Una joya guardada en un cajón

Hace varios años un padre me hizo una consulta preocupado porque su hija estaba muy deprimida. En tanto nuestra conversación avanzaba y el hombre reflexionaba sobre su propia vida, se dio cuenta de que él mismo se sentía como una joya guardada en el fondo de un cajón. Apremiado por las circunstancias cotidianas, mucho de lo que deseaba para su vida había quedado en el olvido.

Pensando en este evento, hoy diría que lo mejor de ese hombre quedó detenido a causa del tiempo que dedicamos a ‘lo que hay que hacer’. Todo lo que creyó que debía ser hecho primero para alcanzar la vida que ilusionaba hizo que dejara lo mejor de sí mismo en suspenso. Eso mismo le estaba pasando a su hija, había quedado atrapada en su deber ser, sin poder animarse a la vida. Esta frase quedó resonando en mi para siempre. Creo que todos nos sentimos un poco así, con algo brillante de nosotros que ha quedado relegado.

La convivencia es el lado opaco de la vida cotidiana

El recuerdo que acabo de compartir se relaciona con esta frase y que vino a mí como un flash, de repente, cuando pensaba cómo el día a día nos desdibuja a todos. Pensaba en la mejor manera de contarles por qué considero bueno, indispensable diría, invertir tiempo para experimentar y aprender acerca de la sana convivencia. Me preguntaba por qué parece redundante hablar de convivencia si al fin de cuentas la mayoría de la gente se siente bastante infeliz o torpe cuando de sus relaciones se trata.

Porque no nos engañemos, eso nunca lo vas a ver en las reuniones de amigos, ni en los muros de Facebook, ni en los ratos libres de las charlas de oficina o en la puerta de la escuela mientras esperas que salgan los chicos de sus clases. Todo lo complicado y difícil de la diaria convivencia está detrás de un vidrio muy opaco, acumulándose, pendiente y cada vez más cubierto de polvo y telarañas.

Así fue que también pensé en la vida de las personas famosas. En cuanto se corre un poco el telón del éxito, lo que solemos ver son despojos de personas.

Es interesante, este es un post escrito de atrás para adelante, porque estoy relatando el camino que recorrí hasta recordar lo dicho alguna vez por un hombre de quien ni siquiera recuerdo el nombre.

Y cuando pensaba en el éxito pensé también en las personas que trabajan en empresas. Pensé en lo tóxicos que son los ambientes de trabajo. Y pensé en sus vidas privadas y en el poco tiempo que les queda para vivir con sus hijos, para jugar o tener un hobby.

Entonces recordé algo que Humberto Martiotti decía en un artículo donde planteaba los desafíos que enfrenta al trabajar las relaciones en el ámbito empresario:

Una de las consecuencias de eso es nuestra conocida habilidad para lidiar con máquinas (que pueden ser desmontadas y vueltas a montar) y nuestra no menos conocida inhabilidad para lidiar con personas (que no pueden ser desmontadas, y mucho menos vueltas a montar).

Entonces voy llegando al punto inicial, al punto burocrático de nuestra vida cotidiana en todos los órdenes de nuestra vida occidental siglo 21. La obsesión permanente por lo que hay que hacer y en esa otra vida que queda en suspenso para el después de hacer lo que hay que hacer.

La felicidad llega cuando se acaba la rutina

Esto viene a cuento de un taller para padres sobre la felicidad en la familia que Inés Larrama y Guadalupe del Canto me pidieron realizar hace unos años. Obviamente no contaba con el polvo mágico del hada de Peter Pan ni podía hacer que alguno de los asistentes salga volando al pensar en un momento feliz, pero eso fue lo que les pedí: que piensen en un momento feliz de su infancia.

Fue fantástico! Me encanta plantear propuestas abiertas, porque resultan siempre más poderosas y novedosas de lo que yo sola podría imaginar. Fue un intenso y bello momento de investigación y aprendizaje compartido. Resultó que las situaciones que recordaban sucedían durante las vacaciones o en la semana en que los abuelos que vivían lejos venían de visita por muchos días. El común denominador era que la rutina cotidiana se quebraba, eran situaciones donde “lo que hay que hacer” pasaba a un segundo plano y todo se flexibilizaba.

A mi me encantó que pudiéramos aprender que la felicidad comenzaba cuando se acababa la rutina por el camino accesible con el que me gusta trabajar, a partir de la vida real. Al mismo tiempo, si deseamos pensarlo con los ojos puestos en la complejidad, tenemos que decir que la felicidad fue un emergente derivado de la posibilidad del sistema relacional de autoregularse gracias a que flexibilizaron las reglas del convivir habituales.

Insisto, la convivencia es el lado opaco de la vida cotidiana y el lugar donde habitan gran parte de nuestras desdichas y las dificultades para ser felices. Los invito a pensar en esto. Otro convivir es posible.

Tus comentarios son bienvenidos.

Si esta lectura te ha parecido valiosa agradezco que la compartas.

 

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