Felicidad 24/7 ¿Es realmente lo que nuestros hijos necesitan?

Ilustración de una edición del libro Un mundo feliz de Aldous Huxley

 

“La felicidad real siempre aparece escuálida por comparación con las compensaciones que ofrece la desdicha. Y, naturalmente, la estabilidad no es, ni con mucho, tan espectacular como la inestabilidad. Y estar satisfecho de todo no posee el hechizo de una buena lucha contra la desventura, ni el pintoresquismo del combate contra la tentación o contra una pasión fatal o una duda. La felicidad nunca tiene grandeza.”

Aldous Huxley (1988) Un mundo feliz. Plaza y Janés Editores. Pag.173 

 

La pesada carga de hacer felices a los hijos todo el tiempo

La especialista en crianza Slovie Jungreis-Wolff dice que un error de criterio que produce niños consentidos e ingratos es la actitudmientras sean felices”.  Ella relata que cada vez que le pregunta a las madres y a los padres qué es lo que desean para sus hijos, la respuesta más común es “que sean felices” y para ella esto no debe ser así. En su artículo dice:

La meta no es la felicidad. La línea de llegada de este juego es el carácter, la bondad, la ética y la moral de los hijos. Cuando todo lo que deseamos son niños felices, haremos cualquier cosa para no lidiar con sus quejas, lágrimas y berrinches. Doblamos las reglas, ignoramos nuestro buen juicio y miramos para otro lado ante el mal comportamiento, todo en el nombre de la felicidad de los chicos.

Entiendo que esto puede sonar extraño o exagerado. Pero léase bien, estas palabras no significan que la felicidad no debe tener lugar en la vida o importa poco. Todos anhelamos momentos de felicidad, esto es absolutamente válido y es bueno sentirse feliz. Sin embargo, tener la expectativa de que los hijos y las hijas nunca sufran, o dicho en positivo, esperar que estén felices las 24 horas del día todos los días de su vida es irreal. Esto no es malo o bueno. Es así, es una condición del vivir. Lo que está mal es producir dolor e infelicidad de manera intencional, ser cruel, abusar.

Retomando el artículo de Solvie Jungreis-Wolff, la felicidad de los hijos e hijas tampoco debe ser el parámetro mediante el cual evaluemos si estamos siendo buenos o malos padres o madres. Cuando existe esta confusión, como vimos, las cosas se ponen complicadas para el desarrollo sano de los chicos.

Por mi parte, creo que hay cierta omnipotencia detrás de esta pretensión de tener hijos eternamente felices. Aun en el contexto más ideal de crianza ¿podemos evitar que nuestros hijos día se golpeen tratando de trepar a un árbol o que su mejor amigo o amiga se vaya a vivir a otra ciudad, que un profesor los saque de un partido deportivo de manera quizás injusta o que algún día les llegue su primer desencanto amoroso? Haremos lo mejor que podemos en lo que de nosotros dependa pero, lamentablemente, no podremos tener nunca el control de todo lo que ocurra en sus vidas.

Algunas infelicidades valen, otras no

Complementando el planteo original, me parece importante comentar la creciente dificultad que tienen los adultos para distinguir cuándo el llanto o el berrinche de un hijo o hija es pura voluntad de poder, pura voluntad de poner el mundo a sus pies y cuándo se trata de un dolor emocional que debe ser contemplado. En el primer caso, el único que está sufriendo es su narcisismo y hay que aprender a correrse de manera saludable de esa demanda. En el segundo caso, hay que aprender a dar contención emocional mediante la escucha empática , teniendo en claro que escuchar no es lo mismo que conceder.

Cuando los padres aprenden a distinguir esta diferencia comienzan a saber cuando corresponde decir sí y cuando decir no; habrán adquirido los fundamentos que se necesitan para educar a sus hijos e hijas en valores y actitudes imprescindibles para la vida. La educación en valores llega por defecto, no por imposición moralizante, llega como resultado de la visión que le imprimimos a la convivencia y a la manera en que actuamos ante los eventos cotidianos.

Con menos inspiración que Aldous Huxley pero con igual convicción, afirmo que la autoestima, la confianza y la felicidad se ganan cuando hemos conseguido las cosas por nosotros mismos. No es lo mismo darles a los chicos algunos soportes básicos y alguna ayuda que hacer todo por ellos. Puedo conseguirle una raqueta usada a mis chicos y llevarlos a algún lugar para aprender a jugar al tenis, pero serán ellos quienes tendrán que transpirar la camiseta para conseguir su performance. Si embargo, me encuentro con tantos niños y niñas a quienes se les hecho creer que sus logros dependen más de sus padres o de lo que se compran que del esfuerzo personal. Realmente imaginan que poniéndose el disfraz de Del Potro alcanza (un esfuerzo de tiempo y dinero totalmente a cargo de papá y mamá). Y casi tan rápido como se han vestido aparece la frustración y el desaliento cada vez que ven que la cosa depende de ellos. Así transcurre una y otra vez con estos chicos, se la pasan soñando y abandonando todo lo que emprenden.

En palabras de Jungreis-Wolff

La respuesta para una vida feliz no está en los premios, los juguetes o en nunca experimentar molestias. El placer y la alegría llegan cuando hay un sentimiento de contentamiento. Aprender a estar satisfechos con lo que tenemos y agradecidos por lo que nos han dado crea la felicidad. Hacer que los niños se sientan como si fueran el centro de nuestro universo desde el momento en que son pequeños los vuelve arrogantes.

Niños felices, adolescentes insolentes

Como consecuencia de lo anterior, estoy viendo con mucha preocupación los serios problemas de inmadurez emocional y de falta de autoconfianza, iniciativa y sensibilidad hacia el prójimo que tienen, cada vez más, chicos y chicas de todas las clases sociales, un problema que se agrava a medida que entran en la adolescencia. Esos niños felices se transforman en adolescentes malhumorados, desanimados, indolentes y quejosos que creen que “sus padres y el mundo les debe todo” (ni siquiera algo). Peor aun, no soportan la incomodidad natural que trae el vivir y muchos de ellos encuentran un escape (aparentemente) fácil en el mundo del alcohol y las drogas, un mundo que tienen muy a la mano todo el tiempo

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¿Qué vas a hacer cuando seas grande?

Hombre develando el futuro

Un deseo es una monedita lanzada al futuroEl deseo cumple una función de enlace: integra la experiencia presente con el futuro, donde reside su cumplimiento, y con el pasado, que culmina y se compendia en él.

Irving y Miriam Polster (1985)

Ahora voy a estudiar música

Durante un taller para familias, una mujer contó la historia de un muchacho que, apenas se recibió de médico que fue con sus padres y les dijo: “Ahí tienen mi diploma, ahora me voy a estudiar música”. Y nunca jamás ejerció la medicina. Más que una anécdota, esto es una tragedia. Imaginen el esfuerzo y los años de vida que perdió para poder sentirse con derecho a estudiar y hacer lo que quería.

Cabe que nos preguntemos también ¿sobre qué tipo de creencias acerca de la crianza se habrán apoyado sus padres a la hora de imponer semejante sentido de obligación en su hijo? Cuesta imaginar las cosas que le habrán dicho para convencerlo de postergar su deseo más profundo. No hay nada de amor en la voluntad de control.

Yo misma soy una de esas hijas que querían ser bailarina primero, pintora después y terminé siendo maestra, qué horror. ¡Maestra! ¡Con lo espantoso que fue mi etapa de alumna de primaria! En mi experiencia de aquella época, si había personas con cero mísitca habían sido mis maestras (excepto una). Pero hay que pensar en el futuro, decían mis padres, la pasión es para después (qué tristeza), para cuando ya se tuviera dinero y seguridad. ¿Conocen personas excelentes y creativas y proactivas haciendo cosas que no aman? Creo que eso no existe.

Esa experiencia solo me trajo me trajo inseguridad respecto de mí misma y de la validez de mis elecciones. Gracias a Di-s a veces tenemos la oportunidad de cruzarnos con ese evento que parece intrascendente, pero que termina poniéndole una bisagra a la vida y lo cambia todo. Así fue cuando conocí la Expresión Corporal, justo en sus inicios, y retomé mi rumbo más querido. De ahí en más todo fue para mejor. No fue rápido, pero siempre para mejor.

“Animarse a andar en bolas”

En la vida de todos hay momentos en que entramos en detenimiento, como si nos pulsaran un botón de pause. Son momentos en los que ya no sabemos bien lo que queremos ni como seguir. Continuamos rutinariamente con nuestras tareas, en automático, y aunque no vemos exactamente ni-dónde-ni-cómo-ni-cuándo, en el fondo, sabemos que la cosa está empezando a ir para otro lado.

Todo lo que vengo escribiendo hasta aquí me surgió hace unos días, cuando vi una inspirada presentación de Lala Pasquinelli en la que comparte una poderosa cita de Fernando Pessoa, punto de partida de un cambio de perspectiva que habría de influir profundamente en su vida:

Hay un tiempo en el que es preciso abandonar las ropas usadas que ya tienen la forma de nuestro cuerpo, y olvidar nuestros caminos que nos llevan siempre a los mismos lugares…

Es el tiempo de la travesía: y si no osamos hacerla, quedaremos, para siempre, al margen de nosotros mismos…”

Te invito a ver su charla haciendo clic aquí

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No sé y Por ahora

Lamentablemente, estos detenimientos de los que hablaba más arriba suelen suceder durante la adolescencia y, quizás no por casualidad, en el momento en que la familia y el calendario escolar (no el vital) les pide a los hijos y a las hijas que tomen decisiones que atañen a su futuro. Muy mal momento, porque como dice Lala, están bastante incómodos con las ropas que llevan y sin saber todavía cuáles quieren ponerse.

Y cuando esto pasa, los padres enloquecen y hacen todo lo contrario de lo que deberían hacer: preguntan, insisten, opinan… Cuanto más presión les ponen a sus hijos e hijas, más bloqueo. Y de ensimismados, soñadores y un poco en bolas pasan a deprimidos y enojados, porque al no poder encontrar la respuesta que todo su entorno les dice que deberían tener comienzan a sentirse fallados, que algo anda mal con ellos.

Aquí es donde adoré y decidí transformar en premisas las dos formas de responder al futuro (siempre incierto) que Lala adoptó para sí misma:

Aprende a soportar que tus hijos e hijas se queden quietos y digan “no sé” cuando realmente no saben

Y dado que nadie nada dos veces en el mismo río, hazles saber que aquello que les pueda ir apareciendo que les de un sentido significativo a sus vidas, siempre es un “por ahora”.

No obliguemos a nuestros hijos e hijas a dirigirse a ningún puerto cuando todavía no tienen la brújula interna que les brinde alguna pista del lugar al que quieren ir. Dejemos que se sumerjan tranquilos en las aguas inquietas de sus todavía difusos deseos. Solo así, entre los “no sé” y los “por ahora”, podrán darse cuenta en donde se sienten más cómodos.

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La estrategia de la madeja de lana en la familia

Mujer con el agua hasta el cuello

Cuando cambias las forma de ver las cosas, las cosas que ves cambian.

Max Plank

Hace muchos años llamé a una psicóloga conocida porque quería recomendarla para atender a una persona de mi conocimiento. Me hizo unas pocas preguntas sobre la situación y sin dudarlo me dijo: “yo no inicio un tratamiento con nadie en medio de una crisis.” Me sentí confundida y un tanto molesta. ¿El destino de alguien en crisis es el de hundirse sin remedio? ¿Podemos o aprendimos a darnos cuenta del momento adecuado para ocuparnos de los problemas a tiempo?

Con estas preguntas en mente, mucha metáfora y algo de mi baúl de experiencias fui configurando esta nueva entrada en el blog que espero disfrutes.

Con el agua al cuello

Desde mi compromiso con la salud y el prójimo, sigo pensando que alguien tiene que hacerse cargo de la ayuda y, en lo que de mí depende, lo intento. Al mismo tiempo y desde la experiencia de varios años de trabajo, entiendo mejor el punto de vista de aquella psicóloga. Porque en medio de una crisis no se puede pensar bien y el trabajo del profesional se hace casi imposible. Dicho esto, pasaré a iluminar un poco mejor el punto.

Hace muchos años vino a consultarme una mujer que trabajaba de guardavidas. Ella me contó que a causa de la desesperación, es común que la persona que se está ahogando se aferre de tal modo al guardavidas que es capaz de ahogarlo también a él. Por este motivo, los guardavidas son entrenados, incluso, para aturdir con un golpe al que se está ahogando; porque la intensidad emocional del miedo que esa situación le genera lo lleva a un estado de irracionalidad que solo puede ser interrumpido de esa manera.

Esto es lo que suele suceder cuando se trata de las relaciones familiares. Es muy común que las personas consulten recién cuando el agua les llega al cuello y están todos a punto de ahogarse. En esas circunstancias, la intensidad de las preocupaciones no ayudan para nada. Abordan las cosas al modo de manotazos de ahogados y eso no permite avanzar a nadie, ni a la familia ni al profesional que ha sido invitado a colaborar.

Lo urgente es enemigo de lo posible

Las personas tienden a creer que el problema es la crisis. No es así, la crisis es la consecuencia de una sumatoria entrelazada de problemas y de lo que no se ha hecho antes. Por lo tanto, siempre que haya voluntad de mejora, tarde o temprano, algo habrá que hacer para aprender de lo que está pasando. Caso contrario, no hay remedio.

Los problemas familiares conviven en madeja y enredados. Existe la fantasía generalizada acerca de que pueden arreglarse de un día para el otro. No es así. Cualquiera que tenga amigos con familia podrá constatarlo. Por este motivo, el mayor desafío que hay que atravesar para poder encararlos radica en la capacidad para superar dos grandes obstáculos: la urgencia (el factor tiempo) y las expectativas (casi siempre) irreales.

El combo urgencia + expectativas irreales hace que los padres y las madres se frustren muy rápido cada vez que se dan cuenta de que no existen soluciones mágicas. Comienzan a saltar de un profesional a otro y sólo consiguen atrasar o empeorar la situación.

En este punto, es importante agregar que el aprendizaje significativo comienza recién después de la crisis, no durante. El trabajo realmente creativo, la posibilidad de ver con otros ojos y apuntalar el cambio sucede cuando la sensación de estar en medio de la tormenta amaina y va creciendo la confianza en que las cosas van a mejorar. Es fundamental distinguir entre lo urgente y lo necesario. Salir de la coyuntura y apuntar al proyecto de vida.

La estrategia de la madeja de lana

Cuando “las papas queman” en la familia, mi recomendación y estrategia de trabajo es la misma que se usa para desenredar una madeja de lana que se ha enredado.

¿Alguna vez trató de desenredar rápido algo que estaba muy enredado? Si es así, se habrá dado cuenta de que si tiraba con fuerza de cualquier lugar sólo empeoraba las cosas. Provistos de tiempo y paciencia, hay que ir tirando un poquito de cada lado para comenzar a ver por donde pasa cada hebra, evaluar las relaciones y darle sentido a cada movimiento. Por un rato se tiene la sensación de tarea imposible pero, de pronto, todo se aclara y el proceso comienza a desenvolverse con facilidad. Uno comienza a notar que cada movimiento se vuelve eficiente y que todo fluye cada vez más rápido, sin tironeos y sin que haga falta cortar las hebras. Porque en familia, eso de cortar por lo sano no sirve.

Evita que la madeja se enrede demasiado

En caso de que sientas que hay cosas que quisieras mejorar en tu familia y no quieres “que el agua le llegue al cuello” te recomiendo lo siguiente:

–  Pon atención en esos (todavía) pequeños problemas cotidianos de convivencia que se repiten demasiado a menudo. Piensa en esas situaciones de “baja frecuencia” ante las cuales descubres que no tienes respuesta y que, además, suelen llevarte a lugares o modos de actuar que hubieras preferido no transitar.

–  Una vez que las ha detectado, ocúpate a tiempo, no postergues. Tener problemas no es el problema. Sería maravilloso si no tuviéramos problemas, pero la vida perfecta es sólo una ilusión y los problemas son parte inevitable del vivir. El peor de los problemas es no poder reconocerlos y dejar que las situaciones escalen a crisis inmanejables y provoquen sufrimiento y peleas.

–  Busca ayuda y ten la disposición de aprender. No estás fallado o fallada, simplemente aprendiste otras cosas y esto que te pasa ahora te invita a explorar otras alternativas, a ampliar tu percepción y a ver desde nuevos puntos de vista.

–  Eres el adulto responsable y tienes los mejores recursos para abordar lo que está pasando. Eres quien tiene la autonomía económica y el potencial intelectual y emocional para reflexionar y aprender. Si en tu hogar aconteciera un problema de finanzas, no esperarías que sean tus hijos quienes se ocupen de arreglar las cosas. Según el caso, te sentarías solo o con tu pareja, evaluarían y planearían cursos de acción y quizás, después, incluirían a sus hijos para que sepan lo que pasa y colaboren en lo que de ellos depende. En mi experiencia, cuando son los adultos los que asumen el problema, el cambio ocurre, es duradero y todos salen más crecidos de la experiencia.

No pretendas arreglar todo de una vez. Recuerda la metáfora de la madeja enredada. Como los problemas de convivencia están todos interconectados, cuando comiences a trabajar sobre una cosa, enseguida aparecerán otras más asociadas a ese problema. Se necesita tiempo y paciencia.

Y para finalizar, otra anécdota. Hace muchos años Rosana Pozzato, una mujer y madre que asistía al espacio grupal,  de crianza sintetizó de manera brillante lo que se ha dicho hasta aquí:

Al principio, venía con un problema y me iba con diez y eso me provocaba cierta frustración. Sin embargo, con el tiempo, aprendí a ver como todas esas cosas estaban conectadas. Ahora puedo definir más rápidamente la situación, pienso mejor y me veo mucho más eficaz al abordar lo que pasa.

Estás bienvenido a contribuir con tus comentarios.

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El altruismo no es opcional

Niños en bicicleta salvando a ET de la persecución de los burócratas gubernamentales

 

Austeridad, altruismo y autocontrol

Nos parece que podemos elegir entre ser egoístas o altruistas. Pero si examinamos la Naturaleza, encontraremos que el altruismo es una ley fundamental. 

Dr. Michael Laitman

¿De dónde me surge el tema del altruismo? En octubre del año 2004 estaba trabajando en el diseño de un taller para familias en el que conectaría el eje de la educación para el consumo con el de la educación en valores. Como parte del proceso de investigación sobre el tema, me di cuenta de que había tres valores que todo programa de educación para el consumo debería considerar: la austeridad, el autocontrol y el altruismo.

Pensando en lo poco claro que me resultaba a mí misma el concepto de altruismo -y lo olvidada que está en estos tiempos esta palabra- pensé que, probablemente, lo mismo podría sucederles a los padres y a las madres que iban a compartir conmigo la experiencia del taller.

Comencé entonces a rastrear en la web el tema del altruismo y di con un interesante y elegante artículo del R. Dr. Michael Laitman titulado “El altruismo no es opcional” del que transcribo algunos párrafos:

¿Podemos elegir entre ser egoístas o altruistas? 

Particularmente hoy día, el altruismo se ha tornado esencial para nuestra supervivencia. Se ha hecho evidente que todos nosotros estamos interconectados y dependemos uno del otro. Esta interdependencia ha dado lugar a una definición innovadora y precisa del altruismo: cualquier acción o intención que se origine en la necesidad de integrar la humanidad en una sola entidad es considerada altruista. Inversamente, toda actividad o intención que no se enfoque en unir a la humanidad es egoísta.


Nuestra oposición a las leyes de la Naturaleza es la fuente de todos los sufrimientos que presenciamos en el mundo. Y por ser el individuo el único que no las cumple, se puede concluir que es el único elemento corrupto dentro de ella.


El sufrimiento que vemos a nuestro alrededor no es únicamente el nuestro. Todos los demás niveles de la Naturaleza se ven afectados por nuestras actividades equivocadas. Si corregimos nuestro egoísmo transformándolo en altruismo corregiremos, por consiguiente, todo lo demás: la ecología, el hambre, las guerras y la sociedad en general.

Apasionarse por el bien común

Invito a pensar los espacios familiares y escolares, el lugar donde los niños conviven entre ellos y con los adultos, como lugares donde el altruismo materialice el lado viviente y amoroso de la red social.

Si por algo nos relacionamos es por motivos emocionales. La emoción que es eros, que sostiene las ganas de vivir y proyectarnos, se vincula con lo que nos apasiona y con la seguridad de estar siendo cuidados y considerados por quienes nos rodean. Apasionémonos entonces por el bien común, porque el altruismo lo hace realidad y todos salimos ganando. Como dice el Dr. Laitman:

Aunque pareciera que el único cambio que tenemos que hacer es considerar a los demás antes que a nosotros mismos, el altruismo, no obstante, trae consigo un beneficio adicional: Cuando pensamos en los demás nos integramos a ellos y ellos a nosotros.

Por esto mismo elegí una escena de la película de ET, El Extraterrestre (1982, dirigida por Steven Spielberg) para ilustrar este post. Esos niños construyeron para sí mismos una relación altruista, muy diferente de la cruel relación que los funcionarios de gobierno establecieron con ellos cuando descubrieron al niño extraterreste.

Ver a esa comunidad de niños humanos cargando al niño extraterrestre para ayudarlo llegar con su familia y ser ayudados luego a volar por el mismo niño a quien intentaban salvar de las garras de los burócratas me resulta un bello y elocuente ejemplo de una red altruista. ¿Quién lleva a quién?

No quieras nada para tu hijo

se hace camino al andar

¿Quién soy?  ¿Cuál es mi misión en la vida? Para nosotros, el común de los mortales, estas preguntas son un eterno desafío existencial, aunque no siempre presente. Habitualmente las vamos respondiendo a medida que nuestra vida transcurre.

Mas cuando un hijo nace, estas inquietudes vuelven al centro de la escena. Desde la cuna nuestros hijos se constituyen en un gran signo de interrogación para nosotros y nos preguntamos  ¿qué va a ser cuando sea grande? ¿Qué tengo que hacer para que sea una persona de bien? ¿qué clase de persona llegará a ser?

En este punto comienza a delinearse una delgada línea divisoria, casi invisible. Asumiendo que es inevitable y bueno que deseemos “lo mejor” para nuestros hijos, debemos aprender a discernir entre los buenos deseos para con la vida de nuestro hijo y el respeto por la persona que es. Querer lo mejor para él no es lo mismo que decidir por él.

“Como fenómeno lingüístico decimos que el respeto es el juicio de aceptación del otro como un ser diferente de mi, legítimo en su forma de ser y autónomo en su capacidad de actuar. Implica, por lo tanto, la aceptación de la diferencia, de la legitimidad y de la autonomía del otro en nuestra convivencia en común. Implica, por ende, la disposición a concederle al otro un espacio de plena y recíproca legitimidad para la prosecución de sus inquietudes. … El respeto mutuo, como lo señala H. Maturana, es no sólo precondición del propio lenguaje, sino de toda forma de convivencia social, desde la cual el mismo lenguaje emerge.”

Rafael Echeverría (2001)  Ontología del lenguaje. Dolmen Ediciones / Ediciones Granica, Argentina. Pgs. 138-139.

No quieras nada para tu hijo que él no desee para sí mismo.

Después de 20 años de trabajo con familias me siguen importando también estas otras preguntas y sus posibles respuestas. Quiero compartirlas e invito a compartir sus propias respuestas o experiencias al respecto a quien lo desee:

  • ¿Cómo es que los adultos estamos tan empecinadamente convencidos con la idea de que los chicos no saben lo que quieren?
  • ¿Dónde, con quién y cuándo aprendimos que si no nos metemos en la vida de los chicos y los dirigimos con un denodado esmero entonces ellos no harían nada de sus vidas?

“Mi hijo es un poco vaguito”

Sí, dije “vaguito”. Este diminutivo es uno de los eufemismos preferidos de madres y padres cada vez que se encuentran con el desánimo o la desorientación de sus hijos (lo que suele incluir un grado de enojo con la vida, con sí mismos, con sus padres y madres, con sus profesores).

No necesito ser muy perspicaz para imaginar que el ver al propio hijo en ese estado no es agradable y que, ante la falta de perspectiva y opciones que permitan cambiar la situación, de pura impotencia nomás y con cierto sabor amargo en el corazón, suavizan ese duro juicio de valor con el recurso de aplicarle un diminutivo.

Por un lado hay demasiados chicos en ese estado. Por otro, hay demasiadas madres y demasiados padres convencidos de que su hijo nació “congénitamente vaguito”. Creo que debemos dejar de repetir este mismo libreto generación tras generación y animarnos a poner en duda muchas de las prácticas sociales que sustentamos acerca de la educación y la crianza.

Ejemplo de esas prácticas es seguir manteniendo fuera de toda crítica una concepción que dice que los chicos tienen que ir a la escuela (años y años de sus vidas) para aprender un montón de cosas que no tienen nada que ver con lo que les gusta e interesa sobre la base de que después, sólo después, vendrá el momento para elegir qué es “lo que quieren hacer cuando sean grandes”. ¿Cuándo se es grande y qué tiene que ver ser grande con la vocación, el gusto, el deseo y la pasión? ¡Qué bodrio de argumentos y de vida! Y lo digo de tripas, porque mis años escolares fueron eso, un bodrio de contramano, como reza nuestro lunfardo. Lo más lindo de mi vida de estudiante fueron mis “actividades extraescolares”. Gracias a esas actividades no terminé de perderle las ganas a la vida y hoy, con 60 años, me encuentro divertida y con ánimo de bloguera.

Así las cosas, para el momento en el que se supone que los chicos ya están en condiciones de elegir, ya habrán recorrido un buen tramo de sus vidas siendo generosamente guiados, aconsejados y dirigidos por cientos de adultos que sabían muy bien “lo que era mejor para ellos”.

Obviamente, a esa altura, la mayoría de ellos también estarán muy confundidos o habrán perdido la confianza en sus propios criterios o deseos. Para ese momento, tanto los hemos interrumpido, tanto nos hemos metido con sus deseos, tanto hemos superpuesto nuestra visión sobre la de ellos, que al final ya no saben lo que quieren. Lo que les ha quedado bien claro es lo que las madres, los padres y profesores queremos para ellos (¿o de ellos?). Los adultos no lo decimos así, decimos que “sabemos lo que es mejor para ellos”. Aquí otro eufemismo para evitar decir “esto es lo que quiero que hagas, caso contrario me sentiré mal o decepcionado contigo”.

El cambio de rumbo es sencillo

Esta máquina de ponernos sabiondos y mandones en el ámbito de los sueños de nuestros hijos funciona de maravillas. Como lo expresara más arriba, al poco tiempo terminamos confirmando lo que creíamos: que ese chico no sabe lo que quiere y que yo tenía razón. Allí está, enfrente nuestro, ese niño que veíamos en nuestro interior, no el que podría ser si no nos hubiéramos metido tanto.

Algunas sugerencias:

  • Conversá con tus hijos. ¿De qué? De todo, siempre les gusta charlar. Pero, especialmente, dejá que charle acerca de sus sueños. En ese caso, por favor, no los toques siquiera: sus sueños son sagrados.
  • No opines acerca de lo que te cuentan a menos que te pregunten.
  • No le des consejos a menos que te lo soliciten.
  • Tampoco le ofrezcas ayuda a menos que te la pida. Pero ojo! en los términos en que te la pide, no en el modo de lo que “vos creés que es mejor”. Si no te especifica claramente qué necesita no lo adivines y no resuelvas por él, hacele preguntas para que sea más específico. La idea es que le des soporte, no que lo dirijas. Si en última instancia no quiere que lo ayudes, no te enojes.

El poder corrernos del lugar del padre salvador permite que el hijo encuentre en vos a ese adulto que lo quiere, lo acompaña y le da el apoyo incondicional que necesita para ir por sí mismo en pos de sus sueños. Podrá mantener vivo el deseo de ser y hacer lo que desea y dispondrá de la energía que necesita para lograrlo. Va a tener “ganas”. Dejará de ser ese chico del que se dice que “es un poco vaguito”. Dirán de él que “es de esos chicos que saben lo que quieren, que son entusiastas, emprendedores, voluntariosos, dedicados, perseverantes“.

Vas a estar orgulloso de tu hijo y tu hijo va a estar orgulloso de sí mismo. Vas a estar orgulloso de vos mismo y tu hijo va a estar orgulloso de sus padres. Todos salen ganando.