a causa de la desesperación, es común que la persona que se está ahogando se aferre de tal modo al guardavidas que es capaz de ahogarlo también a él. Por este motivo, los guardavidas son entrenados, incluso, para aturdir con un golpe al que se está ahogando; porque la intensidad emocional del miedo que esa situación le genera lo lleva a un estado de irracionalidad que solo puede ser interrumpido de esa manera.

Esto es lo que suele suceder cuando se trata de las relaciones familiares. Es muy común que las personas consulten recién cuando el agua les llega al cuello y están todos a punto de ahogarse. En esas circunstancias, la intensidad de las preocupaciones no ayudan para nada. Abordan las cosas al modo de manotazos de ahogados y eso no permite avanzar a nadie, ni a la familia ni al profesional que ha sido invitado a colaborar.

Lo urgente es enemigo de lo posible

Las personas tienden a creer que el problema es la crisis. No es así, la crisis es la consecuencia de una sumatoria entrelazada de problemas y de lo que no se ha hecho antes. Por lo tanto, siempre que haya voluntad de mejora, tarde o temprano, algo habrá que hacer para aprender de lo que está pasando. Caso contrario, no hay remedio.

Los problemas familiares conviven en madeja y enredados. Existe la fantasía generalizada acerca de que pueden arreglarse de un día para el otro. No es así. Cualquiera que tenga amigos con familia podrá constatarlo. Por este motivo, el mayor desafío que hay que atravesar para poder encararlos radica en la capacidad para superar dos grandes obstáculos: la urgencia (el factor tiempo) y las expectativas (casi siempre) irreales.

El combo urgencia + expectativas irreales hace que los padres y las madres se frustren muy rápido cada vez que se dan cuenta de que no existen soluciones mágicas. Comienzan a saltar de un profesional a otro y sólo consiguen atrasar o empeorar la situación.

En este punto, es importante agregar que el aprendizaje significativo comienza recién después de la crisis, no durante. El trabajo realmente creativo, la posibilidad de ver con otros ojos y apuntalar el cambio sucede cuando la sensación de estar en medio de la tormenta amaina y va creciendo la confianza en que las cosas van a mejorar. Es fundamental distinguir entre lo urgente y lo necesario. Salir de la coyuntura y apuntar al proyecto de vida.

La estrategia de la madeja de lana

Cuando “las papas queman” en la familia, mi recomendación y estrategia de trabajo es la misma que se usa para desenredar una madeja de lana que se ha enredado.

¿Alguna vez trató de desenredar rápido algo que estaba muy enredado? Si es así, se habrá dado cuenta de que si tiraba con fuerza de cualquier lugar sólo empeoraba las cosas. Provistos de tiempo y paciencia, hay que ir tirando un poquito de cada lado para comenzar a ver por donde pasa cada hebra, evaluar las relaciones y darle sentido a cada movimiento. Por un rato se tiene la sensación de tarea imposible pero, de pronto, todo se aclara y el proceso comienza a desenvolverse con facilidad. Uno comienza a notar que cada movimiento se vuelve eficiente y que todo fluye cada vez más rápido, sin tironeos y sin que haga falta cortar las hebras. Porque en familia, eso de cortar por lo sano no sirve.

Evita que la madeja se enrede demasiado

En caso de que sientas que hay cosas que quisieras mejorar en tu familia y no quieres “que el agua le llegue al cuello” te recomiendo lo siguiente:

–  Pon atención en esos (todavía) pequeños problemas cotidianos de convivencia que se repiten demasiado a menudo. Piensa en esas situaciones de “baja frecuencia” ante las cuales descubres que no tienes respuesta y que, además, suelen llevarte a lugares o modos de actuar que hubieras preferido no transitar.

–  Una vez que las ha detectado, ocúpate a tiempo, no postergues. Tener problemas no es el problema. Sería maravilloso si no tuviéramos problemas, pero la vida perfecta es sólo una ilusión y los problemas son parte inevitable del vivir. El peor de los problemas es no poder reconocerlos y dejar que las situaciones escalen a crisis inmanejables y provoquen sufrimiento y peleas.

–  Busca ayuda y ten la disposición de aprender. No estás fallado o fallada, simplemente aprendiste otras cosas y esto que te pasa ahora te invita a explorar otras alternativas, a ampliar tu percepción y a ver desde nuevos puntos de vista.

–  Eres el adulto responsable y tienes los mejores recursos para abordar lo que está pasando. Eres quien tiene la autonomía económica y el potencial intelectual y emocional para reflexionar y aprender. Si en tu hogar aconteciera un problema de finanzas, no esperarías que sean tus hijos quienes se ocupen de arreglar las cosas. Según el caso, te sentarías solo o con tu pareja, evaluarían y planearían cursos de acción y quizás, después, incluirían a sus hijos para que sepan lo que pasa y colaboren en lo que de ellos depende. En mi experiencia, cuando son los adultos los que asumen el problema, el cambio ocurre, es duradero y todos salen más crecidos de la experiencia.

No pretendas arreglar todo de una vez. Recuerda la metáfora de la madeja enredada. Como los problemas de convivencia están todos interconectados, cuando comiences a trabajar sobre una cosa, enseguida aparecerán otras más asociadas a ese problema. Se necesita tiempo y paciencia.

Y para finalizar, otra anécdota. Hace muchos años Rosana Pozzato, una mujer y madre que asistía al espacio grupal,  de crianza sintetizó de manera brillante lo que se ha dicho hasta aquí:

Al principio, venía con un problema y me iba con diez y eso me provocaba cierta frustración. Sin embargo, con el tiempo, aprendí a ver como todas esas cosas estaban conectadas. Ahora puedo definir más rápidamente la situación, pienso mejor y me veo mucho más eficaz al abordar lo que pasa.

Estás bienvenido a contribuir con tus comentarios.

Y si crees que otros les puede gustar este post, agradezco que lo compartas en tus redes sociales.

Los 7 pecados contra la infancia – Dr. Daniel Becker

Daniel_Becker

El verdadero carácter de una sociedad se revela en el trato que da a los niños. 

~ Nelson Mandela

Esta cita de Nelson Mandela fue la elegida por el Dr. Daniel Beckerpara introducir la magnífica charla TEDxLaçador durante el mes de mayo pasado en la ciudad de Porto Alegre de Brasil. Allí planteó la paradoja de lo que sucede en su país:

Nuestros hijos son lo más precioso, queremos el bienestar de ellos a cualquier costo, daríamos nuestra vida por ellos. Sin embargo, nuestros chicos están siendo muy maltratados por la sociedad. En verdad, esto exige una reflexión, exige que pasemos a proponer cambios.

Si pensamos en los chicos más pobres de Brasil, que son la mayoría, de acuerdo con los criterios de Mandela tenemos un pésimo carácter, pues les negamos a ellos derechos básicos, como salud, vivienda, educación, alimentación, los tratamos con violencia y, si ellos se rebelan, ofrecemos a ellos la prisión.

Durante la charla se refirió a los 7 pecados capitales que estamos cometiendo contra la infancia. Pecados capitales que afectan tanto la vida de los chicos pobres como la de los ricos.

1 – Privación del nacimiento natural y del amamantamiento.

La cultura de la cesárea hizo que las mujeres lleguen a creer que el parto normal es la cesárea y que el parto normal es nocivo, doloroso, peligroso. Esto genera muchos males a las criaturas.

Lo mismo sucede con el amamantamiento materno. “La mujer quiere amamantar a su criatura pero, muchas veces, se ve que a los dos meses ya ha sido destetada.” Se ha llegado a pensar que la leche materna es lo mismo que las fórmulas para mamadera. Dice Daniel Becker: “Esto sucede, en gran parte, por causa del nombre que elige la industria para sus marcas: ‘Pro’, ‘Premium’, ‘Supreme’, y por la publicidad que realizan con los médicos. ­­En argentina es ‘Premium’, ‘Nutrilon’, ‘Vital’, ‘Pro’. Como ven, se trata de los mismos fabricantes y operan con idénticas estrategias de marketing.

2 – Tercerización de la infancia.

Los padres disponen de muy poco tiempo por motivos laborales y compromisos de diverso tipo. Por este motivo, los niños están siendo dejados en jardines maternales o al cuidado de niñeras.

Y pierden un tiempo que es maravilloso: la convivencia con los hijos. Los niños pierden la convivencia con las personas más importantes de su vida. La convivencia es aquello que nos enseña la intimidad, la capacidad de estar junto, el amor, la experiencia de estar cuidado por alguien, la sensación de conocer profundamente a alguien.

3 – Intoxicación de la infancia.

Como los padres tampoco tienen tiempo o disposición para cocinar, cambian la comida nacional brasilera, que es muy saludable, por comida chatarra, rica en grasas, sal y azúcar, que viene de la comida industrializada y congelada. “La obesidad y la diabetes están estallando en la infancia.” Dice que están “adictas” a ese tipo de comidas e “incapacitadas” para comer comida saludable.

4 – Confinamiento y distracción permanente.

Los padres tienen miedo de dejar salir a los hijos y pasan hasta 8 horas por día conectados a aparatos electrónicos. Este confinamiento impide que ellos tengan un momento de conciencia, de vacío, de tedio.

La distracción permanente impide momentos de conciencia, de vacío. El tedio es fundamental en la infancia. Porque el tedio y el vacío son la cuna de aquello que es más importante para nosotros: la creatividad y la imaginación. Y nosotros estamos amputando esto de nuestros hijos.

5 – Mercantilización de la infancia y consumismo infantil.

Los chicos están expuestos a 4 horas de publicidad por día. Los chicos son masacrados por la publicidad, por los valores del consumismo y son “más expertos por lo que reciben de la publicidad de lo que reciben de parte de los profesores. El fin de semana no van al parque, van al shopping … Y esa publicidad es cobarde, explota la incapacidad de los niños para distinguir entre fantasía y realidad, explota el amor que tienen por los personajes haciendo que se enamoren de productos tóxicos y que adopten valores como el consumismo obsesivo, la hiper-valorización de la apariencia, la frivolidad.” Y la publicidad que apunta a los adolescentes va a desembocar en el consumo de alcohol.

6 – “Adultización” y erotización precoz de la infancia.

Gran parte de los niños pasan sus vidas con una agenda llena de compromisos dado que sus padres desean que sean muy competitivos y adultos exitosos. Con ironía, agrega que “para relajarse de ese estrés precisan, además, de una hora de meditación.” Entonces pregunta al público –en tanto acompaña lo dicho con un balanceo–, si acaso no sería muy bueno que estuvieran en la plaza y hamacándose: “mira el cielo, mira el suelo… mira el cielo, mira el suelo”.

Al fenómeno de la “adultización” se agrega “una erotización que usa a las niñas de 7 ú 8 años para vender productos de moda; una erotización basada en el machismo, una identificación de las niñas y de las mujeres en la valorización excesiva de la apariencia y, peor, una disociación de la sexualidad del amor y del afecto. Esto les llega directamente a las niñas, deformando sus cabezas cuando tienen 8 o 10 años.”

7 – Entronización y sobreprotección de la infancia.

Otra vez más, con ironía, Daniel Becker comenta que pareciera que los padres le tienen miedo a los hijos: ellos pasan a ser los reyes de la familia y no miembros de ella. Los padres imaginan que su ausencia puede ser compensada siendo permisivos. Hace un juego de palabras diciendo que le dan a los hijos “presentes en lugar de presencia” y terminan perdiendo autoridad (presente en portugués significa regalo).

Los padres se interponen entre la experiencia de los hijos y el mundo haciendo lo que ellos quieren; no tienen experiencia de la vida y, por lo tanto, no desarrollan mecanismos para enfrentar la frustración, el dolor y las dificultades. Ciertamente, el mundo se las va a entregar a ellos más tarde.

Así las cosas, los niños y niñas se vuelven pendencieros, obesos, enfermos, les va mal en la escuela, hiperactivos. No pueden concentrarse y, para arreglarlo, cometemos el peor de todos los pecados: La medicalización de la infancia.

 

El tiempo y el espacio, las variables para el cambio

Como forma de enfrentar estos pecados el Dr. Daniel Becker propone una solución que pasa por realizar cambios sobre estos dos factores: tiempo y espacio. En el caso del tiempo, sugiere que los padres estén presentes en la vida del hijo en por lo menos 10% del tiempo en que están levantados. En un cálculo general, esto representa 1,40 hora por día de dedicación a los hijos.

En relación al espacio, la sugerencia es la de estar cerca de la naturaleza. “La convivencia con el espacio abierto va a apartarlos de las pantallas, va a reducir el consumismo y el materialismo excesivo, va a promover el juego libre (el que, al mismo tiempo, va a generar inteligencia, humor y creatividad), va a generar convivencia entre las familias, va a promover el contacto con el aire, el sol y el verde, y va a reducir todos los problemas de la infancia.”

* Daniel Becker es un Médico Pediatra Brasilero, especialista en homeopatía y Master en Salud Pública, en el área de promoción de la salud. Fue pediatra de la organización Médicos Sin Frontera en campos de refugiados en Asia y en 1993 fundó el CEDAPS – Centro da Promoção da Saúde – (Centro de Promoción de la Salud), una ONG con fuerte actuación social en comunidades populares. Conferencista y consultor de órganos gubernamentales, empresas y organizaciones internacionales, trabajó en más de 23 países.

La crianza más allá de los 2 años

Madre e hijas

A lo largo de los años de ejercicio profesional de consultoría en temas de crianza y vida familiar, sigo viendo con preocupación como todo lo que se hace con empeño y amor durante la primera infancia se deshace, a veces dramáticamente, después de esa etapa.

La tarea de crianza no se termina a los 2 años. 

A lo largo de los años de ejercicio profesional, sigo viendo con preocupación como todo lo que se hace con empeño y amor durante la primera infancia se deshace, a veces dramáticamente, después de esa etapa.

Sin ninguna duda, la etapa de crianza en la primera infancia es crucial. Todos los cambios por los que las mujeres (más especialmente) venimos trabajando con el objeto de transformar nuestra propia experiencia de ser madres y a favor de un modo de criar más humanizado, representan una batalla que está siendo bien ganada a lo largo de los últimos 25 años en Argentina.

Hasta los 2 años de edad, el niño y la niña, progresivamente, se habrán hecho expertos en su hablar y en el emocionar y actuar de su cultura. Desde la incondicionalidad del apego habrán comenzado a construir su confianza en sí mismos y en el mundo que los rodea. A partir de esa edad estarán entrando más de lleno en la producción de su propio vivir, ganando cada vez más autonomía y despegándose, cada vez más, de la experiencia de ser el centro del universo. Deberán dejar de pensar que todo gira alrededor de ellos y aprender que los demás también existen y que son tan importantes como ellos.

La familia más su entorno

A partir de los 2 años, a veces un poco más adelante quizás, la familia en su conjunto y los más chiquitos en particular, comienza a participar más intensamente en otros ámbitos de la sociedad: la escuela, el club, los cumpleaños de sus compañeros escolares y, con ello, el encuentro con experiencias novedosas: el trato con los profesores, con los padres de otros niños y niñas de la escuela y con otros niños que no son de la familia o del entorno de amistad más cercano.

En ese momento, todos los integrantes de la familia comienzan a verse atravesados – en general sin darse cuenta – por las demandas propias de esos nuevos contextos de convivencia. En mi experiencia, la demanda más intensa y desestabilizadora del status quo familiar y la más difícil de resolver es la que proviene de la escuela.

Con la entrada de los hijos a la escuela, el campo de lo que el niño y la niña deben ser y lo que se espera de ellos se multiplica. A modo de ejemplo, la escuela reclama que el hijo “no hace las tareas” y el padre y la madre (y la familia entera a veces) tienen que “lograr que el niño haga las tareas”. “Su niño no participa en clase”, entonces hay que salir corriendo a encontrar la manera de que ese niño “participe”, porque es lo que espera la escuela. El nene de la vecina ya sabe multiplicar por dos cifras, entonces mi hijo tendría que saberlo porque tiene la misma edad. Uff! Me agota el mismo hecho de escribirlo.

Hace poco, durante una consulta, me surgió la metáfora que mejor ejemplifica la situación. Tomé un libro de cuentos que tenía a mano y, poniéndolo entre quien me consutaba y yo de modo que ya no nos veíamos, le dije: “Este es el cuaderno de clase o de comunicaciones de tu hijo. Ahora estás viendo a tu hijo ‘fliltrado’ por el cristal de lo que en este cuaderno esta escrito. Tu hijo ha quedado teñido por lo que dicen los maestros y/o sus calificaciones”.

Exagerando un poco en aras de la claridad, podría decir que los chicos van dejando de ser los que hacen las mejores gracias en los cumpleaños familiares o los hábiles deportistas del club para pasar a ser el nene o la nena que se portan mal en la escuela o que se sacan todo 10 y nunca se equivocan. El padre y la madre retan o exigen más, reconocen menos y tienen menos tiempo para jugar y pasear, porque el rendimiento escolar y los ‘deber ser’ que les impone la cultura se les impone a ellos mismos como padres y madres y ha tomado el control de lo que se hace.

Nuestro pasado nos condiciona

Esta presión por la búsqueda de resultados y la manía de la comparación, para tomar un ejemplo, deja a toda la familia atrapada. Así es como, ante la necesidad, entran en escena las mismas maneras de pensar y los mimos comportamientos que tan magros servicios prestaron a nuestros padres, y terminamos replicando los escenarios de infancia que tanto se quisieron evitar. Y el círculo vicioso nunca ser rompe y los padres y las madres que quieren ‘otra cosa’ comienzan a sentirse cada vez más desesperados, en conflicto, impotentes e infelices.

Seamos justos también, porque no se trata sólo de la escuela. Los hijos, el papá y la mamá, se encuentran también mirados y evaluados (y ellos también lo hacen con otros) por otros adultos que habitan por fuera del núcleo familiar primario, como los abuelos, los tíos o los amigos de la mamá y el papá. De modos más directos o encubiertos, estas personas tienen su propio modo de ver la vida y sus presupuestos respecto de como debieran hacerse las cosas. La cultura que nos rodea pesa y hace falta claridad intelectual para abordar las diferencias.

Después de los 2 años, el enfoque del apego no alcanza

Más allá de los 2 años, cuando comienza a hacerse evidente cuánto importa el que los niños y las niñas ganen en empatía, autonomía y responsabilidad personal, las teorías del apego no alcanzan. En esos momentos es cuando aparecen las propias críticas y las de otras personas expresadas en comentarios del tipo: “esa criatura está siendo demasiado mimada, ya está grande y necesita más límites”.

Ahí es cuando todo comienza a tambalear, porque eso significaría ir para atrás, buscar herramientas en la única caja de la que disponemos, la de nuestra infancia; no es lo que queremos pero es la única. No queremos repetir aquellas cosas que de jóvenes juramos nunca decirles a nuestros hijos, pero no hay retorno. De pronto, como si se tratase de algún tipo de piloto automático, nos escuchamos y nos vemos diciendo y haciendo exactamente lo mismo que hacían con nosotros.

Otro convivir es posible

En este contexto, mi tarea de orientador familiar es mostrar que otro mundo es posible. Sin embargo, ello requiere una reestructuración importante del universo mental que habitamos y compartimos. Es que, sin ser conscientes de ello, todos tenemos algún tipo de teoría acerca de la crianza en la cabeza y los presupuestos y recursos que la acompañan están operando permanentemente al interior y en el entorno de cada familia.

Las nuevas propuestas de una crianza respetuosa están muy elaboradas cuando de la primera infancia se trata. Pero tienen patas muy cortas, ideológicas y conceptuales, cuando de la infancia más crecida se trata.

El cambio en este nivel implica redefinir la manera de pensar el convivir y de lo que ser familia significa en estos tiempos, requiere entender, por ejemplo, que no se trata de que los hijos nos controlen o de que nosotros los controlemos a ellos. Esta es la misma receta sólo que con la inversión del uso del poder.

Debemos dejar de hablar de la familia bajo las mismas premisas que se usan en los entornos de producción. La familia no es una fábrica. Suena obvio cuando lo digo y todos, en principio, se muestran de acuerdo con esto. Pero puestos a charlar, en el momento de hilar fino en la consulta, las personas se dan cuenta de que se suele pensar y actuar como el mejor de los burócratas.

La disfuncionalidad de las relaciones familiares está enccriptada (presente aunque reconocida) en los patrones de comunicación. Nuestra comunicación habitual está configurada de maneras muy violentas y autocráticas. Pero no lo vemos, aprendimos a no verlo.Esto ha quedado absolutamente naturalizado como consecuencia de nuestra propia crianza y no se nos ocurre que pudiera ser de otro modo. Develar esta condición es el trabajo que hay que hacer después de la primera infancia. Si es posible antes de que todo se enrede cada vez más y le terminemos echando la culpa a la adolescencia, como si esta etapa fuera un virus irremediable.

Nunca es fácil mover la gran estantería de nuestra historia personal junto con las creencias y supuestos que las acompañan. Siempre honro a los que se animan a hacerlo; hay que deponer el orgullo y la voluntad de poder y asumir una actitud humilde. Sin humildad no se puede aprender.

La crianza después de los dos años, en mi experiencia, es la segunda gran batalla que debemos dar en el ámbito de la familia si es que realmente deseamos un cambio radical y a largo plazo para nuestra humanidad. Seres nuevos y una sociedad más compasiva requieren un convivir diferente en la familia.

¿Qué opinas tú en este sentido? ¿Cuál es tu experiencia?