No quiero ir más a fútbol

Hace un tiempo y entre otros temas de consulta, una pareja se preguntaba cómo convencer a su hijo pequeño para que asista a las clases de fútbol. El año anterior las había disfrutado mucho y ese año no quería ir.

Quiero aclarar que compartía y comparto totalmente el criterio de su mamá y su papá respecto de la importancia de que los chicos y las chicas realicen algún deporte y las aun mayores ventajas del deporte en equipo.

Sin embargo, lo que me parece interesante de esta situación como para dedicarle este espacio en el blog, radica en el dilema que se nos presenta a los adultos cuando quedamos divididos entre respetar el derecho a elegir de los chicos (qué, cuándo y cómo) y los que nosotros sabemos o creemos que es bueno para ellos.

Mi sugerencia fue que no insistieran. Que no quisiera ir a fútbol en ese momento no implicaba que nunca más iba a querer hacerlo ni opacaba la posibilidad de que en otro momento pudiera elegir otro deporte. Era chiquito todavía, iba al jardín, había tiempo para ver que pasaba.

 

Cuando puedo decir no, también puedo decir sí

Cuando los chicos y las chicas tienen pocas opciones para que sus “no” sean escuchados y validados tienden a buscar, empecinadamente, toda ocasión propicia para demostrar que no son títeres, que pueden querer otra cosa y que necesitan ejercitar su posibilidad de elegir.

Esto comienza a suceder cerca de los 3 años de edad. Es el tiempo de crianza en el que los adultos comenzamos a sentir que estamos conviviendo con el enemigo, que “basta que yo diga ‘A’ para que diga ‘B’, que basta que yo diga que hay que ponerse los zapatos para que diga que no quiere”.

Se repiten las típicas escenas a las que llamo “tirar de la soga“, un lado dice que sí y el otro dice que no. El problema con ellas es que, además de ser agotadoras, instalan una mecánica relacional que a veces, más de las que quisiéramos o imaginamos, se traslada a todo tipo de situaciones y durante toda la vida de una persona. No importa qué ni cómo, por las dudas me opongo.

 

El juego de poder no se juega

La necesidad de que las propias necesidades y deseos sean tenidos en cuenta es psicológicamente más importante que el hecho mismo de jugar al fútbol, volver a una hora determinada a casa o ponerse los zapatos.

Cuando los chicos se sienten demasiado comandados se dispara en ellos una respuesta de oposición sistemática. Porque lo que le duele es no ser considerado en absoluto.

Cuando la necesidad de contar con determinados grados de autodeterminación no es bien acompañada, lo que se instala en la relación es el juego de poder. Es como si ellos se dijeran: “a ver si en esta consigo hacer algo, aunque sea algo! como yo quiero”, o “no voy a ir aunque me guste, no voy a permitir que crean que controlan mi vida por completo”.

Si les decimos que no a todo, los chicos y las chicas se vuelven sumamente reactivos, hacen de cada situación una oportunidad para la auto-afirmación y la convivencia empieza a parecerse a un campo de batalla. En ese juego todos pierden.

 

Elegí tus batallas

Si lo dicho hasta aquí te suena conocido, te invito a revisar y elegir qué cosas son para vos no negociables (por la calle vas de la mano; aunque tengas 12 años no hay juegos electrónicos después de comer; todavía no te voy a dar un celular) y en qué cosas tus hijos pueden elegir: que un día quiera comer otra cosa, que vaya a una reunión familiar o cumpleaños con una ropa que él o ella aman aunque sea poco presentable, que alguna vez falte a la escuela aunque no esté enfermo si es que alguien puede cuidarlo, etc. Estos son simples ejemplos y sin dudas varían para cada familia.

El punto central es: administrá tus fuerzas y desarmá la dinámica destructiva del juego de poder.

Quizás, ahora entiendas por qué tantas veces no funciona eso de “razonar” con ellos, porque no son las ventajas de hacer deporte, de volver temprano, ponerse los zapatos o salir abrigado lo que está en juego. Está en juego el valor de la diferencia y la necesidad de autodeterminación, un tema que puedes ampliar en este muy bien recibido posteo anterior titulado No quieras nada para tu hijo.

 

Una más de las paradojas de la crianza

Pretendiendo una mejor vida para los chicos y las chicas los volvemos reactivos y rebeldes. Los adultos tenemos que replantearnos los preceptos de crianza que adoptamos sin siquiera cuestionarlos.

Si seguís entusiasmado con este tema, este video va en la misma línea de este post y seguro te va a gustar.

Jay Shetty – No dejes que nadie te maneje con sus tiempos

Jay Shetty - No dejes que nadie maneje tus tiempos

 

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Los límites existen porque convivimos

… para el individuo educado en la cultura occidental es difícil ver más allá del individuo. Estamos educados en una preferencia tanto ética como estética por la autodeterminación individual.
S. Minuchin y C. Fishman (2006)
El límite cobra relevancia, siempre, en el encuentro con el otro.

Para poder relacionarnos debemos reconocer, cada uno de nosotros, nuestro límite y nuestra diferencia. Ese es el necesario punto de partida de toda relación y una idea fundamental en el tema de los límites.

En el marco de las relaciones familiares y escolares, decirlo y actuar en consecuencia implica un significativo recorrido de aprendizaje intelectual y emocional.

No hay vivir que no implique convivir

Desde que la humanidad existe, unirse para coexistir es el motivo esencial que impulsa toda suerte de formato social. Con mejor o peor resultado, usted habrá crecido con la ayuda de personas que le proporcionaron algún tipo de sostén, cuidados y apoyos básicos,  Con el paso de los años, habrá experimentado cómo, entre todos, iban desarrollando variados modos de coordinar sus acciones con el objeto de garantizar distintos grados de satisfacción de intereses y necesidades, comunes e individuales.

Como adulto, es improbable que usted viva y se desenvuelva siempre en soledad. Resulta absolutamente necesario contar y gozar de momentos de soledad e intimidad, pero esta situación nunca será una condición permanente. Aun en el caso de trabajar por propia cuenta y en su propio hogar, alguna vez requerirá de los servicios de alguien para arreglar algo y deberá convenir algunos acuerdos mínimos con el proveedor del servicio.

La vida es vida de relación

En el marco del tratamiento del tema de los límites en el ámbito familiar y educativo, diremos que madurar implicará, básicamente, aprender a reconocer dos cosas: que los demás también existen y que si no estuvieran, sería imposible sobrevivir, así de simple.

Desde que nacen, las personas se desenvuelven y desarrollan como miembros de una red de vínculos confiables. Si el vínculo no resulta confiable, si no ofrece un mínimo de seguridad afectiva, no se puede hablar de vínculo. Perdemos las ganas de vivir cuando quedamos desconectados de la relación con los demás .

Por esto, porque no hay vivir que no implique convivir y porque, en realidad, la vida es vida de relación, es tan importante volver a valorar la colaboración y el bien común como sustento de nuestra humanidad.

Tenemos que descartar la idea de individuo y dar lugar al concepto de persona, ese ser humano que se va constituyendo, día a día y desde que nace, en el enmarañado, en la red de relaciones en las que participa a medida que crece, sin confundirse y a la vez relacionándose.

Nuestra cultura y educación individualista, competitiva y exitista tiene consecuencias. Los hijos y los estudiantes que hoy muestran dificultad para reconocer y aceptar la existencia de límites suelen tener una fuerte incapacidad para desarrollar entendimiento y consideración por los demás. Entienden la vida como un espacio de estrellato o pugilato personal, como un reality show donde sólo se juega la farsa del juego del poder, sin ver que el que gana ha quedado irremediablemente solo y, con el pasar de los días, será también olvidado.

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La crianza más allá de los 2 años

Madre e hijas

A lo largo de los años de ejercicio profesional de consultoría en temas de crianza y vida familiar, sigo viendo con preocupación como todo lo que se hace con empeño y amor durante la primera infancia se deshace, a veces dramáticamente, después de esa etapa.

La tarea de crianza no se termina a los 2 años. 

A lo largo de los años de ejercicio profesional, sigo viendo con preocupación como todo lo que se hace con empeño y amor durante la primera infancia se deshace, a veces dramáticamente, después de esa etapa.

Sin ninguna duda, la etapa de crianza en la primera infancia es crucial. Todos los cambios por los que las mujeres (más especialmente) venimos trabajando con el objeto de transformar nuestra propia experiencia de ser madres y a favor de un modo de criar más humanizado, representan una batalla que está siendo bien ganada a lo largo de los últimos 25 años en Argentina.

Hasta los 2 años de edad, el niño y la niña, progresivamente, se habrán hecho expertos en su hablar y en el emocionar y actuar de su cultura. Desde la incondicionalidad del apego habrán comenzado a construir su confianza en sí mismos y en el mundo que los rodea. A partir de esa edad estarán entrando más de lleno en la producción de su propio vivir, ganando cada vez más autonomía y despegándose, cada vez más, de la experiencia de ser el centro del universo. Deberán dejar de pensar que todo gira alrededor de ellos y aprender que los demás también existen y que son tan importantes como ellos.

La familia más su entorno

A partir de los 2 años, a veces un poco más adelante quizás, la familia en su conjunto y los más chiquitos en particular, comienza a participar más intensamente en otros ámbitos de la sociedad: la escuela, el club, los cumpleaños de sus compañeros escolares y, con ello, el encuentro con experiencias novedosas: el trato con los profesores, con los padres de otros niños y niñas de la escuela y con otros niños que no son de la familia o del entorno de amistad más cercano.

En ese momento, todos los integrantes de la familia comienzan a verse atravesados – en general sin darse cuenta – por las demandas propias de esos nuevos contextos de convivencia. En mi experiencia, la demanda más intensa y desestabilizadora del status quo familiar y la más difícil de resolver es la que proviene de la escuela.

Con la entrada de los hijos a la escuela, el campo de lo que el niño y la niña deben ser y lo que se espera de ellos se multiplica. A modo de ejemplo, la escuela reclama que el hijo “no hace las tareas” y el padre y la madre (y la familia entera a veces) tienen que “lograr que el niño haga las tareas”. “Su niño no participa en clase”, entonces hay que salir corriendo a encontrar la manera de que ese niño “participe”, porque es lo que espera la escuela. El nene de la vecina ya sabe multiplicar por dos cifras, entonces mi hijo tendría que saberlo porque tiene la misma edad. Uff! Me agota el mismo hecho de escribirlo.

Hace poco, durante una consulta, me surgió la metáfora que mejor ejemplifica la situación. Tomé un libro de cuentos que tenía a mano y, poniéndolo entre quien me consutaba y yo de modo que ya no nos veíamos, le dije: “Este es el cuaderno de clase o de comunicaciones de tu hijo. Ahora estás viendo a tu hijo ‘fliltrado’ por el cristal de lo que en este cuaderno esta escrito. Tu hijo ha quedado teñido por lo que dicen los maestros y/o sus calificaciones”.

Exagerando un poco en aras de la claridad, podría decir que los chicos van dejando de ser los que hacen las mejores gracias en los cumpleaños familiares o los hábiles deportistas del club para pasar a ser el nene o la nena que se portan mal en la escuela o que se sacan todo 10 y nunca se equivocan. El padre y la madre retan o exigen más, reconocen menos y tienen menos tiempo para jugar y pasear, porque el rendimiento escolar y los ‘deber ser’ que les impone la cultura se les impone a ellos mismos como padres y madres y ha tomado el control de lo que se hace.

Nuestro pasado nos condiciona

Esta presión por la búsqueda de resultados y la manía de la comparación, para tomar un ejemplo, deja a toda la familia atrapada. Así es como, ante la necesidad, entran en escena las mismas maneras de pensar y los mimos comportamientos que tan magros servicios prestaron a nuestros padres, y terminamos replicando los escenarios de infancia que tanto se quisieron evitar. Y el círculo vicioso nunca ser rompe y los padres y las madres que quieren ‘otra cosa’ comienzan a sentirse cada vez más desesperados, en conflicto, impotentes e infelices.

Seamos justos también, porque no se trata sólo de la escuela. Los hijos, el papá y la mamá, se encuentran también mirados y evaluados (y ellos también lo hacen con otros) por otros adultos que habitan por fuera del núcleo familiar primario, como los abuelos, los tíos o los amigos de la mamá y el papá. De modos más directos o encubiertos, estas personas tienen su propio modo de ver la vida y sus presupuestos respecto de como debieran hacerse las cosas. La cultura que nos rodea pesa y hace falta claridad intelectual para abordar las diferencias.

Después de los 2 años, el enfoque del apego no alcanza

Más allá de los 2 años, cuando comienza a hacerse evidente cuánto importa el que los niños y las niñas ganen en empatía, autonomía y responsabilidad personal, las teorías del apego no alcanzan. En esos momentos es cuando aparecen las propias críticas y las de otras personas expresadas en comentarios del tipo: “esa criatura está siendo demasiado mimada, ya está grande y necesita más límites”.

Ahí es cuando todo comienza a tambalear, porque eso significaría ir para atrás, buscar herramientas en la única caja de la que disponemos, la de nuestra infancia; no es lo que queremos pero es la única. No queremos repetir aquellas cosas que de jóvenes juramos nunca decirles a nuestros hijos, pero no hay retorno. De pronto, como si se tratase de algún tipo de piloto automático, nos escuchamos y nos vemos diciendo y haciendo exactamente lo mismo que hacían con nosotros.

Otro convivir es posible

En este contexto, mi tarea de orientador familiar es mostrar que otro mundo es posible. Sin embargo, ello requiere una reestructuración importante del universo mental que habitamos y compartimos. Es que, sin ser conscientes de ello, todos tenemos algún tipo de teoría acerca de la crianza en la cabeza y los presupuestos y recursos que la acompañan están operando permanentemente al interior y en el entorno de cada familia.

Las nuevas propuestas de una crianza respetuosa están muy elaboradas cuando de la primera infancia se trata. Pero tienen patas muy cortas, ideológicas y conceptuales, cuando de la infancia más crecida se trata.

El cambio en este nivel implica redefinir la manera de pensar el convivir y de lo que ser familia significa en estos tiempos, requiere entender, por ejemplo, que no se trata de que los hijos nos controlen o de que nosotros los controlemos a ellos. Esta es la misma receta sólo que con la inversión del uso del poder.

Debemos dejar de hablar de la familia bajo las mismas premisas que se usan en los entornos de producción. La familia no es una fábrica. Suena obvio cuando lo digo y todos, en principio, se muestran de acuerdo con esto. Pero puestos a charlar, en el momento de hilar fino en la consulta, las personas se dan cuenta de que se suele pensar y actuar como el mejor de los burócratas.

La disfuncionalidad de las relaciones familiares está enccriptada (presente aunque reconocida) en los patrones de comunicación. Nuestra comunicación habitual está configurada de maneras muy violentas y autocráticas. Pero no lo vemos, aprendimos a no verlo.Esto ha quedado absolutamente naturalizado como consecuencia de nuestra propia crianza y no se nos ocurre que pudiera ser de otro modo. Develar esta condición es el trabajo que hay que hacer después de la primera infancia. Si es posible antes de que todo se enrede cada vez más y le terminemos echando la culpa a la adolescencia, como si esta etapa fuera un virus irremediable.

Nunca es fácil mover la gran estantería de nuestra historia personal junto con las creencias y supuestos que las acompañan. Siempre honro a los que se animan a hacerlo; hay que deponer el orgullo y la voluntad de poder y asumir una actitud humilde. Sin humildad no se puede aprender.

La crianza después de los dos años, en mi experiencia, es la segunda gran batalla que debemos dar en el ámbito de la familia si es que realmente deseamos un cambio radical y a largo plazo para nuestra humanidad. Seres nuevos y una sociedad más compasiva requieren un convivir diferente en la familia.

¿Qué opinas tú en este sentido? ¿Cuál es tu experiencia?