Es bueno que los chicos se arriesguen

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awayo_iso_16x16 copyMenos control y mejor convivencia

Más temprano estuve leyendo un post que comenta los beneficios de abandonar las relgas para el momento del recreo en las escuelas.

Eliminar el libro de reglas de juego en los recreos de una escuela de la ciudad de Auckland, Nueva Zelanda, tuvo efectos increíbles sobre los niños. Aunque quienes tomaron la iniciativa imaginaron que reinaría el caos, fue sorprendente notar que esto no sucedió. Por el contrario, como dijo Bruce McLachlan, director de la Escuela Primaria Swanson

La escuela está realmente viendo una caída del bulling (intimidación), lesiones graves y vandalismo, en tanto que los niveles de concentración en clase van en aumento.

Esta decisión se tomó en el marco de  un exitoso experimento universitario. La Escuela Swanson se inscribió para el estudio una la AUT (Auckland University of Technology) y la Universidad de Otago y se llevó a cabo durante dos años con el objeto de fomentar el juego activo.

awayo_iso_16x16 copyMenos control y más seguridad

Lo que se vio durante la esta experiencia es el lado inconveniente del exceso de prevención de los riesgos en el el patio de juegos de las escuelas. Como comentara el Director en el artículo mencionado:

“Queremos que los niños estén seguros y cuidar de ellos, pero terminamos envolviéndolos en algodones cuando en realidad deberían ser capaces de caerse.”

Agrega  que dejar que los niños se pongan a prueba a sí mismos en una moto [supongo que se trata de algo parecido a los triciclos] durante el recreo podría hacerlos más conscientes de los peligros antes de que estén detrás del volante de un coche en la escuela secundaria.

El Director llevó el experimento más allá de la idea inicial y anuló por completo el reglamento de juegos y, como corolario, tanto la escuela como los investigadores se vieron sorprendidos por los resultados.  

Los juegos con tierra, con patinetas, los juegos de empujones y las trepadas a los árboles mantuvieron a los niños tan ocupados que ya no se hizo necesaria un área de separación para los revoltosos o un montón de profesores vigilando.

los niños usaron su imaginación para jugar en un espacio de cosas perdidas que contenía basura de madera, neumáticos y una manguera de bomberos vieja.

“Los niños estaban motivados, ocupados y comprometidos con lo que hacían. En mi experiencia, el momento en que los niños se meten en problemas es cuando no están ocupados, motivados y comprometidos. Es durante este tiempo que intimidan a otros niños, hacen grafitis o destrozan cosas alrededor de la escuela.”

El artículo agrega que los padres también estaban contentos a causa de que sus hijos estaban contentos.

“La gran paradoja de los niños envueltos en algodón es que en el largo plazo resulta más peligroso. “

… la obsesión de la sociedad con la protección de los niños no tiene en cuenta los beneficios de la toma de riesgos.

Los niños desarrollan el lóbulo frontal de su cerebro al tomar riesgos, lo que significa que se entrenan para pensar en las consecuencias. “No se les puede enseñar eso. Tienen que aprender sobre los riesgos en sus propios términos. Eso no se desarrolla mirando televisión, tienen que salir afuera.”

awayo_iso_16x16 copyMenos control y más autonomía

Durante todo el año 2003 trabajé coordinando talleres para familias en 3 escuelas, dos en la Provincia de Buenos Aires y una en la ciudad de Córdoba. Fue un año de trabajo estimulante y rico, por la intensidad de experiencias vividas y por el encuentro con personas tan diversas y estimulantes.

En una de las escuelas venía trabajando desde el año 2002. Durante ese año pasaba 4 de los 5 días de la semana en ella. Sus autoridades habían delineado un sistema de control muy elaborado para la hora del recreo. Los niños recibían una serie de indicaciones y los maestros que tenían turno de estar en el patio tenían otras (por ejemplo, no podían distenderse  charlando entre ellos). La prioridad era el control. Sin embargo, la evidencia me decía que esto no servía para nada; los chicos se maltrataban, había montones de accidentes, no hacían caso de las indicaciones previas ni las que se les daban en el momento.

Siempre descreí del exceso de control. Por mi experiencia en orientación familiar ya sabía de cierto que lo único que garantizaba era el deseo de rebelión.

Para mi sorpresa, esta idea mía tuvo su confirmación en el año 2003, el día en que llegué por primera vez a la escuela de la ciudad de Córdoba. Un jardín de infantes al que asistían niños y niñas desde los 2 años de edad.

Como la directora no había llegado aun, me invitaron a esperarla en en un pequeño patio de juegos que me encantó. Un solo banco de madera donde me senté, una enorme Santa Rita llena de flores sobre una pared, derramando y avanzando sus ramas generosamente sobre el patio, y una hermosa hamaca de dos columpios casi en el medio. En la hamaca, niños hamacándose y alrededor, niños de todas las edades jugando.

En un instante pasé del encanto al terror. ¡Quién cuida aquí a los chicos! ¡Se pueden dar con la madera de los columpios en la cabeza! Todas las aprensiones de mi madre resonaron fuerte y claro en mi cabeza.

Por suerte para esos chicos, ya había leído algo acerca de la importancia y capacidad de auto-regulación de los sistemas vivos y recordaba a  mi terapeuta y maestra, machacándome sobre la disfunción del control y la supervisión. Entonces, tan rápido como entré en pánico me relajé,  decidí no meterme y me dediqué a observar qué hacían los chicos.

¿Qué hicieron los chicos? ¿Qué habían aprendido en ese tiempo de vida en esa escuela con nada de reglamento y control para la hora del patio? Habían aprendido a cuidarse entre ellos. Cada vez que los más chiquitines se acercaban a las hamacas uno más grande lo tomaba suavemente y lo corría, cada vez que alguien se tropezaba, otro lo ayudaba y algún otro iba a buscar a algún adulto para que interviniera. Pero esto era ocasional, nadie, absolutamente nadie se pegaba. Una vez por mes llegaba a Córdoba y una vez por mes, siempre que podía, me dediqué a observarlos . No fallaba, todo fluía sana y suavemente entre ellos.

Nunca olvidaré ese patio ni esa experiencia que confirmó en la práctica el valor de una independencia que valoro y que hoy reconfirmé con el relato de una lejana escuela de Nueva Zelanda.

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Gracias: Kita Cá, Augusto de Franco, Esko Kilpi y Fritjof Capra

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Acerca de Lía Goren

Interesada en el enfoque de las relaciones humanas desde la perspectiva del pensamiento sistémico, la ecoalfabetización y la biología cultural. Terapeuta y consultor familiar y educativo abocada a la temática de la convivencialidad y la sostenibilidad.
Esta entrada fue publicada en Complejidad, Convivencialidad, Crianza, Educación y etiquetada , , , , , , , , , , . Guarda el enlace permanente.

2 respuestas a Es bueno que los chicos se arriesguen

  1. lia ruth dijo:

    Querida Lia, muy interesante tus apreciaciones sobre el tema. Me pregunto cuanto de la cultura del pais y los hábitos familiares inciden para que los niños puedan convivir en los recreos sin la agresión y el des/control con que habitualmente suelen compartirlo. Los contextos son muy importantes y hacen a las circunstancias,, Estoy convencida que educar para el cuidado y el respeto es algo que trasciende el aula y el patio,, como parte del encuadre escolar y obvio, el ejemplo de la familia.

    • Lia Goren dijo:

      Ruth,
      Gracias por tu comentario! El tema del control es, justamente, la variable sistémica del contexto que hizo toda la diferencia. De la jerarquía a la distribución es la clave de cambio cultural, y esto vale en sentido global, institucional, negocios, educación y familia. Conectado con este post está el que lleva por título “No quieras nada para tu hijo“. Lo bueno del blog es que comparto un poco de mi enfoque cada vez, y al mismo tiempo no puedo decirlo todo. Pero así, en miccro dosis, espero completar la imagen completa, incluso con los comentarios como los tuyos, que siempre suman.
      Beso!

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